"Destilad, cielos, el rocío de lo alto y que las nubes lluevan al Justo, ábrase la tierra y brote al Salvador. Los cielos cantan la gloria de Dios y el firmamento pregona cuán grandes son las obras de sus manos".
miércoles, 30 de diciembre de 2009
El rito de la fracción del pan en la Misa
En el texto que sigue, se encontrará una serie de recomendaciones muy útiles para ser tenidas en cuenta por los sacerdotes, relacionadas con los ritos a observar en la celebración de la Sagrada Eucaristía según las indicaciones contenidas en la Ordenación General del Misal Romano.
Las mismas tienden a desalentar algunas prácticas que no condicen con aquellas normas y que introducen en la celebración acciones que "parecen correctas" o "quedan bien", pero que no hacen otra cosa que añadir acciones o gestos meramente personales y ajenos a las rubricas aprobadas.
La fracción del pan antes de la consagración
constituye uno de los abusos litúrgicos que figuran como tales en la
Instrucción de la Sagrada Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos, Redemptionis Sacramentum (25/03/2004): Nº 55 "En algunos lugares se ha difundido el abuso de
que el sacerdote parte la hostia en el momento de la consagración,
durante la celebración de la santa Misa. Este abuso se realiza contra
la tradición de la Iglesia. Sea reprobado y corregido con urgencia".
¿Cuáles son los motivos que fundamentan esta disposición?
En primer lugar, porque el rito manda que se haga la fractio después, luego del saludo de la paz y mientras se canta el Cordero de Dios (Cf. OGMR,
n. 83). La fidelidad a las rúbricas ya sería motivo suficiente para no
cometer este abuso. En la Ordenación General del Misal Romano se
recuerda al sacerdote celebrante que «él se halla al servicio de la
sagrada Liturgia y no le es lícito añadir, quitar ni cambiar nada según
su propio gusto en la celebración de la Misa (Cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Const. Sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, 22) (OGMR, n. 24).
Pero hay razones más teológicas, que así lo piden, y
que tienen que ver con la estructura de la Misa, según los cuatro
verbos que figuran en la narración de la institución de la Eucaristía:
«tomó», «bendijo», «partió», y «dio», que se corresponden,
respectivamente, con el ofertorio, la consagración, la fracción y la
comunión. En la Misa no se hace una simple memoria de lo acontecido en
la Última Cena, por eso cuando el sacerdote pronuncia las palabras de
la consagración, no lo hace como quien narra algo que hizo Jesús, sino
como quien lo está haciendo (actualizando) en ese momento, por virtud
de las palabras de Cristo, en cuya Persona actúa (se dice, in Persona Christi).
Es decir, el sacerdote actualiza lo mismo que hizo Nuestro Señor en el
Cenáculo, es decir, transubstancia el pan en Su Cuerpo y el vino en Su
Sangre (con la diferencia que Jesús anticipó su Sacrificio redentor, y
el sacerdote lo perpetúa). Por eso, ninguna liturgia antigua y actual
ha pretendido repetir materialmente los gestos de Cristo en la Última
Cena sino su contenido y esto, no en una celebración hebrea sino
cristiana.
Al respecto, dice la OGMR, 72:
«72. En la última Cena, Cristo instituyó el sacrificio y el banquete pascuales. Por estos misterios el sacrificio de la cruz se hace continuamente presente en la Iglesia, cuando el sacerdote, representando a Cristo Señor, realiza lo mismo que el Señor hizo y encomendó a sus discípulos que hicieran en memoria de Él.[Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm. 47; Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25 de mayo de 1967, núms. 3 a. b: A.A.S. 59 (1967) págs. 540-541] .
Cristo, pues, tomó el pan y el cáliz, dio gracias, partió el pan, y los dio a sus discípulos, diciendo: Tomad, comed, bebed; esto es mi Cuerpo; éste es el cáliz de mi Sangre. Haced esto en conmemoración mía. Por eso, la Iglesia ha ordenado toda la celebración de la Liturgia Eucarística con estas partes que responden a las palabras y a las acciones de Cristo, a saber:
1) En la preparación de los dones se llevan al altar el pan y el vino con agua, es decir, los mismos elementos que Cristo tomó en sus manos.
2) En la Plegaria Eucarística se dan gracias a Dios por toda la obra de la salvación y las ofrendas se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo.
3) Por la fracción del pan y por la Comunión, los fieles, aunque sean muchos, reciben de un único pan el Cuerpo, y de un único cáliz la Sangre del Señor, del mismo modo como los Apóstoles lo recibieron de las manos del mismo Cristo».
Por lo tanto, al hacerse este gesto cuando se pronuncian las palabras «lo partió», se estaría trastocando el orden de las acciones de la Última Cena. «Partir la hostia durante la Plegaria Eucarística, al decir “lo partió y lo dio a sus discípulos” es comprimir en una dos acciones distintas de la Liturgia de la Eucaristía, y tratar de convertir la memoria litúrgica en representación dramática. Por otra parte, tal práctica ni siquiera es una adecuada representación dramática, puesto que, según toda teología, el pan no está realmente “bendecido” (es decir, consagrado) hasta después del momento en que algunos celebrantes lo parten (es decir, hasta que no pronuncian las palabras de la consagración –agregamos, para que quede claro-). Esta práctica, por tanto, en lugar de seguir más fielmente la Escritura, altera el orden que en ella se describe (es decir, bendecir-partir, se cambian en partir-bendecir» (D. C. SMOLARSKI, SJ, «Cómo no decir la Santa Misa», Dossiers CPL 41, Barcelona 21990, 58).
Además, si fuéramos consecuentes con una mera dramatización de la Última Cena, entonces, no sólo habría que tomar el pan y partirlo, sino también bendecirlo en ese momento y darlo, todo esto antes de la consagración. Pero la Misa no es una mera repetición de la Santa Cena, sino que es una actualización ritual y sacramental del mismo Sacrificio de la Cruz, y, por ende, de lo mismo que mandó hacer Nuestro Señor en la Última Cena, en la que se instituyó este Santísimo Sacramento.
«72. En la última Cena, Cristo instituyó el sacrificio y el banquete pascuales. Por estos misterios el sacrificio de la cruz se hace continuamente presente en la Iglesia, cuando el sacerdote, representando a Cristo Señor, realiza lo mismo que el Señor hizo y encomendó a sus discípulos que hicieran en memoria de Él.[Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm. 47; Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25 de mayo de 1967, núms. 3 a. b: A.A.S. 59 (1967) págs. 540-541] .
Cristo, pues, tomó el pan y el cáliz, dio gracias, partió el pan, y los dio a sus discípulos, diciendo: Tomad, comed, bebed; esto es mi Cuerpo; éste es el cáliz de mi Sangre. Haced esto en conmemoración mía. Por eso, la Iglesia ha ordenado toda la celebración de la Liturgia Eucarística con estas partes que responden a las palabras y a las acciones de Cristo, a saber:
1) En la preparación de los dones se llevan al altar el pan y el vino con agua, es decir, los mismos elementos que Cristo tomó en sus manos.
2) En la Plegaria Eucarística se dan gracias a Dios por toda la obra de la salvación y las ofrendas se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo.
3) Por la fracción del pan y por la Comunión, los fieles, aunque sean muchos, reciben de un único pan el Cuerpo, y de un único cáliz la Sangre del Señor, del mismo modo como los Apóstoles lo recibieron de las manos del mismo Cristo».
Por lo tanto, al hacerse este gesto cuando se pronuncian las palabras «lo partió», se estaría trastocando el orden de las acciones de la Última Cena. «Partir la hostia durante la Plegaria Eucarística, al decir “lo partió y lo dio a sus discípulos” es comprimir en una dos acciones distintas de la Liturgia de la Eucaristía, y tratar de convertir la memoria litúrgica en representación dramática. Por otra parte, tal práctica ni siquiera es una adecuada representación dramática, puesto que, según toda teología, el pan no está realmente “bendecido” (es decir, consagrado) hasta después del momento en que algunos celebrantes lo parten (es decir, hasta que no pronuncian las palabras de la consagración –agregamos, para que quede claro-). Esta práctica, por tanto, en lugar de seguir más fielmente la Escritura, altera el orden que en ella se describe (es decir, bendecir-partir, se cambian en partir-bendecir» (D. C. SMOLARSKI, SJ, «Cómo no decir la Santa Misa», Dossiers CPL 41, Barcelona 21990, 58).
Además, si fuéramos consecuentes con una mera dramatización de la Última Cena, entonces, no sólo habría que tomar el pan y partirlo, sino también bendecirlo en ese momento y darlo, todo esto antes de la consagración. Pero la Misa no es una mera repetición de la Santa Cena, sino que es una actualización ritual y sacramental del mismo Sacrificio de la Cruz, y, por ende, de lo mismo que mandó hacer Nuestro Señor en la Última Cena, en la que se instituyó este Santísimo Sacramento.
El Dr. Ralph Keifer, lo dice mejor: «Partir la
hostia durante el relato de la Institución es un abuso porque el relato
es principalmente una proclamación de por qué celebramos la Eucaristía (…); no
es una demostración de lo que hacemos nosotros en la Eucaristía. Si el
relato fuera una demostración de lo que nosotros hacemos, lo propio
sería no sólo partir el pan sino también compartirlo en ese momento y,
una vez dichas las palabras sobre el cáliz, darlo también en ese
momento. El relato de la Institución no está concebido como un relato
litúrgico dramatizado. Está concebido para proclamar que celebramos la
Eucaristía porque es el memorial del Señor» (citado por D. C.
SMOLARSKI, Idem, 59).
Podría objetarse también que al realizar la fracción
en ese momento, habría en la Misa dos fracciones (porque luego se hace
la fracción y la inmixtión antes de la Comunión), con lo que se iría
contra uno de los principios de la renovación litúrgica del Concilio
Vaticano II, a saber, la simplificación de los ritos, y la eliminación
de toda duplicación innecesaria (Cf. Sacrosanctum Concilium,
21 y 34). Además, se elevaría la hostia consagrada para la adoración de
los fieles, ya partida, lo cual corresponde hacer después, cuando se
eleva la hostia antes de la Comunión (aunque muchos de los que parten
la hostia antes de tiempo, la «reconstruyen» indebidamente para la
ostensión antes de la Comunión, privando de sentido pleno a la misma fractio, que, entre otras cosas, representa al Cordero inmolado).
Cabría preguntarse, dado que no se trata de una
dramatización o historización de la Cena del Señor, ¿por qué el
sacerdote toma la hostia para consagrar?¿Por qué eleva los ojos al
decir «elevando los ojos al cielo»? Y, en la Forma Extraordinaria del
Rito Romano –según el Misal Romano de 1962-, ¿por qué el sacerdote
bendice el pan con la señal de la cruz al decir «lo bendijo»? E
incluso, entre los sirios occidentales y coptos se imita también el fregit,
o sea, la fracción, partiendo la forma pero sin romperla (Cf. J. A.
JUNGMANN, El sacrifico de la Misa, BAC, Madrid 1951, II, 871). ¿No es
esto una teatralización del relato de la Institución de la Eucaristía?
¿No parece contradecir todo lo que venimos diciendo?
La Iglesia tiene sus motivos para decidir cuáles
gestos adoptar en el rito, de entre los observados por el Señor
(conforme la tradición y los Evangelios), y cuáles descartar o preferir
en otro momento de la celebración, como es el caso de la fractio.
Ciertamente, no es necesario que el sacerdote tome el pan con sus manos, siendo suficiente que tenga la intención de consagrarlo, como, de hecho, hacen los concelebrantes o, el mismo celebrante que preside con las demás formas que consagra. Ya hemos dicho que el «tomar» corresponde más bien al ofertorio, en el que se separa y prepara la materia para el sacrificio. Sin embargo, dado que las palabras de la consagración se aplican a la materia ya separada (tienen un orden con respecto a la materia presente), el hecho de tomar la hostia en ese momento hace más patente este concepto, desde el punto de vista del signo (ya que al decir: «esto es mi Cuerpo», el «esto» se refiere a lo que está cerca del que está hablando); pero, además, porque a la consagración sigue el rito de la ostensión de la Hostia, lo cual no podría hacerse, como es obvio, si no se tomara la misma).
Por su parte, el elevar los ojos al cielo y el dirigirse al Padre, no es cosa teatral, sino una acción cultual, e indica la idea del ofrecimiento de la materia que se va a sacrificar, y refuerza que toda la consagración y el relato de la institución forma parte de la oración que se dirige al Padre.
Para concluir, como principio, digamos que en el rito del relato de la Institución y la consagración, no se adoptan aquellas ceremonias y gestos que realizó nuestro Señor, y que no pueden imitarse manteniendo la actualidad de lo que se está haciendo. Esto sucede con el gesto de «partir» y el de «dar». Cristo dio su Cuerpo como comida, y no pan. ¿Qué orden observó Jesús en la Última Cena? ¿Qué es lo que nos mandó hacer en memoria suya? Según Santo Tomás de Aquino, «el orden tiene que haber sido así: Tomó el pan, lo bendijo diciendo: “Esto es mi Cuerpo”; después lo partió y lo dio a sus discípulos. Pero Santo Tomás aclara que “esto mismo vienen a indicar las palabras del Evangelio sin cambiarlas ya que el gerundio “diciendo” (en latín se utiliza el participio “dicens”), indica cierta concomitancia de las palabras que se pronuncian con las que anteceden. No obstante, no se debe entender sólo la concomitancia con las últimas palabras dichas, como si Cristo hubiera dicho estas palabras en el momento de dar el pan a sus discípulos, sino que deben entenderse con respecto a todo lo que precede, y el sentido sería éste: “Al bendecirlo, partirlo y darlo a sus discípulos dijo estas palabras: Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros”. Lo mismo vale para el “diciendo” de la consagración del sanguis» (C. M. BUELA, Nuestra Misa, EDIVE, Washington-Arequipa-Dushambé-San Rafael-Segni 2002, 301-302).
Para poder observar el mismo orden de lo que hizo Jesús, en el rito de la Misa necesitamos anticipar algunas acciones (como el tomar) y posponer otras (como el partir y el dar). De paso, queda claro que la narratio institutionis o relato de la Institución se encuadra en el momento de la Misa que corresponde al «bendecir», esto es, a la consagración de las especies del pan y del vino, el momento culminante de toda la Misa, en el que el sacerdote no actúa como quien relata un hecho pasado, sino, como en realidad sucede, actualizando la transubstanciación.
(Fuente: "El Teólogo Responde")
Ciertamente, no es necesario que el sacerdote tome el pan con sus manos, siendo suficiente que tenga la intención de consagrarlo, como, de hecho, hacen los concelebrantes o, el mismo celebrante que preside con las demás formas que consagra. Ya hemos dicho que el «tomar» corresponde más bien al ofertorio, en el que se separa y prepara la materia para el sacrificio. Sin embargo, dado que las palabras de la consagración se aplican a la materia ya separada (tienen un orden con respecto a la materia presente), el hecho de tomar la hostia en ese momento hace más patente este concepto, desde el punto de vista del signo (ya que al decir: «esto es mi Cuerpo», el «esto» se refiere a lo que está cerca del que está hablando); pero, además, porque a la consagración sigue el rito de la ostensión de la Hostia, lo cual no podría hacerse, como es obvio, si no se tomara la misma).
Por su parte, el elevar los ojos al cielo y el dirigirse al Padre, no es cosa teatral, sino una acción cultual, e indica la idea del ofrecimiento de la materia que se va a sacrificar, y refuerza que toda la consagración y el relato de la institución forma parte de la oración que se dirige al Padre.
Para concluir, como principio, digamos que en el rito del relato de la Institución y la consagración, no se adoptan aquellas ceremonias y gestos que realizó nuestro Señor, y que no pueden imitarse manteniendo la actualidad de lo que se está haciendo. Esto sucede con el gesto de «partir» y el de «dar». Cristo dio su Cuerpo como comida, y no pan. ¿Qué orden observó Jesús en la Última Cena? ¿Qué es lo que nos mandó hacer en memoria suya? Según Santo Tomás de Aquino, «el orden tiene que haber sido así: Tomó el pan, lo bendijo diciendo: “Esto es mi Cuerpo”; después lo partió y lo dio a sus discípulos. Pero Santo Tomás aclara que “esto mismo vienen a indicar las palabras del Evangelio sin cambiarlas ya que el gerundio “diciendo” (en latín se utiliza el participio “dicens”), indica cierta concomitancia de las palabras que se pronuncian con las que anteceden. No obstante, no se debe entender sólo la concomitancia con las últimas palabras dichas, como si Cristo hubiera dicho estas palabras en el momento de dar el pan a sus discípulos, sino que deben entenderse con respecto a todo lo que precede, y el sentido sería éste: “Al bendecirlo, partirlo y darlo a sus discípulos dijo estas palabras: Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros”. Lo mismo vale para el “diciendo” de la consagración del sanguis» (C. M. BUELA, Nuestra Misa, EDIVE, Washington-Arequipa-Dushambé-San Rafael-Segni 2002, 301-302).
Para poder observar el mismo orden de lo que hizo Jesús, en el rito de la Misa necesitamos anticipar algunas acciones (como el tomar) y posponer otras (como el partir y el dar). De paso, queda claro que la narratio institutionis o relato de la Institución se encuadra en el momento de la Misa que corresponde al «bendecir», esto es, a la consagración de las especies del pan y del vino, el momento culminante de toda la Misa, en el que el sacerdote no actúa como quien relata un hecho pasado, sino, como en realidad sucede, actualizando la transubstanciación.
(Fuente: "El Teólogo Responde")
martes, 29 de diciembre de 2009
El Santo Padre y su seguridad.
Todos quienes seguíamos por televisión la celebración de la Misa de Medianoche en la Nochebuena pasada, recibimos el impacto de ver como el Santo Padre caía a consecuencia de la deplorable actitud de una persona que burló el cerco establecido. Lógicamente el comentario acerca de la seguridad del Santo Padre fue casi obligado en la boca de todos
. Pero, ¿que hacer?. El sitio "La Bohardilla de Jerónimo", analiza el tema, y dado lo acertado de sus comentarios comentarios, aquí lo presentamos.
El
acontecimiento del pasado jueves, en que el Santo Padre fue víctima de
la violencia de una persona desequilibrada, infundió temor a todos los
fieles y suscitó cuestionamientos sobre la seguridad del Romano
Pontífice. A esos cuestionamientos respondió el Padre Lombardi, vocero
de la Santa Sede, afirmando que “es imposible un blindaje al cien por
ciento en torno al Papa sin crear un muro divisor entre el Pontífice y
sus fieles, algo impensable”. Luego de añadir que “de cada episodio
puede sacarse alguna lección”, recordó (como solía decir también su
antecesor en el cargo, el Doctor Navarro Valls) que “hay que abandonar
la ilusión de que exista un riesgo cero”.
Sin
embargo, a partir de este infortunio, surgieron comentarios en diversos
sitios analizando la conveniencia de utilizar nuevamente la sedia gestatoria.
A decir verdad, estos comentarios no han surgido inesperadamente el
pasado jueves. En realidad, ya desde hace algunos meses surgieron
algunos rumores, que desde entonces han ido in crescendo, de
que el Santo Padre recuperaría esta tradición, por consejo de la
Secretaría de Estado, y con el fin de poder ser visto por todos los
fieles.
Con
el accidente ocurrido al comienzo de la Santa Misa de Navidad, algunos
han comenzado a valorar la restauración de esta tradición pontificia
también desde el punto de vista de la seguridad. En efecto, utilizando
nuevamente la silla gestatoria, el Pontífice no estaría tan expuesto a
quien, violando las normas de seguridad (que, como ha sido recordado,
nunca serán completamente seguras), intentara abalanzarse sobre él. La
estabilidad de la silla estaría garantizada por doce sediarios y,
además, se seguiría contando con la escolta de las fuerzas de seguridad
vaticanas. Por supuesto, esto sería viable sólo en el interior de la
Basílica Vaticana, donde pueden realizarse (y, de hecho, se realizan)
estrictos controles para evitar que las personas que ingresan porten
cualquier tipo de armas.
A
la posibilidad de que el Santo Padre vuelva a utilizar la silla
gestatoria se oponen algunos argumentos que, en la mayor parte de los
casos, terminan revelándose carentes de auténticas motivaciones, siendo
expresiones, más bien, de prejuicios injustificados. Habría que
recordar, en primer lugar, que este elemento tradicional nunca fue
abrogado sino que, en realidad, cayó en desuso. En efecto, de los
Pontífices inmediatamente anteriores a Benedicto XVI, sólo Juan Pablo
II no hizo uso de ella en ningún momento de su pontificado, a pesar de
que le ofrecieron hacerlo. El mismo Pablo VI que, habiéndola utilizado
algún tiempo, luego dejó de hacerlo, volvió a solicitar el servicio de
los fieles sediarios cuando la enfermedad de sus piernas le impedía
realizar largas procesiones. También Juan Pablo I, a quien en realidad
no le gustaba, accedió a utilizarla ante el deseo de todos los
peregrinos presentes en las audiencias que querían verlo. Para una
crónica histórica más amplia, puede leerse el interesante artículo del Doctor Durand en Costumbrario Católico. Sin embargo, con esto ya queda claro que, en realidad, ninguno de los Predecesores de Benedicto XVI abolió la sedia gestatoria
sino que, en cambio, ésta dejó de utilizarse en los últimos años y, más
precisamente, en el último Pontificado. Por lo tanto, podemos concluir
que la conveniencia de su utilización es una decisión que corresponde
tomar, con absoluta libertad, a cada Pontífice, sin estar vinculado en
esta materia a las decisiones, también libres, de sus Predecesores.
También aquí puede aplicarse lo que Don Gagliardi afirmaba
recientemente en una entrevista
a propósito de las tradicionales vestiduras extralitúrgicas de los
Papas, muchas de las cuales han sido usadas nuevamente por Benedicto
XVI: “Si bien es cierto que, en las últimas décadas, los Sumos
Pontífices han elegido no usarlas... también es cierto que éstas nunca
han sido abolidas y, por lo tanto, cualquier Papa puede utilizarlas.”
Otra
oposición, un poco más ideologizada, proviene de aquellos que
consideran la eventual reutilización de la silla gestatoria como la
restauración de un elemento pasado de moda o, peor aún, como el retorno
a un temible triunfalismo pre-conciliar. En realidad, como denunciaba
con ironía Joseph Ratzinger poco después de la clausura del Vaticano
II, existe un nuevo triunfalismo de la vanagloria que puede ser mucho
más peligroso que aquel antiguo que se pretendía denunciar. A esta
injustificada acusación de triunfalismo, responde con precisión
Francesco Colafemmina en su artículo de Fides et Forma:
“es necesario entender, de una vez por todas, que algunos objetos del
pasado no eran expresiones de exterioridad magnificente sino, más bien,
instrumentos útiles y prácticos que ayudaban a los fieles a mirar al
Papa, que exaltaban el sentido del debido respeto al Sucesor de Pedro,
que salvaguardaban la salud y el cansancio de Su Santidad. Se dirá:
«¡pero no es aceptable que un hombre sea llevado por otros hombres! ¡Es
un signo de poder!». Éstas son ideas que derivan de una visión
meramente materialista del Papado. El amor y el afecto por el Papa
hacen gozosa la tarea de los sediarios, cuya institución permanece viva
y pronta a servir al Pontífice. Un hombre anciano llevado en un pequeño
trono sobre las espaldas es también un signo concreto de las palabras
del Señor a Pedro en Juan 21, 18: «En verdad, en verdad te digo: cuando
eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando
llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará
adonde tú no quieras». Ese trono es signo de una potestad diversa, de
una autoridad completamente distinta de la del mundo y del poder
material: ¡es la potestad del amor y la autoridad del Pastor que
apacienta las ovejas de Cristo! Es la potestad y la autoridad del
Pontífice que es sostenido físicamente por los sediarios y
espiritualmente por todos los fieles. Es la potestad y la autoridad del
Padre que gobierna la Iglesia de Roma y, en la sucesión apostólica, no
se representa simplemente a sí mismo, a la propia persona, sino la auctoritas pontificia que desciende de la misión que Jesús confió a Simón Pedro”.
Un
ejemplo de lo que afirma Colafemmina sobre el amor al Papa que “hace
gozosa la tarea de los sediarios” lo ha dado precisamente uno de ellos,
Silvano Bellizi, que murió recientemente a los ochenta años de edad,
luego de haber servido fielmente a cinco Pontífices. En una entrevista
concedida a L’Osservatore Romano un mes antes de su fallecimiento,
contaba lo siguiente sobre Pablo VI: “El último año, cuando el dolor de
las rodillas le impedía caminar y sentía sufrimientos atroces incluso
al hacer pocos pasos, teníamos a disposición también una pequeña silla
que usábamos para los desplazamientos más breves. La tarde del Corpus
Domini de 1975, al retornar de la celebración en San Juan de Letrán,
mientras, habiendo regresado al Vaticano, me preparaba para levantar la
pequeña silla, crucé su mirada. Era de sufrimiento. Nos miramos por un
momento y nos dijo: «Gracias. Vosotros sois mis piernas sanas» . Casi
en coro le respondimos: «Para nosotros es un honor, Santidad»”.
¿Queremos decir con todo esto que el uso de la sedia gestatoria
debe ser restaurado para que el Pontificado pueda presentarse ante el
mundo en todo su esplendor? No, por supuesto que no. Afirmar eso
significaría caer, efectivamente, en aquella visión materialista del
papado que termina en un triunfalismo vacío. Lo que en realidad
queremos decir es que el actual Sumo Pontífice, al igual que sus
predecesores, tiene absoluta libertad para disponer de este instrumento
de la tradición. Y que, si decidiera hacerlo, se trataría de una opción
legítima basada en algunas innegables ventajas que la silla gestatoria
ofrece: evita al Sumo Pontífice la fatiga de tener que recorrer a pie
la extensa nave central de la Basílica Vaticana; satisface el deseo de
todos los peregrinos de poder ver al Sucesor de Pedro, evitando la
confusión y el desorden producidos precisamente por intentar, a toda
costa y muchas veces sin éxito, mirar con los propios ojos al Vicario
de Cristo; brinda seguridad al Pontífice, no sólo por estar más elevado
del nivel de los peregrinos sino también por la cantidad de sediarios
que portan la sedia junto al personal de seguridad que lo continuaría escoltando, resguardándolo de ese modo del fácil acceso que podría tener a él una persona que quisiera hacerle daño.
En
conclusión, la silla gestatoria no es el poderoso signo de un pasado al
que algunos quisieran volver y del que otros quisieran huir. Es, nada
más pero también nada menos, un instrumento que la sabiduría de la
tradición pontificia ha considerado útil por diversos motivos y que,
por estar a disposición del Romano Pontífice, podría ser reutilizado en
cuanto éste lo dispusiera. No está en la sedia, lo sabemos
bien, la gloria y la grandeza del pontificado romano. Esta gloria y
esta grandeza están en el hecho de que el Divino Maestro haya querido
edificar su Iglesia sobre Pedro y sus legítimos sucesores. Esta gloria
y esta grandeza están, actualmente, en la figura de Benedicto XVI, este
hombre anciano que, en el atardecer de su vida, ha sido llamado por el
Señor a la responsabilidad máxima de ser Su Vicario y, en la conciencia
de ser un “humilde trabajador en la viña del Señor”, ha aceptado que se
ponga sobre sus espaldas un peso que supera cualquier capacidad humana.
En él, el Papa sabio, la entera Iglesia y cada uno de los fieles
cristianos puede descansar, sabiendo que Dios “ no abandona nunca a su
rebaño, sino que lo conduce a través de las vicisitudes de los tiempos,
bajo la guía de los que Él mismo ha escogido como vicarios de Su
Hijo”(cfr. Prefacio de los Apóstoles I).
(Fuente: La Buhardilla de Jerónimo)
lunes, 21 de diciembre de 2009
Los Santos forman parte del presente y del futuro de la Iglesia
En otra entrada informábamos sobre la declaración de Venerables de los Siervos de Dios, los papas Pio XII y Juan Pablo II. En la misma fecha de tal declaración, el Santo Padre tuvo un encuentro con los miembros de la Congregación para la Causa de los Santos, de cuyo contenido da cuenta la siguiente información del Vatican Information Service:
CIUDAD DEL VATICANO, 19 DIC 2009
(VIS).-El Papa recibió este mediodía a los miembros, consultores, postuladores y
oficiales de la Congregación para las Causas de los Santos, con motivo del
cuarenta aniversario de la institución del
dicasterio.
Hablando de los santos, el Santo Padre puso de relieve que "no son representantes del pasado, sino que forman parte del presente y el futuro de la Iglesia y de la sociedad". Su vida "pertenece a todas las regiones de la tierra" y se caracteriza por "su relación con el Señor (...) y un diálogo intenso con El". Además, dijo, "en ellos resalta la continua búsqueda de la perfección evangélica, el rechazo de la mediocridad y la tendencia hacia la pertenencia total a Cristo".
Benedicto XVI subrayó que "las
principales etapas del reconocimiento de la santidad por parte de la Iglesia, es
decir, la beatificación y la canonización, están unidas entre sí por un vínculo
de gran coherencia. (...) La cercanía gradual a la "plenitud de la luz" emerge
de modo singular en el paso de una etapa a otra".
En el paso de la beatificación a
la canonización, continuó, "se suceden hechos de gran vitalidad religiosa y
cultural, en los que la invocación litúrgica, la devoción popular, la imitación
de las virtudes, el estudio histórico y teológico, la atención a los "signos del
alto" se entrelazan y se enriquecen recíprocamente. (...) El testimonio de los
santos, resalta efectivamente y hace conocer aspectos aspectos siempre nuevos
del mensaje evangélico".
Haciendo referencia a las palabras
del prefecto del dicasterio, el arzobispo Angelo Amato, en el saludo al inicio
de la audiencia, el Papa afirmó que "en el itinerario para el reconocimiento de
la santidad, emerge una riqueza espiritual y pastoral que implica a toda la
comunidad cristiana. La santidad, es decir, la transfiguración de las personas y
de las realidades humanas a imagen de Cristo resucitado -concluyó- representa el
objetivo último del plan de salvación divina".
(Fuente: VIS)
Etapas de una canonización
|
|||||||||
domingo, 20 de diciembre de 2009
Juan Pablo II y Pio XII: Venerables
El Papa Benedicto XVI recibió en el transcurso de la semana pasada en audiencia privada a su E.R. Monseñor Angelo Amato sdb, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos. Durante la audiencia el Santo Padre autorizó a la Congregación para promulgar varios Decretos, entre los cuales se encuentra el de las "virtudes heroicas" del Siervo de Dios Juan Pablo II, Sumo Pontífice, nacido en Wadowice el 18 de mayo de 1920 y muerto en Roma el 2 de abril de 2005.
En la misma audiencia Benedicto XVI ha dado otra gran alegría a la Iglesia universal
al firmar el decreto referente a “las virtudes
heroicas del Siervo de Dios Pío XII (Eugenio Pacelli), Sumo Pontífice;
nacido en Roma el 2 de marzo de 1876 y muerto en Castelgandolfo el 9 de
octubre de 1958”. De este modo, en un mismo día, nuestro Santo Padre
nos ha dado el gozo de poder llamar con el título de “Venerable” a dos
grandes Romanos Pontífices de nuestro tiempo. Continuemos orando
fervientemente por la pronta beatificación de estos dos Sucesores del
Apóstol San Pedro.
“Las
principales etapas del reconocimiento de la santidad por parte de la
Iglesia – dijo precisamente hoy Benedicto XVI en un discurso con
ocasión del 40º aniversario de la Congregación para las Causas de los
santos -, es decir, la beatificación y la canonización, están unidas
entre ellas por un vínculo de gran coherencia. A ellas deben ser
añadidas, como indispensable fase preparatoria, la declaración de la
heroicidad de las virtudes o del martirio de un Siervo de Dios y la
comprobación de algún don extraordinario, el milagro que el Señor
concede por intercesión de un fiel Siervo suyo.
¡Cuanta
sabiduría se manifiesta en tal itinerario! En un primer momento, el
Pueblo de Dios es invitado a mirar a aquellos fieles que, después de un
primer cuidado discernimiento, son propuestos como modelos de vida
cristiana; luego, es exhortado a dirigir a ellos un culto de veneración
y de invocación circunscrito al ámbito de las Iglesias locales o de
Órdenes religiosas; finalmente, es llamado a exultar con la entera
comunidad de los creyentes por la certeza de que, gracias a la solemne
proclamación pontificia, un hijo o hija suya ha alcanzado la gloria de
Dios, donde participa en la perenne intercesión de Cristo a favor de
los hermanos (cfr. Hebreos 7, 25)”.
(Fuente: "La Buhardilla de Jerónimo")
sábado, 19 de diciembre de 2009
martes, 15 de diciembre de 2009
¿Toda la revelación está en la Biblia?
¿Dónde dice la Biblia que Pedro murió en Roma? ¿Dónde dice la Biblia
Inmaculada Concepción? ¿Dónde dice la
Biblia la Palabra Católica?
¿Alguna vez te hicieron estas preguntas? ¿Y cómo te sentiste?
Quizás pienses que son muchas preguntas y que no conducen a nada. No creas. El católico, al margen de vivir como tal y dar testimonio vital de ello, debe estar preparado para saber responder estas cuestiones que hacen de él un verdadero apóstol y misionero. Estas son las palabras del apóstol Pedro en su primera carta: "Estén siempre dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen. Pero háganlo con suavidad y respeto, y con tranquilidad de conciencia".
Pues bien, aquí encontrarás temas para informarte e informar.
Para
nuestros hermanos separados solo en la Biblia está la Revelación de
Dios (Palabra que significa: quitar el velo), es decir, la
manifestación de Dios a los hombres, por medio de hechos y palabras,
acerca de su voluntad. Para ellos nada es Revelación de Dios sino
proviene de la Sagrada Escritura. Para nosotros los católicos, la
Biblia es la Palabra de Dios, pero no toda la Revelación esta en ella.
Muchas cosas no se escribieron y están fielmente guardadas en la
Tradición.
Para
entender esto, tendremos que entender que Dios se ha revelado (se ha
dado a conocer) al hombre de distintas formas, ya sea por medio de sus
obras (Rom 1,19-20), ya sea oralmente por medio de Moisés, los profetas, hasta que lo hizo personalmente por medio de Su Hijo (Heb 1,1-2).
Jesús Evangelio de Dios:
Siendo Jesús la Máxima Revelación de Dios (Heb. 1,3) deseó que sus hechos y mensajes (Evangelio) se transmitieran por todo el mundo (Mc. 16,15) por medio de la Iglesia que el fundó. Obviamente mandó a predicar, no escribir. Así que cuando Jesús manda “Vayan y prediquen mi Evangelio” No
se pone a repartir Biblias y les dice: “Vayan y repartan Biblias y
díganles que la lean y que cada quien funde su Iglesia”. Cuando Jesús
dice: “Vayan y prediquen mi Evangelio” Jesús da a entender: “Que
vayamos y hablemos de El”. Jesús no escribió nada. Así lo entendieron
los Apóstoles y entonces el día de Pentecostés el Apóstol Pedro empezó
a hablar de Cristo (Hech 2, 14-41).
Tradición Apostólica:
A
esta forma de transmitir la fe de manera oral se le llama Tradición.
Cuando hablamos de Tradición no queremos decir costumbres, sino que nos
referimos a la enseñanza oral de Jesús transmitidas a sus Apóstoles y
que ellos transmitieron a sus discípulos, enseñanza guardada fielmente
por la Iglesia.
La
palabra Tradición significa: entrega, depósito. Yo te digo a ti, tu le
dices a el, el le dice a otro. Esta idea esta bien clara en la Biblia:
Lo que aprendiste de mí, confirmado por muchos testigos,
Confíalo a hombres que merezcan confianza Capaces de instruir después a otros. (2 Tim. 2,2)
Todo lo que han aprendido, recibido y oído de mí
Todo lo que me han visto hacer, háganlo. (Filip. 4,9)
Pablo
no dice que solo se guarde lo que esta escrito, sino lo que se oyó de
boca de él, lo que se le vio a hacer también eso debemos hacerlo
nosotros.
Para
distinguir la Tradición de tradiciones de hombres, estamos hablando de
la Tradición Apostólica: que es la enseñanza de los apóstoles del
mensaje de Cristo a través de la predicación, el testimonio, los
ministerios, el culto y los escritos inspirados.
Biblia:
Parte
de esta enseñanza se empezó a escribir, pero no todo. El mismo San
Juan, ya que se había escrito el evangelio de Mateo, Marcos y Lucas
escribió:
Jesús hizo muchas otras cosas, si se escribiera una por una,
Creo que no habría lugar para tantos libros. (Jn 21,25)
El
primer escrito del Nuevo Testamento fue la primera carta a los
Tesalonicenses alrededor del año 51 d. C. estamos hablando 18 años
después de que empezaron a predicar los Apóstoles. Así, sucesivamente
se fueron escribiendo más libros.
Pero,
esto no significo que se hiciera aun lado la tradición, puesto que esta
se siguió transmitiendo oralmente. Puesto que los escritos estaban
dispersos por todo el territorio cristiano y no había una colección
como actualmente la tenemos. Además, también aparecieron escritos de
personas que quizás lo hacían de buena fe, exagerando la vida de Jesús
o de sus Apóstoles, otros escritos difamándolos entre ellos: Evangelio
de Pedro, Evangelio de Santo Tomas, Hechos de Pedro, Hechos de Pilato,
varios Apocalipsis, etc. En algunas comunidades aceptaban de estos
libros y además rechazaban algunos como: la Carta a los Hebreos, la 2
Carta de Pedro, la Carta de Santiago o el Apocalipsis.
Así
es que si te das cuenta ningún libro de la Biblia da la lista de los
libros inspirados por Dios. ¿Quién me asegura que la Biblia es
inspirada por Dios? La Iglesia. Ya que la Iglesia, gracias a que
conservaba la Tradición oral tuvo el criterio para definir que libros
son inspirados por Dios, es decir el Canon Bíblico, que muchos hermanos
separados mencionan pero no saben como se formó.
Algunos
hermanos separados, mencionan el Códice Muratoriano, como el primer
intento por tener un Canon Bíblico. Lo que muchos de ellos no mencionan
es que es el primer intento de la Iglesia Católica por establecer un
Canon, además, no aceptan algunos libros como: la 2 Carta de Pedro o la
Carta a los Hebreos.
Entonces,
fue realmente hasta los concilios de Hipona (año 393) y Cartago (año
397) cuando la Iglesia Católica fijo el Canon de los libros sagrados
del Nuevo Testamento aceptando 27 libros.
También,
fue la Iglesia Católica quien en estos concilios definió el Canon de
los libros del A. T. basándose en la Versión Griega de los Setenta
(Canon Alejandrino). Puesto que fue la versión que utilizaron los
Apóstoles para citar textos del Antiguo Testamento en sus escritos del
Nuevo Testamento, la cual tenía 46 libros.
Como
vemos, gracias a la Iglesia Católica tenemos la Biblia. Primero es
Jesús, luego la Iglesia y después la Biblia. La Biblia es Palabra de
Dios porque la Iglesia da Testimonio de que es Palabra de Dios.
La Iglesia Católica guardiana de la Tradición Apostólica:
Creer
que todo está en la Biblia es rechazar la Iglesia que el fundó. Muchas
enseñanzas que están en la Biblia se entienden mejor gracias a la
Tradición Apostólica que prevalece en la Iglesia Católica. Por eso,
ahora en los grupos separados, encontramos muchas enseñanzas diferentes
porque no cuentan con toda la Tradición Apostólica.
¿En
donde se encuentra la Tradición Apostólica? En la Biblia, pero, también
en la enseñanza de los Padres de la Iglesia, por ejemplo en los
escritos de los llamados Padres Apostólicos (discípulos de los
Apóstoles): San Clemente de Roma discípulo de San Pedro, San Ignacio de
Antioquia y San Policarpo de Esmirna discípulos de San Juan, San Ireneo
de Lyon, discípulo de San Policarpo de Esmirna, en la forma que celebra
el culto la Iglesia, en los Papas, etc.
¿Quién interpreta auténticamente la Tradición Apostólica?:
El Magisterio de la Iglesia. Es decir el Papa, Sucesor de Pedro, Obispo de Roma y los obispos en comunión con el.
Conclusión:
Una
ocasión platicando con un Pastor Protestante, me decía que no se podía
aceptar como Palabra de Dios algo que no estuviera escrito en la
Biblia, le cite Mt 2,23 el cual dice que los Profetas
dijeron que a Jesús le llamarían Nazareno. Le pregunte que profeta dijo
que a Jesús le llamarían Nazareno. Comienza a buscar en su Biblia las
referencias que tenia ese texto. Después de 2 minutos le vuelvo a
preguntar ¿Qué Profeta dijo? Me contesta: “no me acuerdo, creo que fue
Jeremías”. Entonces le contesto yo: “Si lo buscamos en el A. T. ningún
Profeta dijo esto. Entonces ¿De donde sacó esta creencia Mateo? De la
Tradición, es decir de la enseñanza oral que se transmitieron los
judíos y que no se puso por escrito”.
San Pablo nos dice que debemos guardar, no solamente lo que esta escrito, sino que también lo que se enseño oralmente.
“Así pues, hermanos manténganse firmes y conserven las tradiciones que han aprendido de nosotros de viva voz o por escrito.” (2 Tes. 2,15)
Por lo tanto, aunque algunas creencias nuestras no están explícitas en la Biblia, si lo están en la Tradición oral. |
sábado, 12 de diciembre de 2009
Vivir la liturgia
Toda la simbología litúrgica expresada en los gestos y actitudes, nos lleva a un encuentro íntimo y personal con Dios Padre, por Jesucristo en el Espíritu Santo. Por eso debe quedar bien claro que la correcta interpretación de esos símbolos y la adecuada catequesis litúrgica debe ser tarea constante de los ministros consagrados. El siguiente texto está tomado de la página "Sacram Liturgiam".
(Fuente: Sacram Liturgiam)
La participación activa no excluye la activa pasividad del silencio, la quietud, el escuchar: de hecho, la demanda. Los que dan culto no son pasivos, por ejemplo, cuando escuchan las lecturas o la homilía, o cuando siguen las oraciones del celebrante y los cantos y música de la Liturgia. Éstas son experiencias de silencio y quietud, pero son, a su manera, profundamente activas. La participación activa demanda que la comunidad entera sea adecuadamente instruida en los misterios de la Liturgia, de lo contrario la experiencia del culto degenera en una forma de ritualismo. Pero esto no significa un constante intento, dentro de la Liturgia misma, de hacer explícito lo implícito, dado que esto a menudo conduce a una verbosidad e informalidad que son ajenas al rito romano, y que terminan trivializando el acto de culto. Tampoco significa la supresión de toda experiencia subconsciente, experiencia vital en una liturgia que abunda en símbolos que hablan tanto a lo subconsciente como a lo consciente. El uso del vernáculo ciertamente ha abierto los tesoros de la Liturgia a todos los que toman parte en ella, pero esto no significa que la lengua latina, y especialmente los cantos tan magníficamente adaptados al genio del Rito Romano, deban ser completamente abandonados. Si se ignora la experiencia subconsciente en el culto, se crea un vacío afectivo y devocional, y la Liturgia puede transformarse en algo no sólo demasiado verbal, sino también demasiado cerebral. (WDTPRS).
viernes, 4 de diciembre de 2009
Homilía del Papa en la Misa con la Comisión Teológica
Le pido que lea con detenimiento las palabras del Santo Padre. No se trata de buscar en ellas un cuestionamiento a la tarea del teólogo, sino de advertir la importancia de una teología que va más allá de un simple razonamiento intelectual, y que acerca, tanto al teólogo como al fiel simple, al corazón insondable del amor de Dios.
Las
palabras del Señor, que hemos escuchado en el pasaje evangélico, son un
desafío para nosotros, los teólogos, o tal vez, para decirlo mejor, una
invitación a un examen de conciencia: ¿Qué es la teología? ¿Qué somos
nosotros, los teólogos? ¿Cómo hacer verdadera teología? Hemos escuchado
que el Señor alaba al Padre porque ha ocultado el gran misterio del
Hijo, el misterio trinitario, el misterio cristológico, a los sabios y
a los doctos – ellos no lo han conocido – y lo ha revelado a los
pequeños, a los nèpioi, a aquellos que no son doctos, que no tienen una gran cultura. A ellos se les ha revelado este gran misterio.
Con
estas palabras, el Señor describe sencillamente un hecho de su vida; un
hecho que comienza ya en los tiempos de su nacimiento, cuando los Magos
de Oriente preguntan a los competentes, a los escribas, a los exegetas,
el lugar del nacimiento del Salvador, del Rey de Israel. Los escribas
lo saben porque son grandes especialistas; pueden decir enseguida dónde
nace el Mesías: ¡en Belén! Pero no se sienten invitados a ir: para
ellos, sigue siendo un conocimiento académico que no toca su vida,
quedan fuera. Pueden dar información pero la información no se
convierte en formación para la propia vida.
Luego,
durante toda la vida pública del Señor, encontramos lo mismo. Es
inaccesible para los doctos comprender que este hombre no docto,
galileo, pueda ser realmente el Hijo de Dios. Sigue siendo inaceptable
para ellos que Dios, el grande, el único, el Dios del cielo y de la
tierra, pueda estar presente en este hombre. Conocen todo, conocen
también Isaías 53, todas las grandes profecías, pero el misterio
permanece escondido. Es revelado, en cambio, a los pequeños, desde la
Virgen hasta los pescadores del lago de Galilea. Ellos conocen, como
también el centurión romano conoce bajo la cruz: éste es el Hijo de
Dios.
Los hechos
esenciales de la vida de Jesús no pertenecen sólo al pasado sino que
están presentes, de diversos modos, en todas las generaciones. Y así
también en nuestro tiempo, en los últimos doscientos años, observamos
lo mismo. Hay grandes eruditos, grandes especialistas, grandes
teólogos, maestros de la fe, que nos han enseñado muchas cosas. Han
penetrado en los detalles de la Sagrada Escritura, de la historia de la
salvación, pero no han podido ver el misterio mismo, el verdadero
núcleo: que Jesús era realmente Hijo de Dios, que el Dios trinitario
entra en nuestra historia, en un determinado momento histórico, en un
hombre como nosotros. ¡Lo esencial les ha permanecido oculto! Se
podrían citar con facilidad grandes nombres de la historia de la
teología de estos doscientos años, de los cuales hemos aprendido mucho
pero que no ha sido abierto a los ojos de su corazón el misterio.
En
cambio, también en nuestro tiempo están los pequeños que han conocido
tal misterio. Pensemos en santa Bernadette Soubirous, en Santa Teresa
de Lisieux, con su nueva lectura de la Biblia, “no científica”, sino
entrando en el corazón de la Sagrada Escritura; hasta los santos y
beatos de nuestro tiempo: santa Josefina Bakhita, la beata Teresa de
Calcuta, san Damián de Veuster. ¡Podríamos nombrar muchos!
Pero,
a partir de todo esto, nace la pregunta: ¿por qué es así? ¿Es el
cristianismo la religión de los necios, de las personas sin cultura, no
formadas? ¿Se extingue la fe donde se despierta la razón? ¿Cómo se
explica esto? Tal vez debamos mirar una vez más la historia. Sigue
siendo cierto lo que Jesús ha dicho, lo que se puede observar en todos
los siglos. Y, sin embargo, hay una “especie” de pequeños que son
también sabios. A los pies de la cruz está la Virgen, la humilde
esclava de Dios y la gran mujer iluminada por Dios. Y está también
Juan, pescador del lago de Galilea, aquel Juan que la Iglesia llamará
justamente ‘el teólogo’ porque realmente ha sabido ver el misterio de
Dios y anunciarlo: con ojos de águila entró en la luz inaccesible del
misterio divino. Así, también después de su resurrección, el Señor, en
el camino hacia Damasco, toca el corazón de Saulo, que es uno de los
sabios que no ven. Él mismo, en la primera carta a Timoteo, se define
ignorante en aquel tiempo, a pesar de su ciencia. Pero el Resucitado lo
toca: se queda ciego y, al mismo tiempo, se convierte realmente en
alguien que ve, comienza a ver. El gran sabio se vuelve un pequeño, y
precisamente por eso ve la necedad de Dios que es sabiduría, sabiduría
más grande que todas las sabidurías humanas
Podríamos continuar leyendo toda la historia de este modo. Sólo una observación más. Estos eruditos sabios, sofòi y sinetòi, en la primera lectura, aparecen de otro modo. Aquí sofia e sínesis
son dones del Espíritu Santo que reposan en el Mesías, en Cristo. ¿Qué
significa? Se ve aquí un doble uso de la razón y un doble modo ser
sabios o pequeños. Hay un modo de usar la razón que es autónomo, que se
pone por encima de Dios, en toda la gama de las ciencias, comenzando
por las naturales donde un método apto para la investigación de la
materia es universalizado: en éste método Dios no entra, por lo tanto,
Dios no existe. Y así, finalmente, también en teología: se pesca en las
aguas de la Sagrada Escritura con una red que permite pescar sólo peces
de una cierta medida, y todo aquello que está más allá de esta medida,
no entra en la red y, por lo tanto, no puede existir. Y así, el gran
misterio de Jesús, del Hijo hecho hombre, se reduce a un Jesús
histórico: una figura trágica, un fantasma sin carne y hueso, un hombre
que ha quedado en el sepulcro, se ha corrompido y es realmente un
muerto. El método sabe “pescar” ciertos peces pero excluye el gran
misterio, porque el hombre se hace él mismo la medida: tiene esta
soberbia que, al mismo tiempo, es una gran necedad porque absolutiza
ciertos métodos que no son aptos para las grandes realidades; entra en
este espíritu académico que hemos visto en los escribas, los cuales
responden a los Reyes magos: no me conmueve; sigo cerrado en mi
existencia, que no se conmueve. Es la especialización que ve todos los
detalles pero no ve ya la totalidad.
Y
hay otro modo de usar la razón, de ser sabios, que es el del hombre que
reconoce quién es; reconoce la propia medida y la grandeza de Dios,
abriéndose en la humildad a la novedad del actuar de Dios. De este
modo, precisamente aceptando la propia pequeñez, haciéndose pequeño
como es realmente, llega a la verdad. De este modo, también la razón
puede expresar todas sus posibilidades, no se apaga, sino que se
amplía, se hace más grande. Se trata de otra sofia o sínesis,
que no excluye el misterio, sino que es precisamente comunión con el
Señor en el cual reposan la prudencia y la sabiduría, y su verdad.
En
este momento, queremos rezar para que el Señor nos conceda la humildad
verdadera. Que nos dé la gracia de ser pequeños para poder ser
realmente sabios; que nos ilumine, nos haga ver su misterio del gozo
del Espíritu Santo, nos ayude a ser verdaderos teólogos, que pueden
anunciar su misterio porque hemos sido tocados en la profundidad de
nuestro corazón y de nuestra existencia. Amén.
martes, 1 de diciembre de 2009
INTENCIONES DEL SANTO PADRE PARA EL MES DE DICIEMBRE
Intención General: Para que los niños sean respetados, amados y no sean jamás explotados de ninguna manera.
Intención Misionera: Para que en Navidad los Pueblos de la tierra reconozcan en el Verbo Encarnado la luz que ilumina a toda la humanidad, y las naciones abran las puertas a Cristo, Salvador del mundo.
Intención Misionera: Para que en Navidad los Pueblos de la tierra reconozcan en el Verbo Encarnado la luz que ilumina a toda la humanidad, y las naciones abran las puertas a Cristo, Salvador del mundo.
domingo, 29 de noviembre de 2009
El Tiempo de Adviento y algunas notas de la liturgia vaticana
Con la liturgia de este domingo, la Iglesia da comienzo al tiempo llamado de "Adviento", un tiempo de cuatro semanas que los católicos dedicamos a meditar en nuestro interior acerca de cual es nuestra respuesta a las distintas venidas del Señor Jesús. Su primera venida como Verbo Encarnado asumiendo nuestra propia naturaleza para llevar al hombre al encuentro con Dios.
Su venida constante a nuestra existencia a través de su presencia sacramental, sobre todo Eucarística.
Y su venida definitiva "en el esplendor de su grandeza" al final de los tiempos, para instaurar en plenitud el Reino de Dios y restaurar todo lo creado en el orden de la justicia original.
Entiéndase que la única respuesta positiva es la de ordenar nuestra vida según las enseñanzas del Evangelio.
"Dios todopoderoso y eterno, te rogamos que la práctica de las buenas obras nos permita salir al encuentro de tu Hijo que viene hacia nosotros, para que merezcamos estar en el Reino de los cielos junto a Él".
“El
sábado pasado, por la tarde, durante las primeras Vísperas de Adviento en la
basílica Vaticana, el Papa usó un nuevo báculo”. Lo anunció monseñor
Guido Marini, en vísperas de la celebración con que se inicia el año
litúrgico.
“Similar
en las formas a la férula de Pío IX hasta ahora en uso – añade el
Maestro de las celebraciones litúrgicas pontificias –, éste puede ser
considerado a todos los efectos el báculo de Benedicto XVI”. Donado por
el Círculo de San Pedro, tiene una altura de 184 centímetros, pesa 2
kilos y 530 gramos, y tiene una mejor manejabilidad respecto al del
Papa Mastai Ferretti, gracias a las más reducidas dimensiones del
báculo y de la cruz. Y es también más liviano por 140 gramos, incluso
por 590 respecto al de Juan Pablo II. De hecho, debe recordarse que el
Papa Ratzinger ha utilizado inicialmente el báculo de plata coronado
con el crucifijo – realizado por Lello Scorzelli – introducido por
Pablo VI y luego usado también por Juan Pablo I y por el Papa Wojtyla.
Posteriormente, desde el Domingo de Ramos del 2008, comenzó a utilizar
la férula dorada en forma de cruz griega, perteneciente a Pío IX,
también ella donada al Pontífice en 1877 por el Círculo de San Pedro.
El antiguo sodalicio romano renueva así la tradición propia de
fidelidad al Papa, testimoniada desde su fundación que se remonta a 140
años atrás, en el lejano 1869.
En
la parte delantera del nuevo báculo de Benedicto XVI están
representados, al centro, el cordero pascual, y a los costados, los
símbolos de los cuatro evangelistas Mateo, Marcos, Lucas y Juan. El
motivo de la red reproducido en los brazos de la cruz recuerda la de
Pedro, el pescador de Galilea. En el reverso, están grabados: al
centro, el monograma de Cristo – formado por las primeras dos letras de
la palabra Christòs en griego, la X y la P
entrelazadas juntas –, y en las cuatro extremidades, los rostros de los
padres de la Iglesia de Occidente y de Oriente: Agustín y Ambrosio,
Atanasio y Juan Crisóstomo. “El cordero y el monograma de Cristo
puestos al centro – comenta monseñor Marini – reflejan la unidad del
misterio pascual: cruz y resurrección”.
Deteniedo
la mirada en el anillo de debajo de la cruz, se notan: en la parte
superior, el nombre de Benedicto XVI “que lo personaliza y lo hace
suyo”, explica el Maestro; en la inferior, el de los donantes, es
decir, el Círculo de San Pedro. Un último elemento significativo,
finalmente, se encuentra en la parte alta del báculo, donde está
impreso el escudo del Papa Ratzinger.
Otra
novedad predispuesta por la Oficina para las celebraciones litúrgicas
del Sumo Pontífice para las Vísperas del sábado concierne a la imagen
de la Virgen que será colocada bajo el altar de la confesión: se trata
de la escultura de madera policromada, que representa a la Virgen en el
trono con el Niño bendiciendo, que en los años anteriores era expuesta
sólo en la solemnidad de la Santísima Madre de Dios y que el año pasado
se introdujo desde la Noche de Navidad hasta la Epifanía. El tiempo de
Adviento es, de hecho, un tiempo mariano en el que la espera del Señor
que viene está acompañada por el ejemplo de la espera de María, como se
subraya por el canto de la antífona mariana Alma Redemptoris Mater en la conclusión del rito.
La
costumbre iniciada con Benedicto XVI de celebrar las primeras Vísperas
de Adviento en San Pedro evidencia la apertura de un nuevo ciclo anual
en el que la Iglesia revive todo el misterio de Cristo: desde la
Encarnación hasta Pentecostés y la espera del retorno del Señor. Por
eso, el adorno floral es sobrio, significando la especificidad
litúrgica y espiritual de este tiempo de espera del Señor que viene, en
el signo de la alegría pero también de la penitencia y de la vigilancia
como evoca el estribillo cantado en las intercesiones: Veni, Domine, et noli tardare.
En este mismo sentido debe comprenderse el uso del color morado en las
vestiduras litúrgicas, que acompaña todo el tiempo de Adviento, que
comienza en las Vísperas del sábado 28.
Antes
del inicio del rito, como en las otras celebraciones, está previsto un
tiempo de preparación para que la asamblea se disponga a la oración,
dejando atrás los ruidos y las distracciones de la vida cotidiana. En
esta espera serán ejecutados algunas piezas musicales y se leerán
pasajes de la homilía de Benedicto XVI en las primeras Vísperas de
Adviento del 2008.
Durante
la celebración propiamente dicha, que comenzará a las 17 horas, breves
pausas de silencio al final de los salmos y de la lectura breve
ayudarán a la oración personal y al recogimiento. La lectura breve,
tomada como de costumbre de la primera carta de San Pablo a los
Tesalonicenses, adquiere en esta circunstancia un significado
particular. El primer viaje internacional de Benedicto XVI en el 2010
será, de hecho, a Malta, para celebrar los 1950 años del naufragio del
Apóstol en la isla del Mediterráneo.
(Fuente: La Buhardilla de Jerónimo)
martes, 24 de noviembre de 2009
No lo dudes, Dios te ama.
Me imagino que esto ya lo sabes, pero la pregunta es ¿Ya lo has experimentado? Porque el amor no se comprende, se siente. Si es así, permíteme preguntarte ¿Vas a la Iglesia solo por obligación? ¿Qué tan seguido buscas a Dios a través de la oración? La realidad es que la mayoría ve a Dios como un peso de leyes por lo tanto no tiene una relación personal con El. Lo toma como una pastilla para el dolor. Una vez que se siente aliviado se olvida de El. Esto es porque en realidad no esta enamorado de El.
Si
hermano, hablo del amor que Dios siente por ti, pero que tú no has
experimentado de manera personal, porque te has resistido a ese amor.
Hoy
puedes empezar a experimentar ese amor que como se dice popularmente
cuando te sientes amado y correspondido al sentirte cerca de la persona
amada: “sientes que te tiembla todo el cuerpo y se te debilitan las
piernas”. Precisamente resulta que cuando estas cerca de la persona
amada el tiempo se te hace corto y cuando esta lejos el tiempo se te
hace largo.
Quiero ayudarte a experimentar este amor de Dios, pero ante todo, quiero pedirte que no te resistas, solo déjate amar.
Ahora déjame explicarte como Dios ama aunque realmente es muy difícil explicar lo que uno siente en el corazón:
1° Dios te ama de manera personal y efectiva porque El es tu Padre.
Dios
como Padre no te ama de una manera afectiva (con besos, abrazos o
caricias), sino de una manera efectiva, es decir: creó un mundo hermoso
con el propósito de que tu y los que amas lo habiten, te ha dado todo
lo que tienes: vida, salud, talento, una familia, etc., para que
prosperes y seas feliz. Dice la Biblia:
Con amor eterno te he amado, por eso prolongaré mi cariño hacia ti. Jer. 31,3
Dios
nos conoce a cada uno de nosotros de manera personal, como un Padre que
ama y conoce a cada uno de sus hijos, así es el amor de Dios hacia ti.
Sabe si estas triste o alegre, conoce tus inquietudes, tus sueños, tus
preocupaciones. Eres único y especial. No hay otro que se parezca a ti.
No hay otro que sea idéntico a ti. Nunca te ha dejado de amar y desea
que lo tomes en cuenta en tu vida, no hace falta que hables, El sabe lo
que hay en tu corazón. Eres valioso para El.
2° Dios te ama sin pedirte nada a cambio.
Estamos
tan acostumbrados a que nos digan que somos lo peor, que no valemos
nada, que si tenemos es por pura suerte. Entonces, si llega alguien y
te dice que Dios te ama sin condiciones, que vales mucho para El, pues
no le creemos. O pensamos que ha de ser a cambio de algo.
Nos
pasa como cuando queremos el amor de alguien. Compramos cosas y la
llenamos de detalles puesto que pensamos que solo así conseguiremos su
amor. Pero entiéndelo: ¡Dios no te pide nada a cambio! La Biblia dice
que:
Dios es Amor. 1 Jn. 4, 8
Por
lo tanto, El no te puede dejar de amar, su esencia es de amor. No
pienses que Dios castiga, porque no es así. Dios es el Dios que nos
presento Cristo, es amor. Por eso para quien ha experimentado el amor
de Dios los problemas son pruebas de Dios, en cambio para el que no,
son castigo de Dios.
Dios nunca te abandona, ni te abandonara; el te Ama. Dice la Biblia:
¿Podría una madre olvidarse del hijo de sus entrañas?
Pues yo nunca me podré olvidar. Is. 49,15.
Una
mujer aunque llegue a abandonar a su hijo, jamás lo podrá olvidar. Pues
Dios con amor de Padre y de Madre jamás se olvidará de ti.
Para
darte su amor ¿Qué te pide entonces? Nada, su amor es sin condiciones.
Cuantas veces decimos “Me tienes que amar porque yo te amo”. No. El
verdadero amor se da sin esperar nada a cambio, solo se busca que el
ser amado sea feliz. Así es el amor de Dios hacia a ti.
Por eso yo te pregunto:
¿Dios te ama porque ayudas a los pobres? La respuesta sería ¡No!
¿Dios te ama porque visitas a los enfermos? ¡No!
¿Dios te ama porque lees la Biblia? ¡No!
¿Dios te ama porque eres católico? ¡No!
¿Dios te ama porque eres evangélico? ¡No!
¿Dios te ama porque eres bueno? ¡No!
Dios solo te ama porque El es Amor y eres su hijo.
3° Dios te ama porque eres su hijo y quiere lo mejor para ti.
Dice San Pablo:
A Dios, cuya fuerza actúa en nosotros y que puede realizar mucho más de lo que pedimos o imaginamos. Ef. 3,20.
Tú
eres su hijo. El es tu Padre, y como todo padre desea lo mejor para ti.
¡Te quiere ver feliz! Sin embargo, lo que un hijo puede creer que es lo
mejor para el, es muy distinto a lo que el padre puede pensar. El es el
mayor, el conoce la realidad y sabe que es mejor para su hijo. Aunque
puede que su hijo piense que no es bueno o haga berrinche por no haber
obtenido lo que quería: un padre solo quiere lo mejor para su hijo. Si
un padre terrestre es así, imagínate como será nuestro Padre Dios. Dios
solo te da lo mejor, aunque al negarte algunas cosas, tu creas que no
te ama o dudes de su existencia.
En
la película “Todopoderoso” de Jim Carrey se ve una idea acerca de que
pasaría en el mundo si Dios nos complaciera con todos nuestros
caprichos, el mundo seria un completo desorden.
A
veces Dios nos pone pruebas que por difíciles que parezcan nos hacen
madurar, nos hacen crecer, no hay que desesperarse. Como dicen por ahí,
que no hay mal que por bien no venga.
Dios como Padre quiere que alcances tus sueños.
Dios como Padre quiere que logres esa profesión.
Dios como Padre quiere que obtengas ese trabajo.
Dios como Padre quiere que encuentres un buen esposo (a).
Dios como Padre quiere ¡QUE SEAS FELIZ!
Hoy
puedes empezar a tener una relación personal con El. Aunque me dirás
que llamarlo Padre no se te hace familiar, te diré que en realidad se
le aclama como “Abba” es decir “Papa con cariño” o sea “Papito”.
¡Vamos regresa a casa como el Hijo Prodigo! (Lc. 15,11-32) ¡Vamos dirígete a El! ¡Vamos corresponde a Su amor! Dile Papa, papito te quiero mucho. Papito te necesito. Me haces mucha falta…
(Fuente: Evangeliza.com)
|
Suscribirse a:
Entradas (Atom)