miércoles, 3 de junio de 2009

Para tener en cuenta

Navegando por distintos blogs, de los tantos -y buenos- que hay, encontré lo que publico abajo. El tema se refiere a algo que se ha hecho muy común de observar en nuestras celebraciones eucarísticas, la procesión de los dones -o de las ofrendas como se lo designa comúnmente- en la que se lleva de todo. Dado que el tema es muy aleccionador y además está contado con el gracejo propio de los españoles, me permito agregarlo tal cuál se publica en el blog: Jorge.de profesión, cura:

Ofrendas

Bobadas –mías- litúrgicas. La procesión de ofrendas

Ante todo coloco aquí la definición de liturgia según el Diccionario de la Lengua: “1. f. Orden y forma con que se llevan a cabo las ceremonias de culto en las distintas religiones. 2. f. Ritual de ceremonias o actos solemnes no religiosos.”

A un servidor, como cura, le ha tocado y le sigue tocando mil veces presidir la liturgia, es decir, los ritos, las celebraciones, las ceremonias. Y en ellas hay mil anécdotas, observaciones, curiosidades, meteduras de pata propias y ajenas o manías propias que iré contando. Quizá me salga una serie. Quién sabe.

Hoy os voy a contar cómo veo yo la procesión de ofrendas en la misa. En toda misa, después de proclamar las lecturas de la Palabra de Dios, la explicación de las mismas –homilía-, la proclamación del credo y la oración de los fieles, se traen al altar las ofrendas: pan y vino para celebrar la misa, y ofrendas varias para la misa y la iglesia que hoy, por más práctico, se ha convertido en una colecta económica.

Desde hace años se ha ido convirtiendo en costumbre organizar en misas dominicales y celebraciones especiales, larguísimas procesiones de ofrendas en las que se trae al altar de todo. Cosas para la iglesia, objetos simbólicos que representan actitudes o deseos. Pongo ejemplos: cadenas como signo de la ansiada libertad, las llaves de casa como signo de hogar abierto a todos, el reloj expresando que mi tiempo será siempre para los demás, los libros de inicio de curso, el balón como señal de alegría…

Estaba yo como concelebrante en una confirmación. Presidía un obispo viejísimo, jubilado, creo que de misiones. Efectivamente una procesión de ofrendas interminable. Los chicos llevaron de todo: sus libros de catequesis, un reloj, un teléfono móvil como señal de su permanente apertura a la llamada de Dios, dos entradas para un concierto como señal de alegría… y bastantes cosas más.

El buen obispo fue recogiendo todo con muchísimo cariño. Y al acabar la celebración me dice: tráete a la sacristía todo lo que han ofrecido. Y así lo hice. Al poco rato, los que se acababan de confirmar:

- Venimos a recoger nuestras ofrendas

- No entiendo. ¿No eran ofrendas?

- Sí, claro.

- Pues ya está, ahora ya son cosas de la iglesia.

Había que ver la cara de los chicos. Y explicaban que el concierto era al día siguiente, y que necesitaban el móvil. Y el buen obispo les hacía una reflexión. Que si verían lógico que los que habían ofrecido su dinero vinieran a recogerlo al acabar la misa. Y que lo ofrecido, históricamente, era para la iglesia. Y que santa Rita, Rita, lo que se da no se quita.

Evidentemente se lo devolvió todo. Pero sí les hizo una reflexión interesante. Y es que lo bonito es darse en lo material y uno mismo sin barreras, con generosidad. Y que dar cosas para que te las devuelvan es un gesto bastante vacío. Y que en otras celebraciones piensen qué ofrecer a la iglesia y a los pobres de corazón, que no importa que sea algo pequeñito, pero algo que se regale libremente.

Pues sé que lo entendieron y lo entendimos. Desde ese día hemos reducido mucho la procesión de ofrendas. Y sólo admito lo que después quede en beneficio de la parroquia, de los pobres o de una necesidad concreta. Ofrendas para recuperarlas después, no me parece cosa seria.

(Fuente: Jorge.de profesión, cura)

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