lunes, 23 de junio de 2008

La Eucaristia: culmen y fuente

A continuación y en tres entregas consecutivas, presento un trabajo extraído de la página www.conocereisdeverdad.org, relacionado con el tema del título, y orientado a insistir en una toma de conciencia sobre la centralidad de la Eucaristía en la vida cristiana.

Introducción

Centralidad de la eucaristía: fuente y cumbre

La Iglesia siempre ha comprendido que su centro vivificante está en la eucaristía, que hace presente a Cristo, continuamente, en el sacrificio pascual de la redención. En la santa misa, el mismo Autor de la gracia se manifiesta y se da a los fieles, santificándoles y comunicándoles su Espíritu. El Vaticano II afirma por eso con verdadera insistencia que la eucaristía es «fuente y cumbre de toda la vida cristiana» (LG 11a; +CD 30f; PO 5bc, 6e; UR 6e). Ella es, secretamente, como decía Pablo VI, «el corazón» de la vida de la Iglesia (Mysterium fidei). Como la sangre fluye a todo el cuerpo desde el corazón, así del Corazón de Cristo en la eucaristía fluye la gracia a todos los miembros de su cuerpo.

«La celebración de la misa -afirma la Ordenación general del Misal Romano-, como acción de Cristo y del Pueblo de Dios ordenado jerárquicamente, es el centro de toda la vida cristiana para la Iglesia universal y local y para todos los fieles individualmente, ya que en ella se culmina la acción con que Dios santifica en Cristo al mundo y el culto que los hombres tributan al Padre, adorándole por medio de Cristo, Hijo de Dios. En ella, además, se recuerdan a lo largo del año los misterios de la redención de tal manera, que en cierto modo éstos se nos hacen presentes. Así pues, todas las demás acciones sagradas y cualesquiera obras de la vida cristiana se relacionan con ella, proceden de ella y a ella se ordenan» (OGMR 1).

Ignorancia de la misa

Hay que reconocer, sin embargo, que, a pesar de esa centralidad indudable, son pocos los cristianos que tienen acerca de la eucaristía un conocimiento de fe suficiente. Y esa ignorancia litúrgica viene de lejos. La Iglesia de nuestros padres y antepasados -que en tantas cosas, si somos humildes, se nos muestra ahora admirable-, padecía, sin embargo, notables ignorancias en materia de liturgia. Todavía hoy, los cristianos de mayor edad saben que, cuando eran niños o muchachos, era normal que durante la misa se rezara el rosario, o se hicieran desde el púlpito novenas y predicaciones morales, que sólo cesaban durante el tiempo de la consagración, para seguir después. Recuerdan también las misas de comunión general o aquellas especialmente solemnes, que se celebraban ante la Custodia expuesta. En alguna ocasión habrían visto cómo en una misma iglesia, en distintos altares laterales, varios sacerdotes solos celebraban diversas misas. O es posible que recuerden cómo su párroco, a primera hora del día, rezaba completo el Oficio Divino, para quedar ya libre de él durante toda la jornada...

¿Cómo pudo la Iglesia, incluso en excelentes cristianos, ir derivando en su vida litúrgica a situaciones tan anómalas? Son muchas y graves las causas, pero aquí solamente señalaremos una. La capacidad de los fieles para comprender y participar activamente en los sagrados misterios va disminuyendo, más o menos desde el Renacimiento, a medida que va creciendo en la espiritualidad del Occidente cristiano un voluntarismo de corte semipelagiano. La clave de la santificación, entonces, no está tanto en la gratuidad de la liturgia sino en el esfuerzo de la ascética. Y en ésta es, durante los últimos siglos, donde centran su atención los autores espirituales.

Renovación litúrgica

En este sentido, la renovación litúrgica impulsada por el Vaticano II es un don inmenso del Espíritu Santo a la Iglesia actual. Es una gracia de cuya magnitud quizá no nos hemos dado cuenta todavía. Esta renovación, iniciada un siglo antes, no solamente ha verificado los ritos litúrgicos en muchos aspectos, devolviéndoles su sencillez y su genuino sentido, sino que, sobre todo, ha impulsado la renovación espiritual litúrgica del mismo pueblo cristiano. En efecto, el concilio Vaticano II exhorta con insistencia a una renovada catequesis litúrgica -que, por otra parte, es imposible sin una simultánea catequesis bíblica (SC 41-46)-, especialmente en lo referente a la eucaristía.

Todos debemos ser muy conscientes de que la mejor formación espiritual cristiana está en aprender a participar plenamente de la eucaristía. En efecto,

«la Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que, comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la Palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él; se perfeccionen día a día por Cristo Mediador en la unión con Dios y entre sí» (SC 48).

Es honrado comprobar, sin embargo, que esta renovación de los fieles en temas litúrgicos no se ha producido sino muy escasamente. Todavía la mayor parte de los cristianos de hoy apenas entiende nada de lo que en la liturgia, concretamente en la eucaristía, se está celebrando. Los mayores -que ya venían, si vale la expresión, malformados-, porque apenas han recibido en estos decenios el complemento necesario de catequesis litúrgica que hubieran necesitado; y los más jóvenes, porque han tenido que sufrir catequesis escasamente religiosas, excesivamente éticas, muy poco capaces de revelar el mundo formidable de la gracia en la liturgia. Y así, unos y otros, aunque sean practicantes -para qué decir de los que no lo son-, entran con gran dificultad en las acciones sagradas de la misa; las siguen de lejos, con no pocas distracciones, tan devotamente como pueden, pero sin facilidad alguna para participar en ellas activa y conscientemente. Y no pocos sufren la mala conciencia de aburrirse durante la celebración de algo que saben tan santo...

miércoles, 4 de junio de 2008

La Gran Promesa

El Corazón de Jesús y los primeros viernes (III)
5-) La Gran Promesa se entiende en el contexto del culto al Sagrado Corazón de Jesús. La Gran Promesa no se debe considerar como una cosa aislada, sin ninguna relación y conexión con el culto al Corazón del Redentor, sino más bien como una expresión de este culto que en definitiva es «la profesión práctica más completa de la religión cristiana « (Encíclica del Pío XII, n 69). Se debe tener por lo tanto la confianza de que aquellos que han cumplido con rectitud las circunstancias para las comuniones de los primeros viernes, recibirán del omnipotente amor y misericordia infinita de Jesús las gracias necesarias para que puedan vivir la auténtica vida cristiana como la quiere el genuino culto al Sagrado Corazón de Jesús; o de todos modos que se cumpla en ellos el plan de salvación establecido por Dios hasta no poner obstáculos al último y grandioso gesto de la misericordia de su Corazón cual es el don de la perseverancia final. Nótese que la práctica de los primeros viernes, precisamente porque deben ser hechos en el contexto del culto al Corazón de Jesús, llevará a lo que es esencial en el Culto al Corazón de Jesús: la consagración y la reparación. (Encíclica de Pío XII n. 75). Con la consagración queremos dar a nosotros mismos y todas nuestras cosas al Señor reconociendo de esta manera que todo lo hemos recibido de Él y que a su servicio deben ser encaminadas. Con la reparación y expiación de los pecados propios y ajenos nos ayudamos mutuamente en el camino que conduce al Padre Celestial y participamos también en la expiación de Cristo. Así en la Liturgia del Corazón de Jesús se pide que nuestra ofrenda resulte agradable para la reparación de los pecados. Oración que puede decirse después de cada una de las comuniones de los nueve primeros viernes- Jesús mío dulcísimo, que en tu infinita y dulcísima misericordia prometiste la gracia de la perseverancia final a los que comulgaren en honra de tu Sagrado Corazón nueve primeros viernes de mes seguidos: acuérdate de esta promesa, y a mí, indigno siervo tuyo, que acabo de recibirte sacramentado con este fin e intención, concédeme que muera detestando todos mis pecados, creyendo en Ti con fe viva, esperando en tu inefable misericordia y amando la bondad de tu amantísimo Corazón. Amén Corazón de Jesús, casa de Dios y puerta del cielo: tened piedad de nosotros. Corazón de Jesús, rico con todos los que os invocan: tened piedad de nosotros . Corazón de Jesús, esperanza de los que mueren en Ti: tened piedad de nosotros

martes, 3 de junio de 2008

Taller para guias de misa y preparación de guiones

La Secretaría diocesana de Liturgia, Música y Arte Sacro de la diócesis de San Justo - Buenos Aires, ha programado la realización de un taller destinado a la formación de guías de misa y al mismo tiempo a la correcta preparación de guiones. El emprendimiento se realiza en atención a la necesidad de que quienes se dedican a los ministerios litúrgicos, reciban la conveniente preparación que los capacite para desempeñarse con la habilidad y competencia que requiere su participación. Los encuentros se realizarán los días 14 y 21 de corriente mes, en la Casa de las Instituciones - San Justo.

Nuevo diácono en la Diócesis de San Justo - Buenos Aires

El pasado 8 de mayo, solemnidad de la Virgen de Luján, patrona de la República Argentina, el obispo diocesano Mons. Baldomero Carlos Martini, confirió el orden del diaconado al seminarista, acólito JUAN MANUEL MOLINA, quien desempeñará su ministerio pastoral en la parroquia San Cayetano de esta ciudad Evita. La celebración se realizó en la iglesia catedral de San Justo, con la asistencia de una gran cantidad de fieles en su mayoría pertenecientes a las distintas comunidades en las cuales el nuevo diácono desarrolló alguna acción pastoral. Rogamos al Señor, le conceda al diácono JuanManuel, las gracias necesarias para un fructífero ministerio en bien de la Iglesia y su santificación personal.

La Gran Promesa

El Corazón de Jesús y los primeros viernes (II de III)
3-) Las condiciones requeridas para ser partícipe de la Gran promesa. La condición expresamente requerida para que se cumpla la Gran Promesa es que se reciba la comunión digna (no sacrílega, es decir recibida conscientemente en estado de pecado grave). Tiene que ser la comunión en los viernes de nueve meses consecutivos. Deben ser nueve y no menos. Además tienen que ser comuniones y no pueden ser suplidas por obras buenas como Rosarios, Vía Crucis, etcétera. Tiene que ser recibida la comunión los primeros viernes: viernes es el día en que se recuerda y revive la pasión del Señor que nos amó y se entregó a sí mismo a la muerte por nuestra redención. Estas comuniones, como se deduce del contexto de las revelaciones hechas a Santa Margarita, deben ser hechas con la intención –que puede ser realizada de una vez para siempre- de rendir culto al Sagrado Corazón de Jesús que es «el culto de amor con el cual Dios nos ha amado por medio de Jesús y es al mismo tiempo la práctica de nuestro amor a Dios y a los hombres» (Encíclica de Pío XII sobre el Sagrado Corazón, n 70). La comunión se hace, en cuanto es posible (no es una condición indispensable) dentro la Misa. Esto corresponde mejor a la Liturgia y también a la mente de Santa Margarita que en una de sus cartas escribe: «Este amable Corazón... quiere que recurran a Él con gran confianza y me parece que no hay medio más eficaz para obtener lo que se pide que el Sacrificio de la Misa». Y en nuestro caso se trata de pedir nada menos que el gran don de la perseverancia. 4-) Las condiciones que empeñan a fondo los fieles. Para que el cristiano pueda cumplir las condiciones indicadas necesita una gran dosis de buena voluntad y de espíritu de sacrificio. - En efecto, la Comunión no está prescrita en domingo o fiesta de precepto, cuando ya de suyo hay obligación de asistir a Misa y por lo tanto es también más fácil acercarse a la comunión. Está prescrita más bien en un día de trabajo y éste no está dejado a la libre elección del fiel, sino que está establecido en concreto: un viernes. Por lo tanto un día hábil en que uno ordinariamente trabaja (en la fábrica, en el campo, en la oficina, o en la escuela). - Además, no en cualquier viernes, sino en el primero del mes- que no cae tampoco siempre en el mismo día, sino que varía todos los meses- y esto durante nueve meses consecutivos. Estas diminutas prescripciones, si por un lado representan cierta dificultad, traen también las ventajas en orden a las fructuosa recepción del sacramento. Suponen en el fiel el deseo sincero de la Comunión, la atención al determinado día; requieren cierto sacrificio para poder acercarse a la Comunión un día de trabajo..., etcétera – circunstancia que ayudan a crear las buenas disposiciones en la persona.

lunes, 2 de junio de 2008

La gran promesa

El Corazón de Jesús y los primeros viernes ( I de III)
Una humilde religiosa, Santa Margarita Alacoque, del monasterio de Paray –le- Monail (Francia), fue confidente de una serie de revelaciones y promesas por parte de Nuestro Señor Jesucristo, vinculadas a la devoción a su Sagrado Corazón, tan ultrajado por los hombres. Entre las promesas la más conocida es la llamada también Gran Promesa que se refiere a la práctica de los primeros viernes. Jesús le reveló esta promesa a la Santa en el año 1688. He aquí su texto tal como lo reprodujo el Papa Benedicto XV en la Bula de Canonización de Santa Margarita (1920) El Señor Jesús se dignó dirigir estas palabras a su fiel esposa: « Te prometo, en una efusión misericordiosa de mi Corazón, que el omnipotente amor de mi Corazón concederá el beneficio de la penitencia final a los que por nueve meses seguidos, se acerquen a la Sagrada Mesa los primeros viernes de cada mes: No morirán en mi desgracia ni sin recibir los Santos Sacramentos; y, en aquellos últimos momentos, mi Corazón les será asilo seguro». He aquí algunas consideraciones en torno a esta Gran Promesa: 1-) La perseverancia final es una gracia que sólo se puede impetrar con la oración. Para alcanzar la salvación es absolutamente necesario que el hombre, en el momento de la muerte, se encuentre en gracias, es decir en estado de amistad con Dios, que participe de la vida divina. Esta gracia se llama don de la perseverancia final. La realización de esta feliz circunstancia –de que la muerte venga cuando estemos en gracia de Dios- depende sólo de la libre voluntad y misericordia de Dios, por lo cual es un «gran don», como lo llama el Concilio Tridentino (1546). Nadie puede estrictamente merecer este don supremo, pero todos podemos pedirlo incansablemente con la oración confiada, humilde y perseverante. Por lo cual la Iglesia pide sin cesar en sus oraciones litúrgicas esta gracia para todos su hijos y exhorta a los fieles a que la imploren en sus oraciones. 2-) ¿ Qué asegura la Gran Promesa? La Gran Promesa nos asegura nada menos que esta gracia, la máxima que se le puede conceder a un hombre en esta vida: es decir la muerte en estado de amistad con Dios y con ello la eterna salvación. Cuatro cosas expresan la magnitud de la Gran Promesa: - «Concederé la gracia de la perseverancia final», o sea el no morir en pecado mortal, sino en estado de gracia de Dios. - « No morirán en mi desgracia», los que cumplieren las condiciones de la Gran Promesa. - «Ni sin recibir los sacramentos», si les fueren necesarios para salvarse. El recibir los santos sacramentos en la hora de la muerte propiamente no es una promesa absoluta, sino condicional: depende del estado de gracia o de pecado en que se encuentre el moribundo y de lo que Dios determine en sus inescrutables designios. Pues el pecador puede recobrar la gracia santificante también con un acto de contrición o caridad perfecta, en cuyo caso no le es absolutamente necesario el sacramento de la Confesión. Pero si el pecador necesita este sacramento o el de la Unción para salvarse, la Gran Promesa le garantiza su válida y fructuosa recepción. - « Mi Corazón les será asilo seguro en aquella última hora». Es otro modo en que Jesús da la seguridad a sus devotos de obtener una buena muerte. En la Gran Promesa no se promete que hecha una o más veces la práctica devota de los primeros viernes, ya no se volverá a pecar gravemente y así perder la amistad de Dios. Lo que nos asegura es la gracia de no morir en pecado grave, si hemos tenido la desgracia de vivir algún tiempo en él. Se nos promete pues el estado de gracia para el momento decisivo de nuestro traspaso del tiempo a la eternidad. (Gentileza: El evangelio del día)

domingo, 1 de junio de 2008

JUNIO - MES DEL SAGRADO CORAZÓN

«Tú, hombre redimido, considera quién, cuál y cuán grande es este que está pendiente de la cruz por ti. Su muerte resucita a los muertos, su tránsito lo lloran los cielos y la tierra, y las mismas piedras, como movidas de compasión natural, se quebrantan. ¡Oh corazón humano, ni el temor te espanta, ni la compasión te mueve, ni la compunción te aflige, ni la piedad te ablanda!Image

Para que, del costado de Cristo dormido en la cruz, se formase la Iglesia y se cumpliese la Escritura que dice “Mirarán al que atravesaron”, uno de los soldados lo hirió con una lanza y le abrió el costado. Y fue permisión de la divina providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre y agua, se derramase el precio de nuestra salud, el cual, manado de la fuente arcana del corazón, diese a los sacramentos de la Iglesia la virtud de conferir la vida de la gracia, y fuese para los que viven en Cristo como una copa llenada en la fuente viva, que salta hasta la vida eterna.

Levántate, pues, alma amiga de Cristo, y sé la paloma que anida en la pared de una cueva; sé el gorrión que ha encontrado una casa y no deja de guardarla; sé la tórtola que esconde los polluelos de su casto amor en aquella abertura sacratísima. Aplica a ella los labios para que bebas el agua de las fuentes del Salvador Porque ésta es la fuete que mana en medio del paraíso y, dividida en cuatro ríos que se derraman en los corazones amantes, riega y fecunda toda la tierra

Corre, con vivo deseo, a esta fuente de vida y de luz, quien quiera que seas, ¡oh alma amante de Dios!, y con toda la fuerza del corazón exclama: “Oh hermosura inefable del Dios altísimo, esplendor purísimo de la eterna luz! ¡Vida que vivificas toda vida, luz que iluminas toda luz y conservas en perpetuo resplandor millares de luces que, desde la primera aurora, fulguran en el trono de tu divinidad!

¡Oh eterno e inaccesible, claro y dulce manantial de la fuente oculta de los ojos mortales, cuya profundidad no tiene fondo, altura sin término, anchura ilimitada y pureza imperturbable!

De ti procede el río que alegra la ciudad de Dios, para que, con voz de regocijo y gratitud, te cantemos himnos de alabanza, probando por experiencia que en ti está la fuente viva, y tu luz nos hace ver la luz»

(De las Obras de San Buenaventura, doctor de la Iglesia)

sábado, 31 de mayo de 2008

Eucaristía: fuente y cumbre

¿Por qué la Eucaristía es fuente y cumbre, el centro mismo de la vida cristiana?

«Quisiera subrayar el lazo entre la Eucaristía y la caridad. Caridad –en griego, ágape; en latín, caritas– no significa, ante todo, el acto o el sentimiento benéfico, sino el don espiritual, el amor de Dios que el Espíritu Santo infunde en el corazón humano y que lleva a entregarse a su vez al mismo Dios y al prójimo. Toda la existencia terrena de Jesús, desde su concepción hasta la muerte en la Cruz, fue un acto de amor, hasta el punto de que podemos resumir nuestra fe en estas palabras: Jesús, caritas –Jesús, amor–. En la Última Cena, sabiendo que había llegado su hora, el divino Maestro ofreció a sus discípulos el ejemplo supremo del amor, lavándoles los pies, y les confió su preciosa herencia, la Eucaristía, en la que se centra todo el misterio pascual, como ha escrito el venerado Papa Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia. Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo… Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre…: las palabras de Jesús en el Cenáculo anticipan su muerte y manifiestan la conciencia con la que la afrontó, transformándola en don de sí, en el acto de amor que se entrega totalmente. En la Eucaristía, el Señor se nos da con su cuerpo, con su alma y su divinidad, y nosotros nos convertimos en una sola cosa con Él y entre nosotros. Nuestra respuesta a su amor tiene que ser entonces concreta, y tiene que expresarse en una auténtica conversión al amor, en el perdón, en la recíproca acogida y en la atención por las necesidades de todos. La Eucaristía se convierte de este modo en el manantial de la energía espiritual que renueva nuestra vida cada día y, de este modo, renueva al mundo en el amor de Cristo. Ejemplares testigos de este amor son los santos, que han sacado de la Eucaristía la fuerza de una caridad operante y con frecuencia heroica. S. S. Benedicto XVI – P.M. - Ángelus del 25 de septiembre de 2005

sábado, 17 de mayo de 2008

Alabanzas a la Santísima Trinidad

Cantad y alabad al Señor, él nos ha dicho su nombre: Padre y Señor para el hombre. Vida, esperanza y amor. Cantad y alabad al Señor, Hijo del Padre hecho hombre: Cristo Señor es su nombre. Vida, esperanza y amor. Cantad y alabad al Señor, divino don para el hombre: Santo Espíritu es su nombre. Vida, esperanza y amor. Cantad y alabad al Señor, él es fiel y nos llama, él nos espera y nos ama. Vida, esperanza y amor. Amén.
Himno de I vísperas de la Solemnidad de la Santísima Trinidad.

sábado, 10 de mayo de 2008

LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTES

Fiesta de Pentecostés Originalmente se denominaba “fiesta de las semanas” y tenía lugar siete semanas después de la fiesta de los primeros frutos (Lv 23 15-21; Dt 169). Siete semanas son cincuenta días; de ahí el nombre de Pentecostés (= cincuenta) que recibió más tarde. Según Ex 34 22 se celebraba al término de la cosecha de la cebada y antes de comenzar la del trigo; era una fiesta movible pues dependía de cuándo llegaba cada año la cosecha a su sazón, pero tendría lugar casi siempre durante el mes judío de Siván, equivalente a nuestro Mayo/Junio. En su origen tenía un sentido fundamental de acción de gracias por la cosecha recogida, pero pronto se le añadió un sentido histórico: se celebraba en esta fiesta el hecho de la alianza y el don de la ley. En el marco de esta fiesta judía, el libro de los Hechos coloca la efusión del Espíritu Santo sobre los apóstoles (Hch 2 1.4). A partir de este acontecimiento, Pentecostés se convierte también en fiesta cristiana de primera categoría (Hch 20 16; 1 Cor 168). (Vocabulario Bíblico de la Biblia de América) Comisión Nacional de Pastoral Bíblica PENTECOSTÉS, algo más que la venida del espíritu... La fiesta de Pentecostés es uno de los Domingos más importantes del año, después de la Pascua. En el Antiguo Testamento era la fiesta de la cosecha y, posteriormente, los israelitas, la unieron a la Alianza en el Monte Sinaí, cincuenta días después de la salida de Egipto. Aunque durante mucho tiempo, debido a su importancia, esta fiesta fue llamada por el pueblo segunda Pascua, la liturgia actual de la Iglesia, si bien la mantiene como máxima solemnidad después de la festividad de Pascua, no pretende hacer un paralelo entre ambas, muy por el contrario, busca formar una unidad en donde se destaque Pentecostés como la conclusión de la cincuentena pascual. Vale decir como una fiesta de plenitud y no de inicio. Por lo tanto no podemos desvincularla de la Madre de todas las fiestas que es la Pascua. En este sentido, Pentecostés, no es una fiesta autónoma y no puede quedar sólo como la fiesta en honor al Espíritu Santo. Aunque lamentablemente, hoy en día, son muchísimos los fieles que aún tienen esta visión parcial, lo que lleva a empobrecer su contenido. Hay que insistir que, la fiesta de Pentecostés, es el segundo domingo más importante del año litúrgico en donde los cristianos tenemos la oportunidad de vivir intensamente la relación existente entre la Resurrección de Cristo, su Ascensión y la venida del Espíritu Santo. Es bueno tener presente, entonces, que todo el tiempo de Pascua es, también, tiempo del Espíritu Santo, Espíritu que es fruto de la Pascua, que estuvo en el nacimiento de la Iglesia y que, además, siempre estará presente entre nosotros, inspirando nuestra vida, renovando nuestro interior e impulsándonos a ser testigos en medio de la realidad que nos corresponde vivir. Culminar con una vigilia: Entre las muchas actividades que se preparan para esta fiesta, se encuentran, las ya tradicionales, Vigilias de Pentecostés que, bien pensadas y lo suficientemente preparadas, pueden ser experiencias profundas y significativas para quienes participan en ellas. Una vigilia, que significa “Noche en vela” porque se desarrolla de noche, es un acto litúrgico, una importante celebración de un grupo o una comunidad que vigila y reflexiona en oración mientras la población duerme. Se trata de estar despiertos durante la noche a la espera de la luz del día de una fiesta importante, en este caso Pentecostés. En ella se comparten, a la luz de la Palabra de Dios, experiencias, testimonios y vivencias. Todo en un ambiente de acogida y respeto. Es importante tener presente que la lectura de la Sagrada Escritura, las oraciones, los cantos, los gestos, los símbolos, la luz, las imágenes, los colores, la celebración de la Eucaristía y la participación de la asamblea son elementos claves de una Vigilia. En el caso de Pentecostés centramos la atención en el Espíritu Santo prometido por Jesús en reiteradas ocasiones y, ésta vigilia, puede llegar a ser muy atrayente, especialmente para los jóvenes, precisamente por el clima de oración, de alegría y fiesta. Algo que nunca debiera estar ausente en una Vigilia de Pentecostés son los dones y los frutos del Espíritu Santo. A través de diversas formas y distintos recursos (lenguas de fuego, palomas, carteles, voces grabadas, tarjetas, pegatinas, etc.) debemos destacarlos y hacer que la gente los tenga presente, los asimile y los haga vida. No sacamos nada con mencionarlos sólo para esta fiesta, o escribirlos en hermosas tarjetas, o en lenguas de fuego hechas en cartulinas fosforescentes, si no reconocemos que nuestro actuar diario está bajo la acción del Espíritu y de los frutos que vayamos produciendo. Invoquemos, una vez más, al Espíritu Santo para que nos regale sus luces y su fuerza y, sobre todo, nos haga fieles testigos de Jesucristo, nuestro Señor. (Biblioteca Católica Digital)