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martes, 30 de marzo de 2010

Lo que muchos quisieramos decirle a Benedicto XVI

El blog La Buhardilla de Jerónimo publicó su traducción de una carta que Mons. Luigi Negri envió al Santo Padre Benedicto XVI, con ocasión de los ataques de que viene siendo objeto, y que a continuación se  publica.


Santidad:

La mentira y la violencia diabólica se abalanzan, cada día, sobre su Sagrada Persona.
Usted vive frente a toda la Iglesia una singularísima participación en la Pasión del Señor Jesucristo.
Frente a la Iglesia y al mundo, usted está recorriendo la “vía dolorosa”. Siéntanos junto a usted, con un afecto infinito y con la voluntad de confortar, en lo que podamos, este dolor suyo. En su dolor, Santidad, vibra ya todo el poder de Dios que, en este dolor y por este dolor, vence hoy el mal del mundo.
Un grandísimo y común amigo, el Presidente Marcello Pera, me escribió en estos días: cómo es posible que mil millones de cristianos asistan en silencio e impotentes al intento de destruir al Papa, sin darse cuenta de que, después de esto, no habrá más salvación para nadie.

Santidad, es necesario que todos nosotros trabajemos, bajo usted, en una gran reforma de la inteligencia y del corazón de la Iglesia, fundada en la adhesión incondicional a su Magisterio.
Sólo esto puede profundizar el sentido de nuestra dignidad, frente a nosotros mismos y al mundo, y de la inderogable tarea de la misión, que se nos ha conferido por nuestro bautismo.
Demasiadas malas teologías, demasiadas exégesis vacías, muchas veces en explícito desacuerdo con su Magisterio, envilecen hoy la cultura de la Iglesia.
A esta gran reforma de la inteligencia y del corazón de la Iglesia seguirá necesariamente una verdadera reforma moral, premisa de un nuevo florecimiento de santidad. Y así reflorecerá la misión de la Iglesia en este mundo, fuerte, alegre y sacrificada. En los momentos más graves de su historia, la Iglesia siempre experimentó todo esto. Hoy, como entonces, acogeremos la gracia de este sufrimiento para vivir también más profundamente nuestras responsabilidades.

Santidad, usted conoce nuestros corazones, sabe que nos uniremos en un abrazo a su persona, prontos a morir por usted y por la Iglesia.
Santidad, perdone nuestro atrevimiento y bendíganos.

27 de marzo de 2010
Mons. Luigi Negri
Obispo de San Marino-Montefeltro
(Fuente: La Buhardilla de Jerónimo)

sábado, 20 de marzo de 2010

RESUMEN DE LA CARTA PASTORAL A LOS FIELES IRLANDESES


 El santo padre Benedicto XVI ha dirigido una carta pastoral a la iglesia de Irlanda con ocasión de los graves hechos ocurridos en el pasado referidos a casos de abuso de menores por parte de eclesiásticos -sacerdotes y religiosos- de esa iglesia particular.
El texto es contundente y explícito y muestra no sólo la preocupación de su Santidad, sino también su postura firme e inflexible para terminar con hechos de esta naturaleza dentro de la Iglesia.
La carta era esperada después de la entrevista mantenida por Benedicto XVI en Roma con los obispos irlandeses.
Es digno de alabar y agradecer a Dios la firmeza de nuestro Papa -en esta y otras circunstancias similares- que no hace sino reafirmar la postura de la Iglesia frente al flagelo de la inmoralidad, aún dentro de ella misma.
Se publica aquí al resumen brindado por el VIS (Vatican Information Service).

CIUDAD DEL VATICANO, 20 MAR 2010 (VIS).-Ofrecemos a continuación un resumen de la Carta pastoral del Papa a los fieles de Irlanda, que se ha hecho pública esta mañana:

  El Papa ha enviado una carta pastoral a todos los católicos de Irlanda para expresar su consternación ante los abusos sexuales de jóvenes por parte de representantes de la Iglesia y por la forma en que fueron afrontados por los obispos y superiores religiosos de Irlanda. Pide que la carta se lea con atención en su totalidad. El Santo Padre habla de su cercanía en la oración a toda la comunidad católica irlandesa en este momento doloroso y sugiere un camino de curación, renovación y reparación.

  El Santo Padre pide a los fieles que se acuerden de la roca de la que fueron tallados (cf. Is 51, 1) y, en particular, de la válida contribución que los misioneros irlandeses aportaron a la civilización de Europa y a la propagación del cristianismo en todos los continentes. En los últimos años ha habido muchos desafíos a la fe en Irlanda, debido a un rápido cambio social y a una menor fidelidad a las tradicionales prácticas devotas y sacramentales. Este es el contexto en el que hay que comprender la forma con que la Iglesia ha afrontado el problema de los abusos sexuales de menores.

  El problema es consecuencia de muchos factores: una formación moral y espiritual insuficiente en los seminarios y noviciados, una tendencia en la sociedad a privilegiar el clero y otras figuras de autoridad, una preocupación desmedida por el buen nombre de la Iglesia y para evitar escándalos han llevado a la falta de aplicación, cuando era necesario, de las penas canónicas existentes. Sólo examinando cuidadosamente los numerosos elementos que dieron origen a la crisis es posible identificar con precisión sus causas y encontrar los remedios eficaces.

  Durante su visita "ad limina" a Roma en 2006, el Papa exhortó a los obispos irlandeses a "establecer la verdad de lo sucedido en el pasado, a tomar todas las medidas necesarias para evitar que se repita otra vez, a garantizar que los principios de justicia son plenamente respetados y, sobre todo, a curar a las víctimas y a todos aquellos que están afectados por estos crímenes atroces". A partir de entonces, el Papa se encontró con algunas víctimas en más de una ocasión, escuchó sus historias personales, rezó con ellos y por ellos, y está dispuesto a hacerlo de nuevo en el futuro. En febrero de 2010 llamó a los obispos irlandeses para que vinieran a Roma con el fin de examinar con ellos las medidas que estaban adoptando para solucionar el problema, con especial referencia a los procedimientos y protocolos actualmente en vigor dirigidos a garantizar la protección de los niños en los ambientes eclesiales y responder con prontitud y justamente a las denuncias de abusos. En esta carta pastoral, se dirige directamente a una serie de grupos dentro de la comunidad católica de Irlanda, a la luz de la situación que se ha creado.

  Dirigiéndose en primer lugar a las víctimas de abusos, el Papa reconoce la terrible traición que han sufrido y les asegura que siente mucho lo que han tenido que soportar. Reconoce que en muchos casos nadie estaba dispuesto a escucharles cuando encontraron el coraje para contar lo que les había sucedido. Comprende cómo se debían sentir los que vivían en internados al no poder escapar de su sufrimiento. Si bien reconoce lo difícil que debe resultar para muchos de ellos perdonar o reconciliarse con la Iglesia, les exhorta a no perder la esperanza. Jesucristo, que fue víctima de sufrimientos injustos, comprende la profundidad de su dolor y la persistente secuela en sus vidas y sus relaciones. A pesar de todo, precisamente las heridas de Cristo, transformadas por su sufrimiento redentor, son los medios por los cuales se destruye el poder del mal y renacemos a la vida y a la esperanza. El Papa insta a las víctimas a buscar en la Iglesia la oportunidad de encontrar a Jesucristo y de hallar la curación y la reconciliación, redescubriendo el infinito amor de Cristo por cada uno de ellos.

  En sus palabras a los sacerdotes y religiosos que han abusado de los jóvenes, el Papa recuerda que deben responder ante Dios y ante los tribunales legítimamente constituidos de las acciones pecaminosas y criminales que han cometido. Han traicionado una confianza sagrada y han provocado vergüenza y deshonra a sus hermanos. Se ha causado un gran daño no sólo a las víctimas, sino también a la percepción pública del sacerdocio y de la vida religiosa en Irlanda. Mientras les pide que se sometan a las exigencias de la justicia, les recuerda que no deben desesperar de la misericordia que Dios ofrece incluso a los pecadores más grandes, si se arrepienten de sus acciones, hacen penitencia y piden perdón humildemente.

  El Papa anima a los padres a que perseveren en la difícil tarea de educar a los hijos a reconocer que son amados y apreciados y a desarrollar una sana autoestima. Los padres tienen la responsabilidad primordial de educar a las nuevas generaciones en los principios morales que son esenciales para una sociedad civil. El Papa invita a los niños y jóvenes a hallar en la Iglesia una oportunidad para un encuentro vivificante con Cristo, y a no desanimarse por las faltas de algunos sacerdotes y religiosos. Tiene confianza en la contribución de los jóvenes para la renovación de la Iglesia. Exhorta también a los sacerdotes y religiosos a no desanimarse, sino más bien a renovar su dedicación a los respectivos apostolados, trabajando en armonía con sus superiores. De esta manera aportarán nueva vida y dinamismo a la Iglesia en Irlanda a través de sus testimonios vivos de la obra redentora del Señor.

  Dirigiéndose a los obispos de Irlanda, el Papa señala los graves errores de juicio y el fracaso de la acción de gobierno de muchos de ellos, porque no aplicaron correctamente los procedimientos canónicos en respuesta a las denuncias de abusos. Aunque a menudo resultara difícil saber cómo hacer frente a situaciones tan complejas, sin embargo hay que resaltar que se cometieron errores graves con la consiguiente pérdida de credibilidad. El Papa les anima a seguir luchando con determinación para poner remedio a los errores del pasado y evitar que se repitan, aplicando plenamente el derecho canónico y cooperando con las autoridades civiles en sus áreas de competencia. También pide a los obispos que se comprometan a ser santos, a dar ejemplo, estimulando a los sacerdotes y a los fieles a cumplir con su papel en la vida y en la misión de la Iglesia.

  Por último, el Papa propone algunas medidas concretas para estimular la renovación espiritual de la Iglesia en Irlanda. Pide a todos que ofrezcan su penitencia de los viernes, durante un año, en reparación por los pecados de los abusos que se produjeron. Recomienda recurrir con frecuencia al sacramento de la reconciliación y a la práctica de la adoración eucarística. Anuncia su intención de que se realice una visita apostólica en algunas diócesis, congregaciones religiosas y seminarios, con la participación de la Curia Romana, y propone una misión nacional de los obispos, sacerdotes y religiosos en Irlanda. En este Año Sacerdotal, presenta a la figura de San Juan María Vianney como modelo e intercesor para un ministerio sacerdotal revitalizado en Irlanda. Después de agradecer a todos los que han trabajado duramente para afrontar con firmeza el problema, concluye proponiendo una oración por la Iglesia en Irlanda, para que la usen todos los fieles para invocar la gracia de la curación y de la renovación en este momento de dificultad.
OP/RESUMEN CARTA PASTORAL/IRLANDA                         VIS 100320 (1290)

martes, 29 de diciembre de 2009

El Santo Padre y su seguridad.


Todos quienes seguíamos por televisión la celebración  de la Misa de Medianoche en la Nochebuena pasada, recibimos el impacto de ver como el Santo Padre caía a consecuencia de la deplorable actitud de una persona que burló el cerco establecido. Lógicamente el comentario acerca de la seguridad del Santo Padre fue casi obligado en la boca de todos
. Pero, ¿que hacer?. El sitio "La Bohardilla de Jerónimo", analiza el tema, y dado lo acertado de sus comentarios comentarios, aquí lo presentamos.

El acontecimiento del pasado jueves, en que el Santo Padre fue víctima de la violencia de una persona desequilibrada, infundió temor a todos los fieles y suscitó cuestionamientos sobre la seguridad del Romano Pontífice. A esos cuestionamientos respondió el Padre Lombardi, vocero de la Santa Sede, afirmando que “es imposible un blindaje al cien por ciento en torno al Papa sin crear un muro divisor entre el Pontífice y sus fieles, algo impensable”. Luego de añadir que “de cada episodio puede sacarse alguna lección”, recordó (como solía decir también su antecesor en el cargo, el Doctor Navarro Valls) que “hay que abandonar la ilusión de que exista un riesgo cero”.

Sin embargo, a partir de este infortunio, surgieron comentarios en diversos sitios analizando la conveniencia de utilizar nuevamente la sedia gestatoria. A decir verdad, estos comentarios no han surgido inesperadamente el pasado jueves. En realidad, ya desde hace algunos meses surgieron algunos rumores, que desde entonces han ido in crescendo, de que el Santo Padre recuperaría esta tradición, por consejo de la Secretaría de Estado, y con el fin de poder ser visto por todos los fieles.

Con el accidente ocurrido al comienzo de la Santa Misa de Navidad, algunos han comenzado a valorar la restauración de esta tradición pontificia también desde el punto de vista de la seguridad. En efecto, utilizando nuevamente la silla gestatoria, el Pontífice no estaría tan expuesto a quien, violando las normas de seguridad (que, como ha sido recordado, nunca serán completamente seguras), intentara abalanzarse sobre él. La estabilidad de la silla estaría garantizada por doce sediarios y, además, se seguiría contando con la escolta de las fuerzas de seguridad vaticanas. Por supuesto, esto sería viable sólo en el interior de la Basílica Vaticana, donde pueden realizarse (y, de hecho, se realizan) estrictos controles para evitar que las personas que ingresan porten cualquier tipo de armas.

A la posibilidad de que el Santo Padre vuelva a utilizar la silla gestatoria se oponen algunos argumentos que, en la mayor parte de los casos, terminan revelándose carentes de auténticas motivaciones, siendo expresiones, más bien, de prejuicios injustificados. Habría que recordar, en primer lugar, que este elemento tradicional nunca fue abrogado sino que, en realidad, cayó en desuso. En efecto, de los Pontífices inmediatamente anteriores a Benedicto XVI, sólo Juan Pablo II no hizo uso de ella en ningún momento de su pontificado, a pesar de que le ofrecieron hacerlo. El mismo Pablo VI que, habiéndola utilizado algún tiempo, luego dejó de hacerlo, volvió a solicitar el servicio de los fieles sediarios cuando la enfermedad de sus piernas le impedía realizar largas procesiones. También Juan Pablo I, a quien en realidad no le gustaba, accedió a utilizarla ante el deseo de todos los peregrinos presentes en las audiencias que querían verlo. Para una crónica histórica más amplia, puede leerse el interesante artículo del Doctor Durand en Costumbrario Católico. Sin embargo, con esto ya queda claro que, en realidad, ninguno de los Predecesores de Benedicto XVI abolió la sedia gestatoria sino que, en cambio, ésta dejó de utilizarse en los últimos años y, más precisamente, en el último Pontificado. Por lo tanto, podemos concluir que la conveniencia de su utilización es una decisión que corresponde tomar, con absoluta libertad, a cada Pontífice, sin estar vinculado en esta materia a las decisiones, también libres, de sus Predecesores. También aquí puede aplicarse lo que Don Gagliardi afirmaba recientemente en una entrevista a propósito de las tradicionales vestiduras extralitúrgicas de los Papas, muchas de las cuales han sido usadas nuevamente por Benedicto XVI: “Si bien es cierto que, en las últimas décadas, los Sumos Pontífices han elegido no usarlas... también es cierto que éstas nunca han sido abolidas y, por lo tanto, cualquier Papa puede utilizarlas.”

Otra oposición, un poco más ideologizada, proviene de aquellos que consideran la eventual reutilización de la silla gestatoria como la restauración de un elemento pasado de moda o, peor aún, como el retorno a un temible triunfalismo pre-conciliar. En realidad, como denunciaba con ironía Joseph Ratzinger poco después de la clausura del Vaticano II, existe un nuevo triunfalismo de la vanagloria que puede ser mucho más peligroso que aquel antiguo que se pretendía denunciar. A esta injustificada acusación de triunfalismo, responde con precisión Francesco Colafemmina en su artículo de Fides et Forma: “es necesario entender, de una vez por todas, que algunos objetos del pasado no eran expresiones de exterioridad magnificente sino, más bien, instrumentos útiles y prácticos que ayudaban a los fieles a mirar al Papa, que exaltaban el sentido del debido respeto al Sucesor de Pedro, que salvaguardaban la salud y el cansancio de Su Santidad. Se dirá: «¡pero no es aceptable que un hombre sea llevado por otros hombres! ¡Es un signo de poder!». Éstas son ideas que derivan de una visión meramente materialista del Papado. El amor y el afecto por el Papa hacen gozosa la tarea de los sediarios, cuya institución permanece viva y pronta a servir al Pontífice. Un hombre anciano llevado en un pequeño trono sobre las espaldas es también un signo concreto de las palabras del Señor a Pedro en Juan 21, 18: «En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras». Ese trono es signo de una potestad diversa, de una autoridad completamente distinta de la del mundo y del poder material: ¡es la potestad del amor y la autoridad del Pastor que apacienta las ovejas de Cristo! Es la potestad y la autoridad del Pontífice que es sostenido físicamente por los sediarios y espiritualmente por todos los fieles. Es la potestad y la autoridad del Padre que gobierna la Iglesia de Roma y, en la sucesión apostólica, no se representa simplemente a sí mismo, a la propia persona, sino la auctoritas pontificia que desciende de la misión que Jesús confió a Simón Pedro”.

Un ejemplo de lo que afirma Colafemmina sobre el amor al Papa que “hace gozosa la tarea de los sediarios” lo ha dado precisamente uno de ellos, Silvano Bellizi, que murió recientemente a los ochenta años de edad, luego de haber servido fielmente a cinco Pontífices. En una entrevista concedida a L’Osservatore Romano un mes antes de su fallecimiento, contaba lo siguiente sobre Pablo VI: “El último año, cuando el dolor de las rodillas le impedía caminar y sentía sufrimientos atroces incluso al hacer pocos pasos, teníamos a disposición también una pequeña silla que usábamos para los desplazamientos más breves. La tarde del Corpus Domini de 1975, al retornar de la celebración en San Juan de Letrán, mientras, habiendo regresado al Vaticano, me preparaba para levantar la pequeña silla, crucé su mirada. Era de sufrimiento. Nos miramos por un momento y nos dijo: «Gracias. Vosotros sois mis piernas sanas» . Casi en coro le respondimos: «Para nosotros es un honor, Santidad»”.

¿Queremos decir con todo esto que el uso de la sedia gestatoria debe ser restaurado para que el Pontificado pueda presentarse ante el mundo en todo su esplendor? No, por supuesto que no. Afirmar eso significaría caer, efectivamente, en aquella visión materialista del papado que termina en un triunfalismo vacío. Lo que en realidad queremos decir es que el actual Sumo Pontífice, al igual que sus predecesores, tiene absoluta libertad para disponer de este instrumento de la tradición. Y que, si decidiera hacerlo, se trataría de una opción legítima basada en algunas innegables ventajas que la silla gestatoria ofrece: evita al Sumo Pontífice la fatiga de tener que recorrer a pie la extensa nave central de la Basílica Vaticana; satisface el deseo de todos los peregrinos de poder ver al Sucesor de Pedro, evitando la confusión y el desorden producidos precisamente por intentar, a toda costa y muchas veces sin éxito, mirar con los propios ojos al Vicario de Cristo; brinda seguridad al Pontífice, no sólo por estar más elevado del nivel de los peregrinos sino también por la cantidad de sediarios que portan la sedia junto al personal de seguridad que lo continuaría escoltando, resguardándolo de ese modo del fácil acceso que podría tener a él una persona que quisiera hacerle daño.

En conclusión, la silla gestatoria no es el poderoso signo de un pasado al que algunos quisieran volver y del que otros quisieran huir. Es, nada más pero también nada menos, un instrumento que la sabiduría de la tradición pontificia ha considerado útil por diversos motivos y que, por estar a disposición del Romano Pontífice, podría ser reutilizado en cuanto éste lo dispusiera. No está en la sedia, lo sabemos bien, la gloria y la grandeza del pontificado romano. Esta gloria y esta grandeza están en el hecho de que el Divino Maestro haya querido edificar su Iglesia sobre Pedro y sus legítimos sucesores. Esta gloria y esta grandeza están, actualmente, en la figura de Benedicto XVI, este hombre anciano que, en el atardecer de su vida, ha sido llamado por el Señor a la responsabilidad máxima de ser Su Vicario y, en la conciencia de ser un “humilde trabajador en la viña del Señor”, ha aceptado que se ponga sobre sus espaldas un peso que supera cualquier capacidad humana. En él, el Papa sabio, la entera Iglesia y cada uno de los fieles cristianos puede descansar, sabiendo que Dios “ no abandona nunca a su rebaño, sino que lo conduce a través de las vicisitudes de los tiempos, bajo la guía de los que Él mismo ha escogido como vicarios de Su Hijo”(cfr. Prefacio de los Apóstoles I).
(Fuente: La Buhardilla de Jerónimo)

jueves, 18 de junio de 2009

Carta del Santo Padre a los Sacerdotes

El aporte que inserto a continuación, puede parecer largo. Pero te invito a leerlo todo, porque del contenido de esta carta, no sólo aprenderás más de la vida del Cura de Ars, del cual poco se nos ha hablado, y de quien sólo conocemos su imagen en actitud "beatífica", sino a tener una actitud de respeto hacia el sacerdote y especialmente el convencimiento de la necesidad de orar por ellos.

Y si eres sacerdote, ¡no la desaproveches!

CARTA A LOS BENEDICTO XVI A LOS PRESBÍTEROS POR EL AÑO SACERDOTAL

CIUDAD DEL VATICANO, 18 JUN 2009 (VIS).-El Papa ha dirigido una carta a los presbíteros del mundo con motivo del Año Sacerdotal, en el 150 aniversario de la muerte de Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars.

Mañana, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y jornada de santificación sacerdotal, Benedicto XVI inaugurará este año jubilar durante la celebración de las vísperas en la basílica vaticana.

Este es el texto completo de la carta, que se ha publicado en inglés, francés, español, italiano, alemán, portugués y polaco:

"Queridos hermanos en el Sacerdocio:

He resuelto convocar oficialmente un "Año Sacerdotal" con ocasión del 150 aniversario del "dies natalis" de Juan María Vianney, el Santo Patrón de todos los párrocos del mundo, que comenzará el viernes 19 de junio de 2009, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús -jornada tradicionalmente dedicada a la oración por la santificación del clero-. Este año desea contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo, y se concluirá en la misma solemnidad de 2010.

"El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús", repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars. Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma. Tengo presente a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida. ¿Cómo no destacar sus esfuerzos apostólicos, su servicio infatigable y oculto, su caridad que no excluye a nadie? Y ¿qué decir de la fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes que, a pesar de las dificultades e incomprensiones, perseveran en su vocación de "amigos de Cristo", llamados personalmente, elegidos y enviados por Él?

Todavía conservo en el corazón el recuerdo del primer párroco con el que comencé mi ministerio como joven sacerdote: fue para mí un ejemplo de entrega sin reservas al propio ministerio pastoral, llegando a morir cuando llevaba el viático a un enfermo grave. También repaso los innumerables hermanos que he conocido a lo largo de mi vida y últimamente en mis viajes pastorales a diversas naciones, comprometidos generosamente en el ejercicio cotidiano de su ministerio sacerdotal.

Pero la expresión utilizada por el Santo Cura de Ars evoca también la herida abierta en el Corazón de Cristo y la corona de espinas que lo circunda. Y así, pienso en las numerosas situaciones de sufrimiento que aquejan a muchos sacerdotes, porque participan de la experiencia humana del dolor en sus múltiples manifestaciones o por las incomprensiones de los destinatarios mismos de su ministerio: ¿Cómo no recordar tantos sacerdotes ofendidos en su dignidad, obstaculizados en su misión, a veces incluso perseguidos hasta ofrecer el supremo testimonio de la sangre?

Sin embargo, también hay situaciones, nunca bastante deploradas, en las que la Iglesia misma sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros. En estos casos, es el mundo el que sufre el escándalo y el abandono. Ante estas situaciones, lo más conveniente para la Iglesia no es tanto resaltar escrupulosamente las debilidades de sus ministros, cuanto renovar el reconocimiento gozoso de la grandeza del don de Dios, plasmado en espléndidas figuras de Pastores generosos, religiosos llenos de amor a Dios y a las almas, directores espirituales clarividentes y pacientes. En este sentido, la enseñanza y el ejemplo de san Juan María Vianney pueden ofrecer un punto de referencia significativo.

El Cura de Ars era muy humilde, pero consciente de ser, como sacerdote, un inmenso don para su gente: "Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina". Hablaba del sacerdocio como si no fuera posible llegar a percibir toda la grandeza del don y de la tarea confiados a una criatura humana: "¡Oh, qué grande es el sacerdote! Si se diese cuenta, moriría... Dios le obedece: pronuncia dos palabras y Nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña ostia...". Explicando a sus fieles la importancia de los sacramentos decía: "Si desapareciese el sacramento del Orden, no tendríamos al Señor. ¿Quién lo ha puesto en el sagrario? El sacerdote. ¿Quién ha recibido vuestra alma apenas nacidos? El sacerdote. ¿Quién la nutre para que pueda terminar su peregrinación? El sacerdote. ¿Quién la preparará para comparecer ante Dios, lavándola por última vez en la sangre de Jesucristo? El sacerdote, siempre el sacerdote. Y si esta alma llegase a morir [a causa del pecado], ¿quién la resucitará y le dará el descanso y la paz? También el sacerdote... ¡Después de Dios, el sacerdote lo es todo!... Él mismo sólo lo entenderá en el cielo".

Estas afirmaciones, nacidas del corazón sacerdotal del santo párroco, pueden parecer exageradas. Sin embargo, revelan la altísima consideración en que tenía el sacramento del sacerdocio. Parecía sobrecogido por un inmenso sentido de la responsabilidad: "Si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos: no de pavor, sino de amor... Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra... ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes... Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote y adorarán a las bestias... El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino para vosotros".

Llegó a Ars, una pequeña aldea de 230 habitantes, advertido por el Obispo sobre la precaria situación religiosa: "No hay mucho amor de Dios en esa parroquia; usted lo pondrá". Bien sabía él que tendría que encarnar la presencia de Cristo dando testimonio de la ternura de la salvación: "Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia; acepto sufrir todo lo que quieras durante toda mi vida". Con esta oración comenzó su misión. El Santo Cura de Ars se dedicó a la conversión de su parroquia con todas sus fuerzas, insistiendo por encima de todo en la formación cristiana del pueblo que le había sido confiado.

Queridos hermanos en el Sacerdocio, pidamos al Señor Jesús la gracia de aprender también nosotros el método pastoral de san Juan María Vianney. En primer lugar, su total identificación con el propio ministerio. En Jesús, Persona y Misión tienden a coincidir: toda su obra salvífica era y es expresión de su "Yo filial", que está ante el Padre, desde toda la eternidad, en actitud de amorosa sumisión a su voluntad. De modo análogo y con toda humildad, también el sacerdote debe aspirar a esta identificación. Aunque no se puede olvidar que la eficacia sustancial del ministerio no depende de la santidad del ministro, tampoco se puede dejar de lado la extraordinaria fecundidad que se deriva de la confluencia de la santidad objetiva del ministerio con la subjetiva del ministro. El Cura de Ars emprendió en seguida esta humilde y paciente tarea de armonizar su vida como ministro con la santidad del ministerio confiado, "viviendo" incluso materialmente en su Iglesia parroquial: "En cuanto llegó, consideró la Iglesia como su casa... Entraba en la Iglesia antes de la aurora y no salía hasta después del Angelus de la tarde. Si alguno tenía necesidad de él, allí lo podía encontrar", se lee en su primera biografía.

La devota exageración del piadoso hagiógrafo no nos debe hacer perder de vista que el Santo Cura de Ars también supo "hacerse presente" en todo el territorio de su parroquia: visitaba sistemáticamente a los enfermos y a las familias; organizaba misiones populares y fiestas patronales; recogía y administraba dinero para sus obras de caridad y para las misiones; adornaba la iglesia y la dotaba de paramentos sacerdotales; se ocupaba de las niñas huérfanas de la "Providence" (un Instituto que fundó) y de sus formadoras; se interesaba por la educación de los niños; fundaba hermandades y llamaba a los laicos a colaborar con él.

Su ejemplo me lleva a poner de relieve los ámbitos de colaboración en los que se debe dar cada vez más cabida a los laicos, con los que los presbíteros forman un único pueblo sacerdotal y entre los cuales, en virtud del sacerdocio ministerial, están puestos "para llevar a todos a la unidad del amor: 'amándose mutuamente con amor fraterno, rivalizando en la estima mutua' (Rm 12, 10)". En este contexto, hay que tener en cuenta la encarecida recomendación del Concilio Vaticano II a los presbíteros de "reconocer sinceramente y promover la dignidad de los laicos y la función que tienen como propia en la misión de la Iglesia... Deben escuchar de buena gana a los laicos, teniendo fraternalmente en cuenta sus deseos y reconociendo su experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad humana, para poder junto con ellos reconocer los signos de los tiempos".

El Santo Cura de Ars enseñaba a sus parroquianos sobre todo con el testimonio de su vida. De su ejemplo aprendían los fieles a orar, acudiendo con gusto al sagrario para hacer una visita a Jesús Eucaristía. "No hay necesidad de hablar mucho para orar bien", les enseñaba el Cura de Ars. "Sabemos que Jesús está allí, en el sagrario: abrámosle nuestro corazón, alegrémonos de su presencia. Ésta es la mejor oración". Y les persuadía: "Venid a comulgar, hijos míos, venid donde Jesús. Venid a vivir de Él para poder vivir con Él...". "Es verdad que no sois dignos, pero lo necesitáis". Dicha educación de los fieles en la presencia eucarística y en la comunión era particularmente eficaz cuando lo veían celebrar el Santo Sacrificio de la Misa. Los que asistían decían que "no se podía encontrar una figura que expresase mejor la adoración... Contemplaba la ostia con amor". Les decía: "Todas las buenas obras juntas no son comparables al Sacrificio de la Misa, porque son obras de hombres, mientras la Santa Misa es obra de Dios". Estaba convencido de que todo el fervor en la vida de un sacerdote dependía de la Misa: "La causa de la relajación del sacerdote es que descuida la Misa. Dios mío, ¡qué pena el sacerdote que celebra como si estuviese haciendo algo ordinario!". Siempre que celebraba, tenía la costumbre de ofrecer también la propia vida como sacrificio: "¡Cómo aprovecha a un sacerdote ofrecerse a Dios en sacrificio todas las mañanas!".

Esta identificación personal con el Sacrificio de la Cruz lo llevaba -con una sola moción interior- del altar al confesionario. Los sacerdotes no deberían resignarse nunca a ver vacíos sus confesonarios ni limitarse a constatar la indiferencia de los fieles hacia este sacramento. En Francia, en tiempos del Santo Cura de Ars, la confesión no era ni más fácil ni más frecuente que en nuestros días, pues el vendaval revolucionario había arrasado desde hacía tiempo la práctica religiosa. Pero él intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus parroquianos redescubriesen el significado y la belleza de la Penitencia sacramental, mostrándola como una íntima exigencia de la presencia eucarística. Supo iniciar así un "círculo virtuoso". Con su prolongado estar ante el sagrario en la Iglesia, consiguió que los fieles comenzasen a imitarlo, yendo a visitar a Jesús, seguros de que allí encontrarían también a su párroco, disponible para escucharlos y perdonarlos. Al final, una muchedumbre cada vez mayor de penitentes, provenientes de toda Francia, lo retenía en el confesionario hasta 16 horas al día. Se comentaba que Ars se había convertido en "el gran hospital de las almas". Su primer biógrafo afirma: "La gracia que conseguía [para que los pecadores se convirtiesen] era tan abundante que salía en su búsqueda sin dejarles un momento de tregua". En este mismo sentido, el Santo Cura de Ars decía: "No es el pecador el que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo quien va tras el pecador y lo hace volver a Él". "Este buen Salvador está tan lleno de amor que nos busca por todas partes".

Todos los sacerdotes hemos de considerar como dirigidas personalmente a nosotros aquellas palabras que él ponía en boca de Jesús: "Encargaré a mis ministros que anuncien a los pecadores que estoy siempre dispuesto a recibirlos, que mi misericordia es infinita". Los sacerdotes podemos aprender del Santo Cura de Ars no sólo una confianza infinita en el sacramento de la Penitencia, que nos impulse a ponerlo en el centro de nuestras preocupaciones pastorales, sino también el método del "diálogo de salvación" que en él se debe entablar. El Cura de Ars se comportaba de manera diferente con cada penitente. Quien se acercaba a su confesionario con una necesidad profunda y humilde del perdón de Dios, encontraba en él palabras de ánimo para sumergirse en el "torrente de la divina misericordia" que arrastra todo con su fuerza. Y si alguno estaba afligido por su debilidad e inconstancia, con miedo a futuras recaídas, el Cura de Ars le revelaba el secreto de Dios con una expresión de una belleza conmovedora: "El buen Dios lo sabe todo. Antes incluso de que se lo confeséis, sabe ya que pecaréis nuevamente y sin embargo os perdona. ¡Qué grande es el amor de nuestro Dios que le lleva incluso a olvidar voluntariamente el futuro, con tal de perdonarnos!". A quien, en cambio, se acusaba de manera fría y casi indolente, le mostraba, con sus propias lágrimas, la evidencia seria y dolorosa de lo "abominable" de su actitud: "Lloro porque vosotros no lloráis", decía. "Si el Señor no fuese tan bueno... pero lo es. Hay que ser un bárbaro para comportarse de esta manera ante un Padre tan bueno". Provocaba el arrepentimiento en el corazón de los tibios, obligándoles a ver con sus propios ojos el sufrimiento de Dios por los pecados como "encarnado" en el rostro del sacerdote que los confesaba. Si alguno manifestaba deseos y actitudes de una vida espiritual más profunda, le mostraba abiertamente las profundidades del amor, explicándole la inefable belleza de vivir unidos a Dios y estar en su presencia: "Todo bajo los ojos de Dios, todo con Dios, todo para agradar a Dios... ¡Qué maravilla!". Y les enseñaba a orar: "Dios mío, concédeme la gracia de amarte tanto cuanto yo sea capaz".

El Cura de Ars consiguió en su tiempo cambiar el corazón y la vida de muchas personas, porque fue capaz de hacerles sentir el amor misericordioso del Señor. Urge también en nuestro tiempo un anuncio y un testimonio similar de la verdad del Amor: "Deus caritas est" (1 Jn 4, 8). Con la Palabra y con los Sacramentos de su Jesús, Juan María Vianney edificaba a su pueblo, aunque a veces se agitaba interiormente porque no se sentía a la altura, hasta el punto de pensar muchas veces en abandonar las responsabilidades del ministerio parroquial para el que se sentía indigno. Sin embargo, con un sentido de la obediencia ejemplar, permaneció siempre en su puesto, porque lo consumía el celo apostólico por la salvación de las almas. Se entregaba totalmente a su propia vocación y misión con una ascesis severa: "La mayor desgracia para nosotros los párrocos -deploraba el Santo- es que el alma se endurezca"; con esto se refería al peligro de que el pastor se acostumbre al estado de pecado o indiferencia en que viven muchas de sus ovejas.

Dominaba su cuerpo con vigilias y ayunos para evitar que opusiera resistencia a su alma sacerdotal. Y se mortificaba voluntariamente en favor de las almas que le habían sido confiadas y para unirse a la expiación de tantos pecados oídos en confesión. A un hermano sacerdote, le explicaba: "Le diré cuál es mi receta: doy a los pecadores una penitencia pequeña y el resto lo hago yo por ellos". Más allá de las penitencias concretas que el Cura de Ars hacía, el núcleo de su enseñanza sigue siendo en cualquier caso válido para todos: las almas cuestan la sangre de Cristo y el sacerdote no puede dedicarse a su salvación sin participar personalmente en el "alto precio" de la redención.

En la actualidad, como en los tiempos difíciles del Cura de Ars, es preciso que los sacerdotes, con su vida y obras, se distingan por un vigoroso testimonio evangélico. Pablo VI ha observado oportunamente: "El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio". Para que no nos quedemos existencialmente vacíos, comprometiendo con ello la eficacia de nuestro ministerio, debemos preguntarnos constantemente: "¿Estamos realmente impregnados por la palabra de Dios? ¿Es ella en verdad el alimento del que vivimos, más que lo que pueda ser el pan y las cosas de este mundo? ¿La conocemos verdaderamente? ¿La amamos? ¿Nos ocupamos interiormente de esta palabra hasta el punto de que realmente deja una impronta en nuestra vida y forma nuestro pensamiento?". Así como Jesús llamó a los Doce para que estuvieran con Él (cf. Mc 3, 14), y sólo después los mandó a predicar, también en nuestros días los sacerdotes están llamados a asimilar el "nuevo estilo de vida" que el Señor Jesús inauguró y que los Apóstoles hicieron suyo.

La identificación sin reservas con este "nuevo estilo de vida" caracterizó la dedicación al ministerio del Cura de Ars. El Papa Juan XXIII en la Carta encíclica "Sacerdotii nostri primordia", publicada en 1959, en el primer centenario de la muerte de san Juan María Vianney, presentaba su fisonomía ascética refiriéndose particularmente a los tres consejos evangélicos, considerados como necesarios también para los presbíteros: "Y, si para alcanzar esta santidad de vida, no se impone al sacerdote, en virtud del estado clerical, la práctica de los consejos evangélicos, ciertamente que a él, y a todos los discípulos del Señor, se le presenta como el camino real de la santificación cristiana".

El Cura de Ars supo vivir los "consejos evangélicos" de acuerdo a su condición de presbítero. En efecto, su pobreza no fue la de un religioso o un monje, sino la que se pide a un sacerdote: a pesar de manejar mucho dinero (ya que los peregrinos más pudientes se interesaban por sus obras de caridad), era consciente de que todo era para su iglesia, sus pobres, sus huérfanos, sus niñas de la "Providence", sus familias más necesitadas. Por eso "era rico para dar a los otros y era muy pobre para sí mismo". Y explicaba: "Mi secreto es simple: dar todo y no conservar nada". Cuando se encontraba con las manos vacías, decía contento a los pobres que le pedían: "Hoy soy pobre como vosotros, soy uno de vosotros". Así, al final de su vida, pudo decir con absoluta serenidad: "No tengo nada... Ahora el buen Dios me puede llamar cuando quiera". También su castidad era la que se pide a un sacerdote para su ministerio. Se puede decir que era la castidad que conviene a quien debe tocar habitualmente con sus manos la Eucaristía y contemplarla con todo su corazón arrebatado y con el mismo entusiasmo la distribuye a sus fieles. Decían de él que "la castidad brillaba en su mirada", y los fieles se daban cuenta cuando clavaba la mirada en el sagrario con los ojos de un enamorado. También la obediencia de san Juan María Vianney quedó plasmada totalmente en la entrega abnegada a las exigencias cotidianas de su ministerio. Se sabe cuánto le atormentaba no sentirse idóneo para el ministerio parroquial y su deseo de retirarse "a llorar su pobre vida, en soledad". Sólo la obediencia y la pasión por las almas conseguían convencerlo para seguir en su puesto. A los fieles y a sí mismo explicaba: "No hay dos maneras buenas de servir a Dios. Hay una sola: servirlo como Él quiere ser servido". Consideraba que la regla de oro para una vida obediente era: "Hacer sólo aquello que puede ser ofrecido al buen Dios".

En el contexto de la espiritualidad apoyada en la práctica de los consejos evangélicos, me complace invitar particularmente a los sacerdotes, en este Año dedicado a ellos, a percibir la nueva primavera que el Espíritu está suscitando en nuestros días en la Iglesia, a la que los Movimientos eclesiales y las nuevas Comunidades han contribuido positivamente. "El Espíritu es multiforme en sus dones... Él sopla donde quiere. Lo hace de modo inesperado, en lugares inesperados y en formas nunca antes imaginadas... Él quiere vuestra multiformidad y os quiere para el único Cuerpo". A este propósito vale la indicación del Decreto Presbyterorum ordinis: "Examinando los espíritus para ver si son de Dios, [los presbíteros] han de descubrir mediante el sentido de la fe los múltiples carismas de los laicos, tanto los humildes como los más altos, reconocerlos con alegría y fomentarlos con empeño". Dichos dones, que llevan a muchos a una vida espiritual más elevada, pueden hacer bien no sólo a los fieles laicos sino también a los ministros mismos. La comunión entre ministros ordenados y carismas "puede impulsar un renovado compromiso de la Iglesia en el anuncio y en el testimonio del Evangelio de la esperanza y de la caridad en todos los rincones del mundo".

Quisiera añadir además, en línea con la Exhortación apostólica "Pastores dabo vobis" del Papa Juan Pablo II, que el ministerio ordenado tiene una radical "forma comunitaria" y sólo puede ser desempeñado en la comunión de los presbíteros con su Obispo. Es necesario que esta comunión entre los sacerdotes y con el propio Obispo, basada en el sacramento del Orden y manifestada en la concelebración eucarística, se traduzca en diversas formas concretas de fraternidad sacerdotal efectiva y afectiva. Sólo así los sacerdotes sabrán vivir en plenitud el don del celibato y serán capaces de hacer florecer comunidades cristianas en las cuales se repitan los prodigios de la primera predicación del Evangelio.

El Año Paulino que está para concluir orienta nuestro pensamiento también hacia el Apóstol de los gentiles, en quien podemos ver un espléndido modelo sacerdotal, totalmente "entregado" a su ministerio. "Nos apremia el amor de Cristo -escribía-, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron" (2 Co 5, 14). Y añadía: "Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos" (2 Co 5, 15). ¿Qué mejor programa se podría proponer a un sacerdote que quiera avanzar en el camino de la perfección cristiana?

Queridos sacerdotes, la celebración del 150 aniversario de la muerte de San Juan María Vianney (1859) viene inmediatamente después de las celebraciones apenas concluidas del 150 aniversario de las apariciones de Lourdes (1858). Ya en 1959, el Beato Papa Juan XXIII había hecho notar: "Poco antes de que el Cura de Ars terminase su carrera tan llena de méritos, la Virgen Inmaculada se había aparecido en otra región de Francia a una joven humilde y pura, para comunicarle un mensaje de oración y de penitencia, cuya inmensa resonancia espiritual es bien conocida desde hace un siglo. En realidad, la vida de este sacerdote cuya memoria celebramos, era anticipadamente una viva ilustración de las grandes verdades sobrenaturales enseñadas a la vidente de Massabielle. Él mismo sentía una devoción vivísima hacia la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen; él, que ya en 1836 había consagrado su parroquia a María concebida sin pecado, y que con tanta fe y alegría había de acoger la definición dogmática de 1854". El Santo Cura de Ars recordaba siempre a sus fieles que "Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía, es decir de su Santa Madre".

Confío este Año Sacerdotal a la Santísima Virgen María, pidiéndole que suscite en cada presbítero un generoso y renovado impulso de los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Cura de Ars. Con su ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesús crucificado, Juan María Vianney alimentó su entrega cotidiana sin reservas a Dios y a la Iglesia. Que su ejemplo fomente en los sacerdotes el testimonio de unidad con el Obispo, entre ellos y con los laicos, tan necesario hoy como siempre. A pesar del mal que hay en el mundo, conservan siempre su actualidad las palabras de Cristo a sus discípulos en el Cenáculo: "En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33). La fe en el Maestro divino nos da la fuerza para mirar con confianza el futuro. Queridos sacerdotes, Cristo cuenta con vosotros. A ejemplo del Santo Cura de Ars, dejaos conquistar por Él y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y paz".

(FUENTE:VIS.ORG)

lunes, 4 de mayo de 2009

Conceptos de Benedicto XVI en la misa de ordenación de presbíteros en Roma

La claridad de conceptos característico en nuestro Santo Padre, se pone en evidencia en cada una de sus manifestaciones. La homilía pronunciada en la ocasión aludida es un ejemplo de ello.

Al presidir la Eucaristía de Ordenación Sacerdotal de 19 diáconos de la diócesis de Roma, el Papa Benedicto XVI explicó que "el 'mundo' es una mentalidad, una manera de pensar y de vivir que puede contaminar incluso a la Iglesia, y de hecho la contamina, y por tanto exige constante vigilancia y purificación. Estamos 'en' el mundo, y corremos también el riesgo de ser 'del' mundo. Y, de hecho, a veces lo somos".

El mundo, en el sentido evangélico, dijo luego el Santo Padre "insidia también a la Iglesia, contagiando a sus miembros y a los mismos ministros ordenados". Haciendo referencia a la primera carta de San Juan "Por eso el mundo no nos conoce, porque no le conoció a El", el Santo Padre afirmó que "el "mundo"', en la acepción de Juan, "no comprende al cristiano, no comprende a los ministros del Evangelio. En parte, porque de hecho no conoce a Dios; y en parte, porque no quiere conocerlo. El mundo no quiere conocer a Dios y escuchar a sus ministros, pues esto lo pondría en crisis".

En el Domingo del Buen Pastor en el que se celebró la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, el Papa señaló que "el discípulo, y especialmente el apóstol, experimenta el mismo gozo que Jesús al conocer el nombre y el rostro del Padre; y comparte también su mismo dolor al ver que Dios no es conocido, que su amor no es intercambiado".

El Papa resaltó además que Jesús "dio la vida por todos, pero de manera particular se consagró por aquellos que el Padre le había dado, para que fueran consagrados en la verdad, es decir en Él, y pudieran hablar y actuar en su nombre, representarlo, prolongar sus gestos salvíficos: partir el Pan de la vida y perdonar los pecados".

Los sacerdotes, dijo, "estamos llamados a 'permanecer' en Cristo –como le gusta repetir al evangelista Juan–, y esto se realiza particularmente en la oración. Nuestro ministerio está totalmente ligado a este 'permanecer', que equivale a rezar, y de ahí deriva su eficacia".

El Pontífice subrayó que entre las diversas formas de oración de un presbítero se encuentra "ante todo la santa misa cotidiana. La celebración eucarística es el acto de oración más grande y más alto y constituye el centro y la fuente de la cual también las demás formas de oración reciben la 'savia': la liturgia de las horas, la adoración eucarística, la lectio divina, el santo rosario, la meditación".

Finalmente el Santo Padre subrayó que "el sacerdote que reza mucho y que reza bien se va despojando progresivamente de sí mismo y se une cada vez más a Jesús, Buen Pastor y Siervo de los hermanos. En conformidad con Él, también el sacerdote 'da la vida' por las ovejas que se le encomiendan".

(Fuente ACI Prensa)