Esta noticia, aunque escueta, es una gran noticia, ya que se enmarca en el Nº 114 de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia "Sacrosantum Concilium". Damos gracias a Dios por este emprendimiento y elevamos nuestra oración para que de frutos abundantes y duraderos.
La catedral metropolitana (San Martín 11, Buenos Aires) realizará, todos los martes y viernes de septiembre, a las 20, una convocatoria de audición para la formación de la “Capilla Musical de la catedral primada de Buenos Aires”.
En primera instancia, el objetivo del proyecto consiste en la formación de un coro estable para los servicios musicales en la liturgia solemne de la catedral primada. Estas celebraciones se llevan a cabo los domingos, a las 11.30. El coro abordará, tanto para las celebraciones como para las clases de técnica y lectura, obras que pertenecen al repertorio sacro tradicional de la Iglesia: canto gregoriano, polifonía sagrada (antigua y moderna), y cantos populares.
(Fuente: Aica)
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"Destilad, cielos, el rocío de lo alto y que las nubes lluevan al Justo, ábrase la tierra y brote al Salvador. Los cielos cantan la gloria de Dios y el firmamento pregona cuán grandes son las obras de sus manos".
martes, 20 de septiembre de 2011
viernes, 23 de octubre de 2009
VADEMECUM EUCARÍSTICO
lunes, 5 de octubre de 2009
¿USTED QUE OPINA?
viernes, 11 de septiembre de 2009
¿JESÚS MURIÓ POR TODOS O POR MUCHOS?
El primer domingo de Cuaresma del próximo año, entrará en vigor en nuestro país el uso obligatorio del Misal Romano correspondiente a la “Tertia Editio” (Tercera Edición). El nuevo misal presenta una distribución cuidada de sus elementos y una encuadernación prolija.
Ver
Obispo de San Cristóbal de Las Casas.
martes, 8 de septiembre de 2009
POSIBLE DECLARACIÓN OFICIAL
¿Qué hay de nuevo en el runrun de la "reforma de la reforma"? El título de la presente entrada corresponde a la nota inserta con fecha 8 del corriente en el blog "La Buhardilla de Jerónimo" y nos da a conocer la última novedad sobre el tema. Dada su actualidad la publico en este sitio.
La Congregación para el Culto Divino se negó a hacer más comentarios acerca de los informes que afirmaban que el Vaticano está considerando una “reforma de la reforma” de la liturgia, pero se espera pronto una declaración formal sobre el asunto.
miércoles, 26 de agosto de 2009
La nota que les propongo es para leerla con una actitud de pausada meditación, y con el sólo objetivo de comprender acertadamente las razones que expone el obispo de Tulsa para adoptar su decisión.Cada lector se formará su propio juicio, luego de una sincera y leal lectura del tema.El Obispo Edward Slattery de Tulsa, Oklahoma, ha retornado a la práctica de celebrar la liturgia eucarística “ad orientem” en su catedral. El Obispo Slattery explicó en su periódico diocesano que reconoce las ventajas de la Misa celebrada con el sacerdote de cara al pueblo pero que “desafortunadamente, este cambio tuvo una cantidad de efectos no previsibles y en gran parte negativos”. A continuación, nuestra traducción de la explicación de Mons. Slattery.
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Debido a que la Misa es tan necesaria y fundamental para nuestra vida como católicos, la Liturgia es un tema constante en nuestras conversaciones. Es por esto que cuando nos reunimos, a menudo reflexionamos sobre las oraciones y las lecturas, hablamos sobre la homilía, y – probablemente – discutimos acerca de la música. El elemento crítico en estas conversaciones es nuestra comprensión de que nosotros, los católicos, damos culto en la forma en que lo hacemos debido a lo que la Misa es: el Sacrificio de Cristo, ofrecido bajo los signos sacramentales de pan y vino.
Si nuestro hablar acerca de la Misa quiere “tener sentido”, entonces tenemos que captar esta verdad esencial: en la Misa, Cristo nos une a Sí en la ofrenda que hace de Sí mismo, en sacrificio al Padre por la redención del mundo. Nosotros podemos ofrecernos de esta forma en Él, porque hemos sido hechos miembros de Su Cuerpo por el Bautismo.
También queremos recordar que todos los fieles ofrecen el Sacrificio Eucarístico como miembros del Cuerpo de Cristo. Es incorrecto pensar que sólo el sacerdote ofrece la Misa. Todos los fieles tienen parte en la ofrenda, si bien el sacerdote tiene un rol único. Él lo hace “en la Persona de Cristo” Cabeza del Cuerpo Místico, por lo que en la Misa es el Cuerpo entero de Cristo, la Cabeza y los miembros, que juntos hacen la ofrenda.
De cara hacia la misma dirección
Desde los primeros tiempos, la posición del sacerdote y del pueblo reflejaron esta comprensión de la Misa, dado que la gente oraba, de pie o de rodillas, en el lugar que visiblemente correspondía al Cuerpo de Nuestro Señor, mientras que el sacerdote, en el altar, encabezaba [la oración] como Cabeza. Formamos el Cristo total – Cabeza y miembros – tanto sacramentalmente por el Bautismo como visiblemente por nuestra posición y postura. Igual de importante es que todos – el celebrante y la congregación – miraban hacia la misma dirección, dado que estaban unidos con Cristo en la ofrenda del Sacrificio único, irrepetible, y aceptable al Padre.
Cuando estudiamos las prácticas litúrgicas más antiguas de la Iglesia, encontramos que el sacerdote y el pueblo miraban en la misma dirección, usualmente hacia el oriente, previendo que cuando Cristo regresara, lo haría “desde el este”. En la Misa, la Iglesia se mantiene en vigilia, esperando este regreso. Esta simple posición es llamada “ad orientem”, que significa “hacia el este”.
Múltiples ventajas
Por casi 18 siglos, la norma litúrgica fue que el sacerdote y el pueblo celebraran la Misa “ad orientem”. Deben existir razones sólidas para que la Iglesia haya sostenido esta postura por tanto tiempo. ¡Y existen!
En primer lugar, la liturgia católica siempre ha mantenido una adhesión maravillosa a la Tradición Apostólica. Vemos la Misa, y de hecho toda expresión litúrgica de la vida de la Iglesia, como algo que hemos recibido de los Apóstoles, y que nosotros, por nuestra parte, estamos llamados a transmitir intacto (1Co 11,23).
En segundo lugar, la Iglesia mantuvo esta sencilla postura hacia el este porque ésta revela en un modo sublime la naturaleza de la Misa. Incluso si alguien que no estuviera familiarizado con la Misa reflexionara sobre el hecho de que el celebrante y los fieles están orientados en la misma dirección, reconocería que el sacerdote ocupa el lugar de cabeza del pueblo, teniendo parte en una única y misma acción que – notaría después de un momento de mayor reflexión – se trata de un acto de culto.
Una innovación con consecuencias imprevistas
En los últimos cuarenta años, sin embargo, esta orientación compartida se perdió; ahora el sacerdote y el pueblo se han acostumbrado a mirar en direcciones opuestas. El sacerdote mira al pueblo mientras que el pueblo mira al sacerdote, aunque la plegaria eucarística está dirigida al Padre y no al pueblo. Esta innovación fue introducida después del Concilio Vaticano, en parte para ayudar al pueblo a comprender la acción litúrgica de la Misa permitiéndole ver lo que está sucediendo, y en parte como una adaptación a la cultura contemporánea, en la que se espera que el que tiene autoridad mire directamente a las personas que sirve, como un maestro que se sienta detrás de un escritorio.
Desafortunadamente, este cambio tuvo una cantidad de efectos no previsibles y, en gran parte, negativos. Primero, que fue una seria ruptura con la tradición de la Iglesia. Segundo, que puede dar la apariencia de que el sacerdote y el pueblo están ocupados en una conversación acerca de Dios, en lugar de estarlo en el culto a Dios. Y tercero, que esto le da una importancia excesiva a la personalidad del celebrante, poniéndolo en una especia de escenario litúrgico.
Recuperar lo sagrado
Incluso antes de su elección como sucesor de San Pedro, el Papa Benedicto ha estado urgiéndonos a poner nuestra atención en la práctica litúrgica clásica de la Iglesia para recuperar un culto católico más auténtico. Por esta razón, he restaurado la venerable posición “ad orientem” cuando celebro la Misa en la Catedral.
Este cambio no debe ser malinterpretado en el sentido de que el obispo “está dando la espalda a los fieles”, como si yo estuviera siendo inconsiderado u hostil. Tal interpretación no entiende que, al mirar en la misma dirección, la postura del celebrante y de la congregación hacen explícito el hecho de que juntos estamos en camino hacia Dios. El sacerdote y el pueblo están juntos en esta peregrinación.
También sería equivocado ver la recuperación de esta antigua tradición como un mero “atrasar el reloj”. El Papa Benedicto ha hablado repetidamente de la importancia de celebrar la Misa “ad orientem”, pero su intención no es animar a los celebrantes a transformarse en “anticuarios litúrgicos”. En lugar de esto, su Santidad quiere que descubramos lo que está detrás de esta antigua tradición y lo que la hizo viable por tantos siglos, es decir, la comprensión de la Iglesia de que el culto de la Misa es primaria y esencialmente el culto que Cristo ofrece a Su Padre.
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Fuente: What Does The Prayer Really Say?
Traducción: La Buhardilla de Jerónimo
viernes, 26 de junio de 2009
UN LLAMADO DE ATENCIÓN
"La liturgia, como enseña el mismo Concilio, no agota toda la actividad de la Iglesia, pero es la cumbre hacia la cual tiende y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza (Sacrosanctum Concilium, 9.10). Esta importancia, esta centralidad, no siempre se reflejan en la organización pastoral, en el tiempo y la preparación que se dedican a las celebraciones sagradas en las que se actualiza y ejerce el misterio de la redención, en el estudio y consideración de los sacerdotes, en el aprecio del pueblo cristiano. Benedicto XVI ha señalado recientemente que la Iglesia no es una ONG, un centro de beneficencia: es preciso, pues, recentrar como corresponde la misión eclesial en el mundo de hoy, y para que la comprensión de esa misión no se extravíe, hace falta volver incesantemente a las fuentes de la fe. La centralidad de la liturgia, su eficacia salvífica y pedagógica, son una expresión de la primacía de la gracia, principio fundamental de una sana y católica orientación pastoral.
La forma que la liturgia ha asumido, forjada por una venerable tradición, no se puede disociar del contenido sin ponerlo en riesgo, sin someter a la ambigüedad la regla de la fe, sin menoscabar el valor formativo del culto y su influjo en la cultura del pueblo. La liturgia es la matriz en la que se plasma la mente cristiana. En las últimas décadas ha ocurrido un lamentable deslizamiento de las formas litúrgicas en el rito romano; quizá lo peor ha sido el daño infligido a la belleza, que es el rostro visible del misterio. En su caída, la belleza ha arrastrado consigo la dimensión contemplativa de la liturgia. Las causas de este fenómeno son múltiples: pérdida del sentido de lo sacro, ignorancia histórica y teológica, populismo, desprecio y abandono del latín y del canto gregoriano –en contra de la decisión conciliar de mantenerlo–, una concepción errada de la inculturación y de la participación activa de los fieles. En la Argentina se suma a estos factores negativos una generalizada decadencia de la cultura nacional; la Iglesia no ha hecho gran cosa por frenarla; hasta podrían acusarnos de habernos plegado a ella. Por todas estas razones, la liturgia debe ser señalada nuevamente y con urgencia como una prioridad pastoral. Tenemos al respecto ejemplos notables en la Iglesia platense; para citar un solo nombre, menciono a Monseñor Enrique Rau, que fue pionero de la pastoral obrera y a la vez de la auténtica renovación litúrgica. Pudo abarcar ambos campos porque fue, sobre todo teólogo, un buen teólogo.
Queridos hijos, que ahora van a ser instituidos lectores y acólitos, cumplan, y no sólo cumplan, vivan con fidelidad y amor sus respectivos ministerios. Vívanlos en comunión íntima con María, de corazón a Corazón con ella, para vivirlos en el Corazón de Cristo, de quien son instituidos servidores. Digo por cada uno de ustedes la preciosa oración de Charles de Condren, dirigida a Jesús que vive en María:
Jesús, que vives en María, ven y vive en tu servidor, por el Espíritu de tu santidad, con la plenitud de tu fuerza, en la perfección de tus caminos, en la comunión con tus misterios; domina a todo poder adverso, por la virtud de tu Espíritu, para la gloria del Padre."
Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata
(Fuente AICA)
viernes, 17 de abril de 2009
"Mirarán al que traspasaron"
El texto que sigue, ha sido tomado del excelente blog "La buhardilla de Jerónimo". Si bien tiene unas semanas de publicado, tratándose de un tema específico relativo a la liturgia, me ha parecido importante incluirlo en nuestro blog, sobre todo teniendo en cuenta que en las celebraciones presididas por Benedicto XVI se observa esta iniciativo de colocar la cruz en el centro del altar.
Ofrecemos nuestra traducción de un interesante artículo, publicado por L’Osservatore Romano, sobre la centralidad del crucifijo en la celebración litúrgica. Su autor es el Padre Mauro Gagliardi, uno de los nuevos consultores (nombrado por el Papa en septiembre de 2008) de la Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice.
En este tiempo de Cuaresma, no podemos dejar de pensar en el gran misterio del Sacro Triduo que, al término de estos cuarenta días, nos hará volver a meditar y revivir, en el hoy de la Liturgia, la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Una ayuda para este proceso de conversión proviene de la meditación sobre la centralidad de la Cruz en el culto y, en consecuencia, en la vida del cristiano. Las lecturas bíblicas de la Misa de la Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre) presentan, entre otros, el tema de "mirar a". Los israelitas deben mirar a la serpiente de bronce levantada sobre un asta para ser sanados del veneno de las serpientes (cfr. Números 21, 4b-9). Jesús, en la página evangélica de esa fiesta litúrgica, dice que Él debe ser levantado en alto como la serpiente mosaica para que quien cree en Él no muera sino que tenga vida eterna (cfr. Juan 3, 13-17). Los israelitas miraban a la serpiente de bronce pero debían realizar un acto de fe en el Dios que sana; para los discípulos de Jesús, en cambio, hay una perfecta convergencia entre “mirar a” y creer: para obtener la salvación, se debe creer en Aquel al cual se mira, el Crucificado Resucitado, y vivir de un modo coherente con esta mirada fundamental.
Ésta es la intuición fundamental del uso litúrgico tradicional según el cual el ministro y los fieles dirigen juntos su mirada hacia el crucifijo. En el momento en que entró en uso la práctica de celebrar versus populum, surgió el problema de la posición del sacerdote en el altar, ya que ahora estaba de espaldas al tabernáculo y al crucifijo. Inicialmente, en diversos lugares, fue establecido el tabernáculo (a cassetta) puesto sobre el altar separado de la pared: el tabernáculo se encontraba así entre el sacerdote y los fieles de modo que, aún encontrándose uno frente a otros, tanto el ministro como los fieles podían mirar hacia el Señor durante la liturgia eucarística. Este recurso, sin embargo, fue superado pronto, sobre todo en base a la convicción de que esta ubicación del tabernáculo generaría un conflicto de presencias: no se podría reservar el Santísimo Sacramento sobre el altar de la celebración porque contrastaría con las diversas formas de presencia de Cristo en la liturgia. Finalmente se resolvió colocar el tabernáculo en una capilla lateral. Quedaba aún el crucifijo, al cual el sacerdote seguía dando la espalda, dado que por norma aún permanecía en el centro. Se resolvió aún mas fácilmente estableciendo que podía ser colocado también a un lado del altar. De este modo, ciertamente, el ministro no le daba más la espalda pero la representación del Señor crucificado perdía su centralidad y, de todos modos, no se resolvía el problema consistente en el hecho de que el sacerdote continuaba sin poder “mirar al Crucificado” durante la liturgia.
Las normas litúrgicas establecidas para la actual forma ordinaria del rito romano permiten colocar el crucifijo y el tabernáculo en posiciones alejadas; sin embargo, esto no impide que se continúe discutiendo sobre la mayor oportunidad de que sean colocados al centro, como se indica para el altar. Esto vale principalmente para la representación del Crucificado. La instrucción “Eucharisticum mysterium”, de hecho, afirma que “en razón del signo” (ratione signi, n. 55), conviene que sobre el altar en el que se celebra la Misa no sea colocado el tabernáculo porque la presencia real del Señor es el fruto de la consagración y como tal debe aparecer. Esto no excluye que el tabernáculo puede normalmente permanecer en el centro del edificio litúrgico, sobre todo donde se cuente con la presencia de un altar más antiguo que ahora se encuentra detrás del nuevo el altar (véase el n. 54, que afirma que es lícita la colocación del tabernáculo sobre el altar dirigido al pueblo). Si bien se trata de una cuestión compleja y que requeriría profundizaciones, se puede reconocer que el desplazamiento del tabernáculo fuera del altar de la celebración versus populum (o nuevo altar) tiene más argumentos a su favor ya que no se basa sólo en el argumento del conflicto de presencias sino también en el de la verdad de los signos litúrgicos. Sin embargo, no puede decirse lo mismo respecto al crucifijo. Eliminada la centralidad del crucifijo, la comprensión común del sentido de la liturgia corre el riesgo de ser trastocada.
Es evidente que el mirar no puede ser reducido a un mero gesto exterior, realizado con la simple orientación de los ojos. Se trata principalmente de una actitud del corazón que puede y debe ser mantenida, cualquiera sea la orientación asumida por el cuerpo del orante y la dirección dada a la mirada durante la oración. Sin embargo, en el Canon romano, también en el misal de Pablo VI, está la rúbrica que prescribe al sacerdote elevar los ojos al cielo poco antes de pronunciar las palabras consecratorias sobre el pan. La orientación del espíritu es más importante pero la expresión corpórea acompaña y sostiene el movimiento interior. Si es cierto, entonces, que mirar al Crucificado es un acto del espíritu, un acto de fe y adoración, sigue siendo cierto que mirar la imagen del Crucificado durante la liturgia ayuda y sostiene muchísimo el movimiento del corazón. Tenemos necesidad de signos y gestos sagrados que sostengan, sin sustituirlo, el movimiento del corazón que anhela la santificación: también esto significa obrar litúrgicamente ratione signi. Sacralidad del gesto y santificación del orante no son elementos contrarios sino dos aspectos de una única realidad.
Por lo tanto, si el uso de celebrar versus populum tiene aspectos positivos, es necesario, sin embargo, reconocer también sus límites: en particular el riesgo de que se cree un círculo cerrado entre el ministro y los fieles que ponga en segundo plano precisamente a Aquel al cual todos deben mirar con fe durante el culto litúrgico. Es posible evitar estos riesgos restituyendo a la oración litúrgica su orientación, en particular en lo referente a la liturgia eucarística. Mientras la liturgia de la Palabra tiene su desarrollo más adecuado si el sacerdote está dirigido hacia el pueblo, parece teológica y pastoralmente más oportuno aplicar la posibilidad – reconocida por el misal de Pablo VI en sus diversas ediciones - de continuar celebrando la Eucaristía hacia el crucifijo; esto puede realizarse concretamente en diversos modos, también colocando la representación del Crucificado en el centro del altar en la celebración versus populum, de modo tal que todos, sacerdotes y fieles, puedan mirar al Señor durante la celebración de su santo Sacrificio. En el prefacio al primer volumen de su Opera Omnia, Benedicto XVI se ha mostrado feliz por el hecho de que se esté siguiendo cada vez más una propuesta que él había realizado en su Introducción al espíritu de la liturgia. Ésta, como ha escrito el Papa, consistía en la sugerencia de “no proceder a nuevas transformaciones sino poner simplemente la cruz en el centro del altar, a la que miran juntos el sacerdote y los fieles, para dejarse así conducir hacia el Señor, al cual todos juntos oramos”.
Fuente: L’Osservatore Romano
Traducción: La Buhardilla de Jerónimo
