sábado, 23 de abril de 2011

SABADO SANTO - Vigilia Pascual


El Cirio Pascual

Es el símbolo más destacado del Tiempo Pascual. La palabra "cirio" viene del latín "cereus", de cera. El producto de las abejas. El cirio más importante es el que se enciende en la vigilia Pascual como símbolo de cristo – Luz, y que se sitúa sobre una elegante columna o candelabro adornado. 
El Cirio Pascual es ya desde los primeros siglos uno de los símbolos más expresivos de la Vigilia. En medio de la oscuridad (toda la celebración se hace de noche y empieza con las luces apagadas), de una hoguera previamente preparada se enciende el Cirio, que tiene una inscripción en forma de cruz, acompañada de la fecha del año y de las letras Alfa y Omega, la primera y la última del alfabeto griego, para indicar que la Pascua del Señor Jesús, principio y fin del tiempo y de la eternidad, nos alcanza con fuerza nueva en el año concreto que vivimos. Al Cirio Pascual se le incrusta en la cera cinco granos de incienso, simbolizando las cinco llagas santas u gloriosas del Señor en la Cruz.
En la procesión de entrada de la Vigilia se canta por tres veces la aclamación al Cristo: "Luz de cristo. Demos gracias a Dios", mientras progresivamente se van encendiendo los cirios de los presentes y las luces de la iglesia. Luego se coloca el cirio en la columna o candelabro que va a ser su soporte, y se proclama en torno a él, después de incensarlo, el solemne Pregón Pascual.

Además del simbolismo de la luz, el Cirio Pascual tiene también el de la ofrenda, como cera que se gesta en honor de Dios, esparciendo su Luz: "acepta, Padre Santo, el sacrificio vespertino de esta llama, que la santa Iglesia te ofrece en la solemne ofrenda de este cirio, obra de las abejas. Sabemos ya lo que anuncia esta columna de fuego, ardiendo en llama viva para gloria de Dios... Te rogamos que este Cirio, consagrado a tu nombre, para destruir la oscuridad de esta noche". 
El Cirio Pascual estará encendido en todas las celebraciones durante las siete semanas de la cincuentena pascual, al lado del ambón de la Palabra, hasta la tarde del domingo de Pentecostés. Una vez concluido el tiempo Pascual, conviene que el Cirio se conserve dignamente en el baptisterio. El Cirio Pascual también se usa durante los bautizos y en las exequias, es decir al principio y el término de la vida temporal, para simbolizar que un cristiano participa de la luz de Cristo a lo largo de todo su camino terreno, como garantía de su definitiva incorporación a Luz de la vida eterna.
(fuente: conoceréis de verdad.org)


viernes, 22 de abril de 2011


Meditación de Chiara Lubich sobre el Viernes Santo: la heroica lección de amor

Lo había dado todo: una vida al lado de María, en medio de las incomodidades y en la obediencia. Tres años de predicación revelando la Verdad, dando testimonio del Padre, prometiendo el Espíritu Santo y haciendo toda clase de milagros de amor.
        Tres horas en la cruz, desde la cual perdona a los verdugos, abre el Paraíso al ladrón, nos da a su Madre y, finalmente, su Cuerpo y su Sangre después de habérnoslos dado místicamente, en la Eucaristía. Le quedaba la divinidad.
        Su unión con el Padre, la dulcísima e inefable unión con Él, que lo había hecho tan potente en la tierra, como Hijo de Dios, y aún en la cruz mostraba su realeza, este sentimiento de la presencia de Dios, debía ir desapareciendo en el fondo de su alma, hasta no sentirlo más; separarlo de algún modo de Aquel del que dijo que era una sola cosa con Él: "El Padre y yo somos una sola cosa" (Jn 10, 30). En Él, el amor estaba anulado, la luz apagada; la sabiduría callaba.
        Se hacía nada, entonces, para hacernos partícipes del Todo; gusano de la tierra (Salmo 22, 7), para hacernos hijos de Dios. Estábamos separados del Padre. Era necesario o que el Hijo, en el que todos nos encontrábamos, probara la separación del Padre. Tenía que experimentar el abandono de Dios para que nosotros nunca más nos sintiéramos abandonados. Él había enseñado que nadie tiene mayor caridad de quien da la vida por los amigos. Él, la Vida, daba todo de sí. Era el punto culminante, la expresión más bella del amor.
Su rostro está detrás de todos los aspectos dolorosos de la vida; cada uno de ellos es Él.
Sí, porque Jesús que grita el abandono es la figura del mudo: ya no sabe hablar.
Es la figura del ciego: no ve; del sordo: no oye.
Es el cansado que se queja.
Roza la desesperación.
Es el hambriento de unión con Dios.
Es la figura del desilusionado, del traicionado, parece haber fracasado.
Es miedoso, tímido, desorientado.

        Jesús abandonado es la tiniebla, la melancolía, el contraste, la figura de todo lo que es raro, indefinible, que parece monstruoso, porque es un Dios que pide ayuda. Es el solitario, el desamparado. Parece inútil, un descartado, trastornado. Lo podemos ver en cada hermano que sufre. Acercándonos a los que se parecen a Él, podemos hablarles de Jesús abandonado.
        A los que se descubren semejantes a Él y aceptan compartir su suerte, Él se convierte, para el mudo, la palabra; para quien no sabe, la respuesta; para el ciego, la luz; para el sordo, la voz; para el cansado, el descanso; para el desesperado, la esperanza; para el separado, la unidad; para el inquieto, la paz. Con Él, las personas se transforman y lo absurdo del dolor adquiere sentido.
        Él había gritado el por qué, al que nadie había dado respuesta, para que tuviéramos la respuesta a cada porqué.
        El problema de la vida humana es el dolor. Cualquier tipo de dolor, por más terrible que sea, sabemos que Jesús lo ha hecho suyo y transforma, por una alquimia divina, el dolor en amor.
        Por experiencia puedo decir que apenas nos alegramos de un dolor, para ser como Él y luego seguimos amando haciendo la voluntad de Dios, el dolor, si es espiritual desaparece, y si es físico se convierte en yugo suave.
        Nuestro amor puro en contacto con el dolor, lo transforma en amor; en cierto modo lo diviniza, casi continuando en nosotros --si así podemos decir-- la divinización que Jesús hizo del dolor.
        Y después de cada encuentro con Jesús abandonado, amado, encuentro a Dios de un modo nuevo, más cara a cara, más evidente, en una unidad más plena.
        La luz y la alegría vuelven y, con la alegría, la paz que es fruto del Espíritu.
        La luz, la alegría,! la paz que nacen del dolor amado impactan y conquistan a las personas más difíciles. Clavados en la cruz se es madre y padre de almas. La máxima fecundidad es el efecto.
        Como escribe Olivier Clément «el abismo, que por un instante abrió aquel grito, se ve colmado por el gran soplo de la resurrección».
        Se anula cualquier tipo de desunión, la separación y las rupturas son sanadas, resplandece la fraternidad universal, da lugar a milagros de resurrección, nace una nueva primavera en la Iglesia y en la humanidad.
 Dirijamos hoy a Cristo nuestras miradas, con frecuencia distraídas por disipados y efímeros intereses terrenos. Detengámonos a contemplar su cruz. La cruz, manantial de vida y escuela de justicia y de paz, es  patrimonio universal de perdón y de misericordia. Es prueba permanente de un amor oblativo e infinito que llevó a Dios a hacerse hombre, vulnerable como nosotros, hasta morir crucificado.
A través del camino doloroso de la cruz, los hombres de todas las épocas, reconciliados y redimidos por la sangre de Cristo, se han convertido en amigos de Dios, hijos del Padre celestial. «Amigo», así llama Jesús a Judas y le dirige el último y dramático llamamiento a la conversión. «Amigo», llama a cada uno de nosotros, porque es auténtico amigo de todos nosotros. Por desgracia, no siempre logramos percibir la profundidad de este amor sin fronteras que Dios nos tiene. Para Él no hay diferencia de raza y cultura. Jesucristo murió para liberar a la antigua humanidad de la ignorancia de Dios, del círculo de odio y violencia, de la esclavitud del pecado.

La Cruz nos hace hermanos y hermanas.
Pero preguntémonos, en este momento, qué hemos hecho con este don, qué hemos hecho con la revelación del rostro de Dios en Cristo, con la revelación del amor de Dios que vence al odio. Muchos, también en nuestra época, no conocen a Dios y no pueden encontrarlo en el Cristo crucificado. Muchos están en búsqueda de un amor o de una libertad que excluya a Dios. Muchos creen que no tienen necesidad de Dios.
Tras haber vivido juntos la pasión de Jesús, dejemos que en esta noche nos interpele su sacrificio en la cruz. Permitámosle que ponga en crisis nuestras certezas humanas. Abrámosle el corazón. Jesús es la verdad que nos hace libres para amar. No tengamos miedo: al morir, el Señor destruyó el pecado y salvó a los pecadores, es decir, a todos nosotros. El apóstol Pedro escribe: «sobre el madero llevó nuestros pecados en su cuerpo a fin de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la justicia» (I Pedro 2, 24). Esta es la verdad del Viernes Santo: en la cruz, el Redentor nos ha hecho hijos adoptivos de Dios, que nos creó a su imagen y semejanza. Permanezcamos, por tanto, en adoración ante la cruz.
Cristo, danos la paz que buscamos, la alegría que anhelamos, el amor que llene nuestro corazón sediento de infinito. Esta es nuestra oración en esta noche, Jesús, Hijo de Dios, muerto por nosotros en la cruz y resucitado al tercer día. Amén. 
(Fuente: conoceréis de verdad.org)


viernes, 1 de abril de 2011

Intenciones del Santo Padre para el mes de abril.

Intención General: Para que por el anuncio creíble del Evangelio, la Iglesia sepa ofrecer a las nuevas generaciones razones siempre nuevas de vida y esperanza.
Intención Misionera: para que los misioneros, mediante la proclamación del Evangelio y el testimonio de vida, sepan llevar a Cristo a los que aún no lo conocen.

lunes, 28 de marzo de 2011

Un Congreso sobre Adoración Eucarística

Del 20 al 24 de junio próximo, se llevará a cabo en Roma, un Congreso Internacional sobre "la Adoración Eucarística". La realización del mismo ha sido programado a partir de una iniciativa del obispo de Fréjus-Toulon, Mons. Dominique Rey. El evento contará con la asistencia de los cardenales Cañizares (Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos) y otros conocidos como Ranjith, Arinze, Piacenza, Burke y Turkson. La presente entrega se hace a partir de una entrevista concedida por Mons. Rey a Zenit Italia, y traducida por "La Buhardilla de Jerónimo".

La Iglesia se está movilizando intensamente para preparar este Congreso internacional sobre la Adoración Eucarística. ¿Cuál es su importancia y cuáles son las expectativas para este congreso?
Este congreso se encuadra perfectamente en la obra llevada adelante por el Papa Benedicto XVI que, tras las huellas de Juan Pablo II, quiere promover una nueva toma de conciencia sobre la urgencia misionera a la que se enfrenta, hoy más que nunca, la Iglesia. El tema del congreso, “De la adoración a la evangelización”, subraya que este nuevo impulso misionero se debe enraizar en la vida eclesial y eucarística. La primera condición de la evangelización es la adoración. Por desgracia, algunas propuestas misioneras de hoy se presentan más como marketing o promoción comercial que como testimonio de fe. El riesgo es una distorsión del método de evangelización.
Es la primera vez que se lleva a cabo en Roma un encuentro sobre este tema. Y la participación de numerosos cardenales, obispos y testigos que obran en el campo como evangelizadores y adoradores, pone en evidencia el interés suscitado por el encuentro. Este congreso quiere dar un alma y una espiritualidad a esta nueva evangelización tan necesaria para la renovación de la Iglesia y para la irradiación del mensaje evangélico.
¿Por qué es importante la adoración? ¿Quién está llamado, en su opinión, a la adoración?
La adoración eucarística constituye una prolongación de la celebración eucarística. El creyente acoge el ofrecimiento de Cristo que se da al Padre para la salvación de Cristo. Adorar al Santísimo Sacramento significa entrar en contemplación de Jesús Eucaristía. Significa aceptar, al mismo tiempo, como dirá el apóstol Pablo, ofrecer nuestra misma vida en sacrificio para participar en la salvación de Cristo.
La adoración es un gesto de reconocimiento, al contemplar hasta qué punto Cristo nos ama, haciéndose alimento, y es también un gesto personal en el que también nosotros podemos entrar, en Él y por Él, en esta obra de salvación.
Todo cristiano está llamado, en virtud de su consagración bautismal, a convertirse en adorador en espíritu y en verdad. Recuerdo la frase de la filósofa Simona Weil que solía decir después de su conversión: “Finalmente he descubierto alguien frente a quien ponerme de rodillas”. En el Apocalipsis descubrimos que la gloria celestial consistirá en el júbilo y en la adoración. Si comienzo a adorar hoy, me preparo parar entrar en la plenitud de mi condición filial cuando contemplaré el rostro de Dios. Todo hombre está hecho para adorar, es decir, para reconocer el señorío de Cristo y, en este gesto de donación de sí mismo, que implica la adoración, donarse total y definitivamente a Él.
El congreso está organizado por los Misioneros de la Santísima Eucaristía, una nueva comunidad que usted fundó en su diócesis en el 2007. ¿Cuál es la misión de esta comunidad en la Iglesia actual?
Esta asociación de clérigos de derecho diocesano está llamada, bajo mi vigilancia, a desarrollar en la Iglesia la adoración eucarística en el corazón de la vida parroquial. Esta asociación organiza misiones eucarísticas en colaboración con las diócesis y los sacerdotes que recurren a sus servicios, no sólo para desarrollar una auténtica devoción eucarística sino también para hacer entrar a las comunidades cristianas en un espíritu misionero, en un nuevo impulso pastoral. Los parroquianos están llamados a acercarse, día y noche, a la adoración del Santísimo Sacramento expuesto. Para esto se necesita brindar una catequesis eucarística.
Los Misioneros del Santísimo Sacramento están presentes en los Estados Unidos y en Italia, si bien su sede central se encuentra en Sanary (Var, Francia). Van de parroquia en parroquia, difundiendo y promoviendo la enseñanza del Magisterio y de autores espirituales, sobre el valor de la adoración eucarística.
¿A quién se dirige este congreso? ¿Qué quiere proponer en concreto?
El congreso está dirigido a todos aquellos que en la Iglesia son ya sensibles a la importancia de la adoración eucarística, pero más en general a todos los pastores, consagrados y laicos que deseen profundizar el sentido de la Eucaristía, en su dimensión litúrgica, de sacrificio, social, y en el vínculo entre adoración y celebración. Las jornadas estarán marcadas por las celebraciones eucarísticas, en la forma ordinaria y extraordinaria, así como por otras funciones litúrgicas. Habrá momentos de adoración al Santísimo Sacramento.
Las enseñanzas principales serán ofrecidas por la mañana. Están previstos también momentos de intercambio, en los que se afrontarán temas más concretos. El congreso concluirá con la procesión eucarística de la solemnidad del Corpus Domini, presidida por el Santo Padre Benedicto XVI.
¿La adoración eucarística ha tenido un rol central en su vocación personal o en su ministerio de sacerdote y obispo?
He descubierto con mayor intensidad la adoración eucarística cuando era rector del santuario de Paray le Monial. Siendo miembro de la Comunidad Emanuel y estando junto al fundador, Pierre Goursat, que era un ferviente adorador del Santísimo Sacramento, experimenté hasta qué punto esta oración daba fuerza a mi vida espiritual y sacerdotal. Toda fecundidad cristiana es sacrificial. Encuentra su origen en el gesto que Cristo realiza en su Pascua y que la Eucaristía actualiza en cada celebración.
En la adoración eucarística fijamos nuestra mirada sobre este gesto infinito de amor que la Iglesia no deja de retomar en cada Misa. He podido constatar los muchos frutos espirituales y misioneros de la adoración eucarística en el contexto de las diversas responsabilidades ministeriales que he asumido. Por este motivo, he tomado la iniciativa de presentar al cardenal Antonio Cañizares Llovera, prefecto de la Congregación para el Culto divino, este proyecto y he pedido a los Misioneros de la Santísima Eucaristía que se ocuparan de la organización.
Fuente: Zenit (edición en lengua italiana)
Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

sábado, 26 de marzo de 2011

Reflexión para el domingo III de Cuaresma - Ciclo A

Domingo III de Cuaresma – Ciclo A (Juan 4, 5-42) – 27 de marzo de 2011
En medio de una noche oscura como la boca de un lobo, el Capitán del barco reconoció a lo lejos la luz de otra embarcación que venía directamente hacia ellos. En seguida dio una orden al telegrafista. Ordénele a esa embarcación que cambie su rumbo diez grados a estribor. Un momento después llega un mensaje a la cabina del Capitán: “Ustedes deben cambiar su rumbo diez grados a babor”. El Capitán pide que el mensaje esta vez sea más explícito: “Soy el Capitán Baquero, le ordeno que gire su rumbo diez grados a estribor”. Mientras pasa todo esto, la luz se va acercando de manera rápida y peligrosa. Se recibe un nuevo mensaje en la cabina: “Soy el marinero Barragán. Le sugiero que gire su rumbo diez grados a babor”. El Capitán muy contrariado y viendo que la luz ya está demasiado cerca envía una última advertencia: “Estoy al mando de un buque de guerra. Modifique su rumbo diez grados a estribor o no respondo por lo que pueda pasar”. La respuesta que llega los deja a todos estupefactos: “Modifique su rumbo diez grados a babor. Tampoco respondo por lo que pueda pasar. Estoy al mando de un faro. Usted verá”.
La samaritana que llega a mediodía al pozo de Jacob, a las afueras de Sicar, en busca de agua, se encuentra, sorpresivamente, con que un judío, con rostro cansado, le pide de beber. “Jesús, cansado del camino, se sentó junto al pozo. Era cerca del mediodía. Los discípulos habían ido al pueblo a comprar algo de comer. En eso, una mujer de Samaria llegó al pozo a sacar agua, y Jesús le dijo: – Dame un poco de agua”. La sorpresa aumenta cuando este atrevido personaje le termina ofreciendo agua viva sin tener si quiera un balde y una soga para sacar una gotas de agua del profundo pozo. “Jesús le contestó: – Si supieras lo que Dios da y quién es el que te está pidiendo agua, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva”. Pero, sin duda, las sorpresas apenas comenzaban, pues más tarde se sintió confrontada con la verdad de su vida. “Jesús le dijo: – Ve a llamar a tu marido y vuelve acá. La mujer le contestó: – No tengo marido. Jesús le dijo: – Bien dices que no tienes marido; porque has tenido cinco maridos, y el que ahora tienes, no es tu marido. Es cierto lo que has dicho”.
Muchas veces salimos al encuentro de los demás revestidos con nuestras armaduras para defendernos y no dejar entrar a los otros en nuestra vida. Pero es frecuente que nos tropecemos con la sorpresa de descubrirnos vulnerables y nos veamos obligados a cambiar nuestro rumbo para abrirnos a nuestra propia verdad. Es lo que le pasó al capitán del barco con el que comenzamos esta reflexión. Se sentía seguro y fuerte, pero tuvo que dejar a un lado su propio camino, porque estaba navegando hacia su propia destrucción. Algo parecido pasa cuando nos encontramos con la Palabra de Dios; ella nos confronta y nos ayuda a descubrir nuestra propia verdad. “Porque la Palabra de Dios tiene vida y poder. Es más cortante que cualquier espada de dos filos y penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta lo más íntimo de la persona; y somete a juicio los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4,12).
Este tiempo de Cuaresma nos invita a revisar nuestros caminos y corregir nuestro rumbo. Como la samaritana, El encuentro con Jesús pone en evidencia el camino equivocado que estamos siguiendo, al dejarnos guiar solamente por nuestros criterios.
Hermann Rodríguez Osorio, S.J
(Fuente: periodistadigital.com)

sábado, 12 de marzo de 2011

Reflexión para el I Domingo de Cuaresma

«Si ya has encontrado a Dios, avísame dónde está, porque yo llevo muchos años buscándolo y no lo encuentro». La tía Lucía me dejó caer hace un tiempo esas palabras que quedaron retumbando en mi alma como un eco sordo al fondo de un abismo... «Avísame dónde está...». Evidentemente, la frase condicional con la que comenzó fue la que más me inquietó: «Si ya has encontrado a Dios...». Es bien arriesgado decir que he encontrado a Dios, pero lo que sí no me da miedo decir es que descubro pistas de su presencia en la Palabra que ilumina la Vida y que invita a construir Comunidad. Como la tía Lucía, muchas personas que nos rodean nos piden señales, pruebas, huellas de Dios en su vida cotidiana. No es que no lo quieran ver; es que no lo ven por ninguna parte y de verdad están buscando el sentido de sus vidas.
El Señor Jesús, Palabra transparente de Dios en nuestra historia, conducido por el Espíritu, fue probado en el desierto. Lo que lo sostuvo, en medio de la tentación, fue el apoyo que encontró en la Escritura. Tal como lo describe el Evangelio de san Mateo, Jesús dijo ante la tentación: «No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que salga de los labios de Dios» (Mateo 4,4); más adelante añadió: «No pongas a prueba al Señor tu Dios» (Mateo 4,7); y, por último, dijo; «Adora al Señor tu Dios y sírvelo sólo a él» (Mateo 4,10). Tres referencias a la Escritura con las que Jesús supo defenderse de las tentaciones que lo acosaban de muchas formas: Deseos de lucirse ante los demás haciendo milagros: “Si de veras eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en panes”. Deseos de tener honores y ser reconocido por los demás: “Si de veras eres Hijo de Dios, tírate abajo (...)”. Deseos de poder y dominación: “Yo te daré todo esto, si te arrodillas y me adoras”.
¡Cuántas veces sentimos la tentación de tener el poder de hacer milagrosamente lo que queremos! Como convertir las piedras en panes... ¡Cuántas veces sentimos la tentación de probar a Dios exigiéndole lo imposible! Como lanzarse al vacío desde lo alto del templo, esperando que los ángeles vengan a rescatarnos... ¡Cuántas veces sentimos la tentación dominar a los demás arrodillándonos ante dioses falsos! Como cuando colocamos el poder, el tener y el saber por encima del ser mismo de cada ser humano...
Hay que notar que en la segunda tentación, el mismo diablo cita la Escritura para presentar al Señor su tentación: “Si de veras eres Hijo de Díos, tírate abajo; porque la Escritura dice: ‘Dios mandará que sus ángeles te cuiden. Te levantarán con sus manos para que no tropieces con piedra alguna”. La habilidad del mal llega a valerse de la Escritura para poner zancadillas a gente buena. Por eso la invitación del Señor no es a referirse a la Escritura como arrancando frases de sus contextos literarios, ni para lanzarlas sin más sobre nuestros contextos existenciales. De lo que se trata es de saber apoyarnos en su Palabra para desentrañar el misterio de Dios en el corazón de nuestra propia historia. ¿Cómo vamos a encontrar a Dios en medio de nuestras vidas si no nos encontramos cotidianamente con su Palabra? Confío en que esto le sirva de pista a la tía Lucía, y a tantas otras personas que buscan sinceramente el sentido de sus vidas, para con Dios. que algún día puedan decirme que se han encontrado cara a caraa Dios.

Autor Hermann Rodriguez Osorio SJ
Fuente: Encuentros con la Palabra.com


jueves, 3 de marzo de 2011

Cardenal Bartolucci: cuatro décadas al frente del "Coro del Papa".

Oportunamente el sitio católico de noticias ZENIT.org. entrevistó a quien fuera durante cuarenta años Director del Coro de la Capilla Sixtina.
Aquí transcribimos totalmente dicha entrevista, invitando a que cada lector saque sus propias conclusiones.
ROMA. (ZENIT.org) Entre los nuevos cardenales que fueron creados durante el consistorio el pasado 20 de noviembre está Domenico Bartolucci, quien por más de 40 años sirvió como director del Coro Capilla Musical Pontificia “Sixtina”.
A pesar de haber superado la edad de cardenales electores, con 93 años, Benedicto XVI lo agregó al Colegio Cardenalicio por la “generosidad y dedicación en el servicio de la Iglesia”, como afirmó el pasado 20 de octubre cuando anunció el consistorio. Sus obras han sido publicadas en varios volúmenes. ZENIT lo entrevistó.
-¿Cómo recibe este nombramiento?
Cardenal Domenico Bartolucci: No me lo esperaba. Es cierto que es un signo de amor del Papa por la música sacra, un reclamo evidente, especialmente en este momento de crisis, Antes la música era el alma de la liturgia. Incluso en países – yo soy toscano, de un pueblecito llamado Borgo San Lorenzo – todos cantaban en las plazas, las iglesias, las procesiones, y escuchando las bandas musicales. Hoy hay chicos muy talentosos pero la formación musical es a menudo poco adecuada. No sé quién es el culpable pero actualmente prevalece el estadio y las discotecas y todo está reducido al mercado.
-¿Cómo descubrió su vocación a la música?
Cardenal Domenico Bartolucci: Desde pequeño crecí junto a mi padre que era un cantante apasionado de la Iglesia. En el seminario la música era muy importante aunque en un sentido a mí me la impedían porque los superiores temían que esto me distrajera del estudio del griego y el latín. Luego vine a Roma y allí quedé encantado de la vitalidad de las capillas musicales de las basílicas. Fui nombrado vice maestro de San Juan de Letrán y luego maestro de la Capilla Musical Liberiana de Santa María la Mayor como sucesor de Licinio Refice en 1955 vice maestro de la Sixtina con Perosi. Estuve con él cuatro años y luego de su muerte en 1956 Pío XII me nombró Director Perpetuo de la Capilla Musical Sextina. A pesar de ello, cuando cumplí 80 años me relevaron del cargo. No me informaron de esto, lo supe cuando nombraron a mi sucesor.
-¿Cómo fue este período como director de la Capilla Sextina?
Cardenal Domenico Bartolucci: La Sixtina tuvo una gran vitalidad hasta el Concilio. Recuerdo las bellísimas funciones con el Papa Pacelli y con el papa Juan XIII. Después de la Reforma litúrgica nuestra contribución en las liturgias papales fue redimensionada. Nos salvamos con los conciertos en todo el mundo donde se pudo mantener el patrimonio de la Capilla: viajamos a Austria, Alemania, Irlanda, Francia.Bélgica. España. Filipinas, Australia, Canadá, Estados Unidos, Turquía, Polonia y Japón.
-¿Cómo era el interés de Pío XII hacia la música sacra?
Cardenal Domenico Bartolucci: El Papa Pacelli amaba la música sacra y en ocasiones para descansar tocaba el violín. Con él las funciones muchas veces se llevaban a cabo justamente en la Capilla Sextina. Era una figura extraordinaria, de grande cultura y humanidad.
-¿Y en la época de Juan XIII? 
Cardenal Domenico Bartolucci: La Capilla Sixtina le debe mucho a Juan XIII. Bajo su pontificado fue aprobado por su propio interés mi proyecto de reforma. Con Perosi (su predecesor en la dirección del coro de la Capilla Sixtina n.d.r) las cosas, lamentablemente, también por causa de su enfermedad, eran degradantes. La Capilla no tenía, por ejemplo una estructura fija de cantores, una sede o un archivo. Gracias al papa Juan XIII reconstruimos todo casi de la nada y pudimos crear la Schola puerorum exclusiva para chicos. Con los niños en navidad cantábamos en el apartamento del papa delante del pesebre. Era conmovedor.
-¿Cree que la música sacra podrá volver a lo que era antes?
Cardenal Domenico Bartolucci: Se necesitará tiempo. Ya no existen los maestros de otras épocas porque ya no se ve la necesidad de que existan. Esperemos. Benedicto XVI ama mucho el canto gregoriano y la polifonía y quiere recuperar el uso del latín. Entiende que sin el latín el repertorio del pasado está destinado a ser archivado. Es necesario volver a una liturgia que de espacio a la música, al gusto de lo bello, y también al verdadero arte sagrado.
-¿Qué piensa del canto de la asamblea durante las celebraciones litúrgicas?
Cardenal Domenico Bartolucci: Es necesario estar atentos y no generalizar. No estoy en contra del canto del pueblo como algunos me han acusado. Es más, ya desde antes del concilio escribí cantos del pueblo para la liturgia en italiano. Estaban muy difundidos en las parroquias. Hay pues contextos donde se pide necesariamente una Schola cantorum o de todas maneras un coro que pueda hacer verdadero arte. Pensemos por ejemplo al repertorio del canto gregoriano que requiere verdaderos artistas para que sea hecho como se debe, o al grande repertorio polifónico. En estos casos el pueblo participa en todos los derechos, nutriéndose y escuchando, pero son los cantores quienes ponen al servicio de los demás su profesionalismo y su competencia. Lamentablemente muchos en estos años de novedad han pensado que participar quiere decir “hacer cualquier cosa”.
-¿Cuáles son sus autores preferidos, sus fuentes de inspiración?
Cardenal Domenico Bartolucci: Para la música sacra los grandes patriarcas son Palestrina y Bach. Palestrina es quien primero ha intuido qué quiere decir el ajuste perfecto de la polifonía al texto sacro. No por casualidad el Concilio de Trento se refirió a él para establecer los cánones de la música sacra. Bach también es un grande pero refleja más el espíritu de los nórdicos. En todo caso ambos muestran que la música se hace con los grandes textos de la Iglesia. Occidente tiene una historia musical riquísima que la toman muchas culturas orientales. Hoy existe la necesidad de recuperarla y de darle el gusto y el espacio en el lugar en el que se estableció la liturgia.
Por Carmen Elena Villa
Fuente: Zenit.org

martes, 1 de marzo de 2011

Intenciones del Santo Padre para el mes de marzo

Intención General: Para que las naciones de América Latina puedan caminar en la fidelidad al Evangelio y sean pródigas en la justicia social y la paz.
Intención Misionera: Para que el Espíritu Santo dé luz y fuerza a las comunidades cristianas y a los fieles perseguidos o discriminados a causa del Evangelio en tantas regiones del mundo.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Nuevo Motu Proprio sobre la liturgia

El blog "La Buhardilla de Jerónimo", ha publicado hoy una entrada, que, dada su importancia, la damos a conocer aquí.
En esta importante noticia, publicada hoy en Il Giornale, el vaticanista Andrea Tornielli informa sobre un Motu Proprio pontificio, que sería publicado en las próximas semanas, por el cual será reestructurada la Congregación para el Culto Divino y en el cual se mencionará su función de promover el nuevo movimiento litúrgico tantas veces auspiciado por Joseph Ratzinger.

En las próximas semanas será publicado un documento de Benedicto XVI que reorganiza las competencias de la Congregación para el Culto Divino, confiándole la tarea de promover una liturgia más fiel a las intenciones originarias del Concilio Vaticano II, con menos espacios para los cambios arbitrarios, y por la recuperación de una dimensión de mayor sacralidad.


El documento, que tendrá la forma de un Motu proprio, es fruto de una larga gestación – ha sido revisado por el Pontificio Consejo para la Interpretación de los Textos Legislativos y por las oficinas de la Secretaría de Estado – y está motivado principalmente por la transferencia de la competencia sobre las causas matrimoniales a la Rota Romana. Se trata de las causas llamadas del “rato no consumado”, es decir, concernientes al matrimonio contraído en la Iglesia pero no consumado por la falta de unión carnal de los dos esposos. Son cerca de quinientos casos al año y afectan sobre todo a algunos países asiáticos donde todavía existen los matrimonios arreglados con muchachas en edad muy joven pero también a países occidentales en aquellos casos de impotencia psicológica para realizar el acto conyugal.


Perdiendo esta sección, que pasará a la Rota, la Congregación para el Culto Divino, de hecho, no se ocupará más de los sacramentos y mantendrá sólo la competencia en materia litúrgica. Según algunas autorizadas indiscreciones, un pasaje del Motu proprio de Benedicto XVI podría citar explícitamente aquel “nuevo movimiento litúrgico”, del cual ha hablado en tiempos recientes el cardenal Antonio Cañizares Llovera, interviniendo durante el Consistorio del pasado noviembre.


En Il Giornale, en una entrevista publicada en vísperas de la última Navidad, Cañizares había dicho: “La reforma litúrgica ha sido realizada con mucha prisa. Había óptimas intenciones y el deseo de aplicar el Vaticano II. Pero ha habido precipitación... La renovación litúrgica fue vista como una investigación de laboratorio, fruto de la imaginación y de la creatividad, la palabra de mágica de entonces”. El cardenal, que no arriesgó al hablar de “reforma de la reforma”, había agregado: “Lo que veo absolutamente necesario y urgente, según lo que desea el Papa, es dar vida a un nuevo, claro y vigoroso movimiento litúrgico en toda la Iglesia”, para poner fin a “deformaciones arbitrarias” y al proceso de “secularización que por desgracia golpea también dentro de la Iglesia”.


Es conocido cómo Ratzinger quiso introducir en las liturgias papales gestos significativos y ejemplares: la cruz en el centro del altar, la Comunión de rodillas, el canto gregoriano, el espacio para el silencio. Se sabe cuánto le importa la belleza en el arte sagrado y cuán importante considera promover la adoración eucarística. La Congregación para el Culto Divino – que alguno quisiera también rebautizar de la Sagrada Liturgia o de la Divina Liturgia - se deberá ocupar, por lo tanto, de este nuevo movimiento litúrgico, también con la inauguración de una nueva sesión del dicasterio dedicada al arte y a la música sacra. 
Fuente: "La buhardilla de jerónimo"

martes, 8 de febrero de 2011

La Cruz, signo del cristiano

La Cruz es el símbolo primordial para los cristianos: uno delos pocos símbolos universales, comunes a todas las confesiones.
Durante los tres primeros siglos parece que no se representó plásticamente la cruz: se preferían las figuras del Pastor, el pez, el ancla, la paloma... 
Fue en el siglo IV cuando la cruz se convirtió, poco a poco, en el símbolo predilecto para representar a Cristo y su misterio de salvación.
Desde el sueño del emperador Constantino, hacia el 312 ("In hoc
signo vinces": con esta señal vencerás), que precedió a su victoria en el puente Milvio, y el descubrimiento de la verdadera Cruz de Cristo,
en Jerusalén, el año 326, por la madre del mismo emperador, Elena, la atención de los cristianos hacia la Cruz fue creciendo. 
La fiesta de la exaltación de la Santa Cruz, que celebramos el 14 de septiembre, se conoce ya en Oriente en el siglo V, y en Roma al menos desde el siglo VII. 
Las primeras representaciones pictóricas o esculturales de la Cruz
ofrecen a un Cristo Glorioso, con larga túnica, con corona real: está en la Cruz, pero es el Vencedor, el Resucitado. Sólo más tarde, con la espiritualidad de la Edad Media, se le representará en su estado de sufrimiento y dolor. 
En nuestro tiempo es la Cruz, en verdad, un símbolo repetidísimo,
en sus variadas formas:
—la cruz que preside la celebración, sobre el altar o cerca de él,
—la cruz procesional que encabeza el rito de entrada en las
ocasiones más solemnes, y parece ser el origen de que luego el lugar de la celebracion este presidido por ella, 
—las que colocamos en las habitaciones de nuestras casas
—la cruz pectoral de los Obispos, y el báculo pastoral del Papa.
basta recordar el magnifico báculo de Juan Pablo II, en forma de cruz, heredado de Pablo VI.
—las cruces penitenciales que los "nazarenos" portan sobre sus
espaldas en la procesiones de Semana Santa, 
—la cruz como adorno y hasta como joya que muchas personas
llevan al cuello,
—y las variadas formas de "señal de la cruz" que trazamos sobre las
personas y las cosas (en forma de bendición) o sobre nosotros
mismos en momentos tan significativos como el comienzo de la
Eucaristía o el rito del Bautismo.

La elocuencia de un símbolo
No nos damos mucha cuenta, porque ya estamos acostumbrados a
ver la Cruz en la iglesia o en nuestras casas. Pero la Cruz es una
verdadera cátedra, desde la que Cristo nos predica siempre la gran
lección del cristianismo. La Cruz resume toda la teología sobre Dios,
sobre el misterio de la salvación en Cristo, sobre la vida cristiana.
La Cruz es todo un discurso: nos presenta a un Dios trascendente
pero cercano; un Dios que ha querido vencer el mal con su propio
dolor; un Cristo que es Juez y Señor, pero a la vez Siervo, que ha
querido llegar a la total entrega de sí mismo, como imagen plástica del amor y de la condescendencia de Dios; un Cristo que en su
Pascua—muerte y resurreccion—ha dado al mundo la reconciliación y la Nueva Alianza entre la humanidad y Dios... 
Esta Cruz ilumina toda nuestra vida. Nos da esperanza. Nos enseña
el camino. Nos asegura la victoria de Cristo, a través de la renuncia a sí mismo, y nos compromete a seguir el mismo estilo de vida para
llegar a la nueva existencia del Resucitado.
La Cruz, que para los judíos era escándalo y para los griegos
necedad (1 Cor 1,18-23), que escandalizó también a los discípulos de Jesús, se ha convertido en nuestro mejor símbolo de victoria y
esperanza, en nuestro más seguro signo de salvación y de gloria.
No es de extrañar que, cuando en nuestra celebración empleamos el
gesto simbólico del incienso—signo de honra, de veneración y
alabanza— sea en primer lugar la Cruz la que reciba nuestro
homenaje. En esa Cruz se centra nuestra comprensión de Cristo y de su Misterio Pascual. Ahí esta concentrada la Buena Noticia del
evangelio. Todas las demás palabras y gestos simbólicos lo que hacen es explicar, desarrollar (y, a veces, oscurecer) lo que nos ha dicho la Cruz.

La Señal de la Cruz
Los cristianos, con frecuencia, hacemos con la mano la señal de la
cruz sobre nuestras personas. O nos la hacen otros, como en el caso
del bautismo o de las bendiciones. 
Al principio parece que era costumbre hacerla sólo sobre la frente.
Luego se extendió poco a poco a lo que hoy conocemos: o hacer la
gran cruz sobre nosotros mismos (desde la frente al pecho y desde el hombro izquierdo al derecho) o bien la triple cruz pequeña, en la
frente, en la boca y el pecho, como en el caso de la proclamación del evangelio. 
Es un gesto sencillo, pero lleno de significado. Esta señal de la Cruz
es una verdadera confesión de nuestra fe: Dios nos ha salvado en la
Cruz de Cristo. Es un signo de pertenencia, de posesión: al hacer
sobre nuestra persona esta señal es como si dijéramos: "estoy
bautizado, pertenezco a Cristo, El es mi Salvador, la Cruz de Cristo es el origen y la razón de ser de mi existencia cristiana...". 
No hace falta llegar a los estigmas de la cruz en el propio cuerpo,
como en el caso de algunos Santos. El repetir el gesto nos recuerda
que estamos salvados, que Cristo ha tomado posesión de nosotros,
que estamos de una vez para siempre bendecidos por la Cruz que
Dios ha trazado sobre nosotros. 
En realidad, el primero que hizo la "señal de la Cruz" fue el mismo
Cristo, que "extendió sus brazos en la cruz" (Plegaria Eucarística 2ª.), y "sus brazos extendidos dibujaron entre el cielo y la tierra el signo imborrable de tu Alianza" (Plegaria Eucarística 1ª. de la
Reconciliacion)... Si ya en el Antiguo Testamento se hablaba de los
marcados por el signo de la letra "tau", en forma de cruz (Ezeq 9,4-6) y el Apocalipsis también nombra la marca que llevan los elegidos (Apoc 7,3), nosotros, los cristianos, al trazar sobre nuestro cuerpo el signo de la Cruz nos confesamos como miembros del nuevo Pueblo, la comunidad de los seguidores de ese Cristo que desde su Cruz nos ha salvado.

Desde el Bautismo
Un momento particularmente expresivo en que sobre nuestras
personas se traza la señal de la Cruz es el del bautizo. 
Es un rito elocuente por demás. El sacerdote (y después los padres
y padrinos) hacen al bautizando la señal en la frente: "te signo con la señal de Cristo Salvador"... En el caso del Bautismo de Adultos es
todavía mas explícito el gesto. El sacerdote le signa en la frente
diciendo: "recibe la cruz en la frente: Cristo mismo te fortalece con la señal de su victoria; aprende ahora a conocerle y a seguirle". Y luego, si parece oportuno, se puede repetir el signo sobre los oídos, los ojos, la boca, el pecho y la espalda, con las palabras y oraciones que expresan muy claramente la pertenencia a Cristo y las consecuencias que esto trae para el estilo cristiano de vida. 
En verdad, a la hora de empezar la vida cristiana, la señal de la cruz
es como una marca de posesión y de fe en Cristo Salvador. No es algo mágico, como una especie de amuleto protector: sino una profesión de fe en la persona de Cristo, que, en su Cruz y por su Cruz, nos ha conseguido la salvación y que esperamos que durante toda nuestra vida nos siga bendiciendo. 
Por eso, siempre que hacemos la señal de la Cruz estamos
recordando en algún modo el Bautismo. Y es una costumbre cristiana digna de alabanza que los padres, que en el rito del bautizo han
participado en esta signacion a sus hijos, sigan haciéndolo en la vida.
Muchos padres cristianos trazan esta señal sobre sus hijos en el
momento de acostarlos, de enviarles a la escuela, al comienzo de un
viaje. Hecha con fe, este gesto es un signo de que lo que empezó en
el Bautismo, la vida cristiana, se quiere que continúe desarrollándose y creciendo. Sus hijos son también hijos de Dios, pertenecen a Cristo. Es como si les dijeran: "el que tomó posesión de ti en el Bautismo te acompañe en todo momento". 
La misma señal de la Cruz se trazará al final, en los ritos
sacramentales de la Unción, y las exequias, sobre el cristiano que
lucha contra la enfermedad o que está próximo a la muerte. En
muchas regiones es costumbre que los familiares hagan la cruz sobre la frente del difunto: así nuestra vida cristiana queda enmarcada,
desde principio a fin, con el signo victorioso de la Cruz de Cristo.

En la celebración de la Eucaristía
Otro de los momentos privilegiados en que el signo de la Cruz tiene
particular significado es cuando los cristianos nos congregamos para
celebrar la Eucaristía. Además de que la Cruz preside toda la
celebración, en un lugar notorio—no hace falta que esté sobre el
altar—, hay varios momentos en que de una manera u otra hacemos sobre nosotros mismos la señal de la Cruz: al principio de la Misa, al
comenzar el Evangelio y al recibir la bendición final. 
Empezar la Eucaristía con la señal de la Cruz grande, es como un
recuerdo simbólico del Bautismo: vamos a celebrar en cuanto que
todos somos bautizados, pertenecemos al Pueblo de los seguidores de Cristo, el Pueblo consagrado como comunidad sacerdotal por los
sacramentos de la iniciación cristiana. Todo lo que vamos a hacer,
escuchar, cantar y ofrecer, se debe a que en el Bautismo nos
marcaron con la señal de nuestra pertenencia a Cristo. Además la
Eucaristía apunta precisamente a la Cruz: es memorial de la Muerte
salvadora de Cristo y quiere hacernos participar de toda la fuerza que de esa Cruz emana, también para que sepamos ofrecernos a nosotros mismos—la Cruz, hecha nuestra—en la vida de cada dia. 
En el caso de esta señal de la Cruz que hacemos al principio de la
Eucaristía se añade todavía otro matiz interesante: la hacemos "en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo". Unimos, por tanto, el símbolo de la Cruz de Cristo con el Nombre santo del Dios Trino. La Cruz de Cristo y el Dios Trino están íntimamente relacionados: el
Cristo que murió en la Cruz es el Hijo de Dios, y es el que nos dio su
Espíritu. Cuando fuimos bautizados, lo fuimos también en este santo
Nombre de Dios Trino. Cuando se nos perdonan los pecados, o
celebramos los demás sacramentos, invocamos o se invoca sobre
nosotros el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y, además, trazando a la vez la señal de la Cruz de Cristo en todos los casos. 
Por tanto, empezar conscientemente la Eucaristía con este doble recuerdo del Bautismo—la Cruz y el nombre de la Trinidad—es dar a nuestra celebración su verdadera razón de ser. 
También hacemos la señal de la Cruz, esta vez en su forma de triple
cruz, sobre la frente, boca y pecho, al empezar el Evangelio. El sentido es bastante claro: queremos expresar nuestra acogida a la Palabra que se va a proclamar. Queremos hacer como una profesión de fe: la Palabra que escucharemos es la de Cristo; más aún, es el mismo Cristo, y queremos que tome posesión de nosotros, que nos bendiga totalmente, a toda nuestra persona (pensamientos, palabras, sentimientos, obras). Es como si dijéramos:
"atención, en este momento nos va a hablar Cristo Jesús, nuestro
Señor, al que pertenecemos desde el Bautismo: su Palabra es en
verdad salvadora y eficaz, y quiere penetrar hasta el fondo de nuestro ser". Este es también el motivo por el cual, en el rezo de la Liturgia de las Horas, nos santiguamos al empezar los cánticos evangélicos, el Magníficat, el Benedictus y el Nunc dimittis: no tanto porque sean cánticos, sino porque son Evangelio (la única proclamación—cantada, ademas—del Evangelio en la Liturgia de las Horas). 
Sobre la señal de la Cruz que nos hacemos cuando el presidente
nos bendice para concluir la celebración.

Una vida según la Cruz
Todo gesto simbólico, todo signo, pueden ayudarnos por una parte
a entrar en comunión con lo que simboliza y significa. Que es lo
importante. Y por otra, puede ser también un peligro, si nos quedamos en la mera exterioridad. Entonces el gesto se convierte un poco en gesto mágico, ritual, rutinario, que no significa nada ni nos lleva a nada. 
De tanto ver la Cruz, y de tanto hacer sobre nosotros su señal, se
puede convertir en un gesto mecánico, que no nos dice nada. Y mas
cuando se puede convertir sencillamente en un objeto de adorno, mas o menos estético y precioso, pero que no parece indicar que comporte una auténtica fe en lo que significa. 
Cuando colocamos una Cruz en nuestras casas, o la vemos en la
iglesia, o nos hacemos la señal de la Cruz al empezar el día, al salir de casa, al iniciar un viaje, o—ya dentro de la celebración—cuando nos santiguamos al empezar al Eucaristía o al recibir la bendición final, deberíamos dar a nuestro gesto su auténtico sentido. Debería ser un signo de nuestra alegría por sentirnos salvados por Cristo, por pertenecerle desde el Bautismo. Un signo de victoria y de gloria:
nosotros como cristianos "nos gloriamos en la Cruz de Nuestro Señor
Jesús" (Gal 6,14) y nos dejamos abarcar, consagrar y bendecir por
ella. 
Más aún. Esta señal de la Cruz repetida quiere ser un compromiso:
porque la Cruz es el símbolo mejor del estilo de vida que Cristo nos ha enseñado. La imagen o la señal de la Cruz quieren indicarnos el
camino "pascual", o sea, de muerte y resurrección, que recorrió ya
Cristo, y que nos invita ahora a nosotros a recorrer: "si alguien quiere venir en pos de mi, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame" (Mt 16,24).
Es fácil cantar: "victoria, tú reinarás, oh Cruz, tú nos salvarás". Y fácil también hacer, más o menos distraídamente, la señal de la Cruz en esos momentos en que estamos acostumbrados. Lo que es difícil es escuchar y asimilar todo el mensaje que nos viene predicado desde este símbolo. Un mensaje de salvación y esperanza, de muerte y resurrección. De vida cristiana entendida como servicio. Y un recordatorio—todavía—no sólo de Cristo, sino de todos los que han sufrido y siguen sufriendo en nuestro mundo: Cristo, en la Cruz, es como el portavoz de todos los que lloran y sufren y mueren, a la vez que es la garantía y la proclama de victoria para todos. 

Los cristianos, a la Cruz, le tenemos que reconocer todo su
contenido, para que no sea un símbolo vacío. Y entonces sí, puede
ser un signo que continuamente nos alimente la fe y el estilo de vida
que Cristo nos enseñó. Si entendemos la Cruz, y si nuestro pequeño
gesto de la señal de la Cruz es consciente, estaremos continuamente
reorientando nuestra vida en la dirección buena. 
JOSÉ ALDAZABAL
Fuente: Mercabá.org