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lunes, 14 de marzo de 2016

Para orar ante el sagrario


1. Para orar ante el Sagrario hay que calmarse un poco: pasar de la calle y del ruido, a la soledad, al silencio y a la Presencia.

2. Entrar en la capilla del Sagrario, hacer una genuflexión pausada mirando al Sagrario, que nos haga conscientes de la Presencia. Ir al banco y arrodillarse.

3. Una vez de rodillas, antes de rezar ni de decir nada, mirar al Sagrario y percibir a Cristo: una lamparilla encendida, la puerta del Sagrario normalmente iluminada con un haz de luz potente. Mirar. La respiración debe estar ya calmada; seguimos de rodillas, sin cambiar de postura a cada instante...

4. Mirando al Sagrario, hacer primero un acto de presencia de Dios: "Señor, tú estás aquí... Tú me amas, me escuchas. Te adoro, Dios mío".

5. Luego, ya antes de iniciar la oración, invocar al Espíritu Santo que dirija la plegaria, ore en nosotros, ponga en nuestra boca lo que hayamos de pedir.

6. Entonces, tal vez, sentarse, despacio y sin movimientos bruscos, sino con recogimiento. Empezar a orar:

-unas veces, leer suavamente el Evangelio dos o tres veces, ver qué dice en sí mismo, imaginarlo, sentir la voz de Cristo y luego reflexionar para saber qué me dice a mí concretamente, ahora,

-otras, rezar despacio un salmo, dejando que cale en el alma, o emplear jaculatorias al ritmo sosegado de la respiración: "señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero", "¿A quién vamos a ir? tú tienes palabras de vida eterna", "Jesús, confío en ti", "Dios mío y mi todo"...

-otras, simplemente, hablar con Él, suavemente, en conversación amistosa, sobre lo que sentimos, vivimos, sufrimos y pedir gracia y luz.

Son los pasos normales. Pero, sobre todo, cuidar mucho la preparación y el inicio de la oración. A veces entramos en ella como elefantes en cacharrería, sin recogimiento ni haber pacificado el interior, nos ponemos nerviosos y tenemos que huir.

Además, cuando se está ante Él, se hace luz en el interior, y todo lo que hay en la conciencia sale a flote con claridad incomodando. Encararnos entonces lo mejor posible con la verdad de nuestra vida, dejando que el Señor hable o nos dé sentimientos o luces en el corazón.

(Fuente: conoceréis de verdad.org)

miércoles, 11 de agosto de 2010

"Sin el memorial del Señor -es decir, sin la Eucaristía- nosotros no podemos vivir", declaraban durante la persecución de Diocleciano los cristianos de África del norte. También nosotros, sin la fuerza que brota de la Eucaristía, sobre todo la del domingo, no podemos vivir.

domingo, 1 de agosto de 2010

Frutos de la Eucaristía

  • Al recibir la Eucaristía, nos adherimos íntimamente con Cristo Jesús, quien nos transmite su gracia.
  • La comunión nos separa del pecado, es este el gran misterio de la redención, pues su Cuerpo y su Sangre son derramados por el perdón de los pecados.
  • La Eucaristía fortalece la caridad, que en la vida cotidiana tiende a debilitarse; y esta caridad vivificada borra los pecados veniales.
  • La Eucaristía nos preserva de futuros pecados mortales, pues cuanto más participamos en la vida de Cristo y más progresamos en su amistad, tanto más difícil se nos hará romper nuestro vínculo de amor con Él.
  • La Eucaristía es el Sacramento de la unidad, pues quienes reciben el Cuerpo de Cristo se unen entre sí en un solo cuerpo: La Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia realizada ya por el Bautismo.
  • La Eucaristía nos compromete a favor de los pobres; pues el recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo que son la Caridad misma nos hace caritativos.

    domingo, 25 de julio de 2010

    Eucaristía: sacramento de la unidad y del amor fraterno.

    La recepción de Jesucristo sacramentado bajo las especies de pan y vino en la sagrada Comunión significa y verifica el alimento espiritual del alma. Y así, en cuanto que en ella se da la gracia invisible bajo especies visibles, guarda razón de sacramento. Jesús al instituir la Eucaristía le confiere intrinsecamente el valor sacramental pues a través de ella Él nos transmite su gracia, su presencia viva. Por ello, la Eucaristía es el más importante de los sacramentos, de donde salen y hacia el que van todos los demás, centro de la vida litúrgica, expresión y alimento de la comunión cristiana.

    Sacramento de Unidad. Al referirnos a la Eucaristía como Comunión, estamos proclamando nuestra unión entre todos los cristianos y nuestra adhesión a la Iglesia con Jesús. Por ello, la Eucaristía es un sacramento de unidad de la Iglesia, y su celebración sólo es posible donde hay una comunidad de creyentes.

    Sacramento del amor fraterno. La misma noche que Jesús instituyó la Eucaristía, instituyó el mandamiento del amor. Por lo tanto, la Eucaristía y el amor a los demás tienen que ir siempre juntos. Jesús instituye la Eucaristía como prueba de su inmenso amor por nosotros y pide a los que vamos a participar en ella, que nos amemos como El nos amó. Y, en este sentido, la Eucaristía tiene que estar necesariamente atencedido por el Sacramento de la Reconciliación pues el recibir el "alimento de vida eterna" exige una reconciliación constante con los hermanos y con Dios Padre.
    El misterio eucarístico, desgajado de su propia naturaleza sacrificial y sacramental, deja simplemente de ser tal. No admite ninguna imitación "profana", que se convertiría muy fácilmente (si no incluso como norma) en una profanación. Esto hay que recordarlo siempre, y quizá sobre todo en nuestro tiempo en el que observamos una tendencia a brrar la distinción entre "sacrum" y "profanum", dada la difundida tendencia general (al menos en algunos lugares) a la desacralización de todo.

    En tal realidad la Iglesia tiene el deber particular de asegurar y corroborar el "sacrum" de la Eucaristía. En nuestra sociedad pluralista, y a veces también deliberadamente secularizada, la fe viva de la comunidad cristiana -fe consciente incluso de los propios derechos con respecto a todos aquellos que no comparten la misma fe- garantiza a este "sacrum" el derecho de ciudadanía. El deber de respetar la fe de cada uno es al mismo tiempo correlativa al derecho natural y civil de la libertad de conciencia y de religión.
    Los ministros ordinarios de la Eucaristía deben por tanto, sobre todo en nuestros días, ser iluminados por la plenitud de esta fe viva, y a la luz de ella deben comprender y cumplir todo lo que forma parte de su ministerio sacerdotal, por voluntad de Cristo y de su Iglesia.
    (Fuente: Conoceréis de verdad.org)



    sábado, 20 de febrero de 2010

    EUCARISTIA

    «Se adora en todo momento del día o de la noche: en la noche más profunda o en la paz del corazón. En la angustia más abismal, en las decisiones importantes, para dar gracias a Dios. Se adora en la fidelidad o en el pecado; ¡póstrate frente a Jesús eucaristía!».

    «Sólo en la Eucaristía el evangelizador puede cumplir su cometido. ¿Por qué? Porque la evangelización no es una moral, no es ni siquiera una doctrina. La evangelización esencialmente consiste en encontrarse con una Persona, que es Cristo Jesús» 
    (Fuente: Conoceréis de verdad.org)