19 de junio, 2013. (Romereports.com) A partir de ahora en todas las Misas de rito latino, el más extendido de la Iglesia católica, se invocará a San José justo después de la referencia que ahora se hace a la Virgen María.
La Congregación para el Culto Divino ha aprobado estos cambios en los texto de la Misa. Desde hace tiempo se estaba estudiando la modificación con el beneplácito de Benedicto XVI y ahora el Papa Francisco la ha refrendado.
Hasta ahora sólo se hacía referencia a San José en el denominado Canon Romano, gracias a introducción que aprobó el beato Juan XXIII durante el Concilio Vaticano II.
Por el momento el Vaticano ha publicado oficialmente el texto que se debe incluir en latín tras la referencia a la Virgen María: 'cum beáto Ioseph, eius Sponso,' (que significa: con San José, su esposo) pero en breve se facilitará una traducción oficial en las diferentes lenguas. Como el cambio es sencillo permite a los sacerdotes incorporar esta modificación de forma inmediata.
TEXTO COMPLETO DEL DECRETO:En el paterno cuidado de Jesús, que San José de Nazaret desempeñó, colocado como cabeza de la Familia del Señor, respondió generosamente a la gracia, cumpliendo la misión recibida en la economía de la salvación y, uniéndose plenamente a los comienzos de los misterios de la salvación humana, se ha convertido en modelo ejemplar de la entrega humilde llevada a la perfección en la vida cristiana, y testimonio de las virtudes corrientes, sencillas y humanas, necesarias para que los hombres sean honestos y verdaderos seguidores de Cristo. Este hombre Justo, que ha cuidado amorosamente de la Madre de Dios y se ha dedicado con alegría a la educación de Jesucristo, se ha convertido en el custodio del tesoro más precioso de Dios Padre, y ha sido constantemente venerado por el pueblo de Dios, a lo largo de los siglos, como protector del cuerpo místico, que es la Iglesia.
En la Iglesia católica, los fieles han manifestado siempre una devoción ininterrumpida hacia San José y han honrado de manera constante y solemne la memoria del castísimo Esposo de la Madre de Dios, Patrono celestial de toda la Iglesia, hasta tal punto que el ya Beato Juan XXIII, durante el Sagrado Concilio Ecuménico Vaticano II, decretó que se añadiera su nombre en el antiquísimo Canon Romano.
El Sumo Pontífice Benedicto XVI ha querido acoger y aprobar benévolamente los piadosos deseos que han llegado desde muchos lugares y que ahora, el Sumo Pontífice FRANCISCO ha confirmado, considerando la plenitud de la comunión de los santos que, habiendo peregrinado un tiempo a nuestro lado, en el mundo, nos conducen a Cristo y nos unen a Él.
Por lo tanto, teniendo en cuenta todo esto, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en virtud de las facultades concedidas por el Sumo Pontífice Francisco, gustosamente decreta que el nombre de San José, Esposo de la Bienaventurada Virgen María, se añada de ahora en adelante en las Plegarias Eucarísticas II, III y IV de la tercera edición típica del Misal Romano, colocándose después del nombre de la Bienaventurada Virgen María, como sigue:
- en la Plegaria eucarística II: «ut cum beáta Dei Genetríce Vírgine María, beáto Ioseph, eius Sponso, cum beátis Apóstolis»;
- en la Plegaria eucarística III: «cum beatíssima Vírgine, Dei Genetríce, María, cum beáto Ioseph, eius Sponso, cum beátis Apóstolis»;
- en la Plegaria eucarística IV: «cum beáta Vírgine, Dei Genetríce, María, cum beáto Ioseph, eius Sponso, cum Apóstolis».
Por lo que se refiere a los textos redactados en lengua latina, se deben utilizar las fórmulas que ahora se declaran típicas. La misma Congregación se ocupará de proveer, a continuación, la traducción en las lenguas occidentales de mayor difusión; la redacción en otras lenguas deberá ser preparada, conforme a las normas del derecho, por la correspondiente Conferencia de Obispos y confirmada por la Sede Apostólica, a través de este Dicasterio.
No obstante cualquier cosa en contrario.
Dado en la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, el día 1 de mayo del 2013, memoria de San José Obrero.
ANTONIO, CARD. CAÑIZARES LLOVERA
Prefecto
ARTURO ROCHE
Arzobispo Secretario
"Destilad, cielos, el rocío de lo alto y que las nubes lluevan al Justo, ábrase la tierra y brote al Salvador. Los cielos cantan la gloria de Dios y el firmamento pregona cuán grandes son las obras de sus manos".
miércoles, 19 de junio de 2013
sábado, 1 de junio de 2013
lunes, 27 de mayo de 2013
El primer día de la semana
Quizás ya conozcas o hayas escuchado o leído algo referente al domingo, en cuanto día del Señor. Sin embargo siempre es bueno repasar el tema para sacar nuevas orientaciones que nos animen revalorizar el día domingo. Te invito a leerlo:
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«El Séptimo día Dios tuvo
terminado su trabajo, y descansó en ese día de todo lo que había hecho.
Bendijo Dios el Séptimo día y lo hizo santo, porque ese día descansó de sus
trabajos después de toda esta creación que había hecho» (Gn 2, 2-3).
«Cuida de santificar el día sábado, como Yavé, tu Dios, te lo manda. Seis
días tienes para trabajar y hacer tus quehaceres. Pero el día séptimo es el
Descanso en honor de Yavé, tu Dios. No harás ningún trabajo, ni tú, ni tu
hijo, ni tu hija, ni tu servidor, ni tu sirvienta, ni tu buey, ni tu burro u
otro de tus animales. Tampoco trabajará el extranjero que está en tu país. Tu
servidor y tu sirvienta descansarán así como tú, pues no olvides que fuiste
esclavo en la tierra de Egipto, de la que Yavé, tu Dios, te sacó actuando con
mano firme y dando grandes golpes; por eso Yavé, tu Dios, te manda guardar el
día sábado» (Deu 5, 12-15).
Si Dios descansó y el tercer mandamiento dice «Acuérdate del sábado para
santificarlo» (Éx 20, 8), ¿por qué los cristianos santificamos el
domingo y lo consideramos el día del descanso? Y en todo caso, ¿cuándo
ocurrió el cambio?
Ambas preguntas están respondidas en la Carta Apostólica Dies
Domini, de 25 de mayo de 1998, en la que Juan Pablo II quiere llamar
la atención de la Iglesia acerca del sentido y el valor del domingo. Invito a
todos a leerla, y mientras tanto, trataré de resumir las respuestas a ambas
cuestiones.
Los cuatro Evangelios coinciden en ubicar la resurrección
del Señor en «el primer día de la semana» (Mt 28, 1; Mc 16, 1-2; Lc 24, 1; Jn
20, 1.19). Es notable la insistencia en subrayar que
los acontecimientos pascuales tuvieron lugar ese "primer día",
"el mismo día": la resurrección de Jesús, la
manifestación a los suyos, la aparición a los discípulos de
Emaús, el don del Espíritu Santo, e incluso la aparición a Tomás, «ocho días
después», es decir, el domingo siguiente... (cf. Jn 20, 19. 26-27; Lc 24, 13).
Para los judíos (y también por supuesto para los cristianos) el primer día
era y es el día del inicio de la creación (Gn 1, 1-3). Por lo
tanto, Cristo, al resucitar «el primer día», indica que comienza una nueva
creación, un mundo nuevo. Así lo testimonian las oraciones que reza el
Celebrante en la Solemne Vigilia Pascual: "Dios que de modo maravilloso
creaste al hombre y más maravillosamente lo redimiste..." (es decir: 'lo
creaste y lo re-creaste'): "que tus redimidos comprendan que la creación
del mundo hecha al comienzo, no es obra de mayor grandeza que el sacrificio
pascual de Cristo... ". Marcos y Mateo señalan que había
«pasado el sábado» (Mt 28, 1; Mc 16, 1). Se trata de algo más que
una mera indicación cronológica. Es una manera de decir que el mundo
"viejo" había pasado, porque la Pascua de Cristo inaugura un mundo
"nuevo". Y esa novedad debía manifestarse también en el culto.
La analogía entre el primer día del Génesis y el primer día en que Cristo
resucitó se hace aún más profunda si consideramos dos cosas: a) El
"sexto día" del Génesis tuvo lugar la creación del hombre, y de la
mujer, sacada de su costado mientras aquel dormía; también el "sexto
día" ( = Viernes Santo), del costado abierto del Hombre Nuevo,
"dormido en la cruz", salió «sangre y agua» (Jn 19, 33-34), que
ya los Santos Padres consideraron como un signo admirable de la Iglesia,
Esposa de Cristo; b) El "séptimo día" del Génesis, Dios descansó;
también el "séptimo día" ( = Sábado Santo) Cristo descansó... en el
sepulcro. Pero después del descanso, viene la acción: «Este es el día en que
actuó el Señor», canta el salmo 117, que la Iglesia refiere naturalmente al
domingo.
Según los testimonios de la Escritura, la Iglesia naciente tuvo conciencia
enseguida de que, así como la resurrección de Cristo es el centro de la fe
cristiana (cf. 1 Cor 15, 12-25), así también el «primer día de la
semana» (1 Cor 16, 2) tiene un significado
especial en relación con el culto cristiano. No olvidemos que la Primera
Carta a los Corintios data del año 56 ó 57, es decir, es más antigua que los
Evangelios.
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(Fuente: Mercabá.org)
martes, 14 de mayo de 2013
El altar - lugar central del templo
El altar, en torno al cual la
Iglesia se reúne en la celebración de la Eucaristía, representa los dos
aspectos de un mismo misterio: el altar del sacrificio y la mesa del Señor, y
esto, tanto más cuanto que el altar cristiano es el símbolo de Cristo mismo,
presente en medio de la asamblea de sus fieles, a la vez como la víctima
ofrecida por nuestra reconciliación y como alimento celestial que se nos da.
"¿Qué es, en efecto, el altar de Cristo sino la imagen del Cuerpo de
Cristo?", dice S. Ambrosio (sacr. 5,7), y en otro lugar:
"El altar representa el Cuerpo (de Cristo), y el Cuerpo de Cristo está
sobre el altar" (sacr. 4,7). La liturgia expresa esta unidad del
sacrificio y de la comunión en numerosas oraciones. Así, la Iglesia de Roma ora
en su anáfora:
Te pedimos humildemente, Dios todopoderoso, que esta ofrenda sea llevada
a tu presencia hasta el altar del cielo, por manos de tu ángel, para que
cuantos recibimos el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, al participar aquí de este
altar, seamos colmados de gracia y bendición. (Plegaria Eucarística I).
(Fuente: Conoceréis de verdad.org)
domingo, 12 de mayo de 2013
miércoles, 1 de mayo de 2013
Intenciones del Santo Padre para el mes de mayo
Intención General: Que quienes administran justicia actúen siempre con integridad y recta intención.
Intención Misionera: Que los seminarios, especialmente los que se encuentran en iglesias de misión, formen pastores según el Corazón de Cristo, dedicados por entero al anuncio del Evangelio.
viernes, 5 de abril de 2013
Intenciones del Santo Padre para el mes de abril
Intención General: Que la celebración pública y orante de la fe sea fuente de vida para los creyentes.
Intención Misionera: Que las iglesias locales de los territorios de misión sean signos e intrumentos de esperanza y de resurrección.
martes, 26 de marzo de 2013
Una mirada litúrgica al Jueves Santo
No está de más conocer el significado de los ritos litúrgicos propios de las celebraciones del Jueves Santo. Te invito a conocerlos o recordarlos.
Jueves Santo es el día de los sacerdotes, de los sacramentos, de la
Eucaristía, del amor fraterno. Es también el día -la noche, mejor- de la agonía
de Getsemaní y comienzo definitivo de la Pasión y de la Pascua.
En principio, el Jueves Santo tiene dos misas: la matinal, que es la Misa
Crismal, y la vespertina que es la Misa en la Cena del Señor. No caben otras
celebraciones ni se puede cambiar el citado orden. Con todo, dado que la Misa
Crismal solo puede oficiarla el obispo y habida cuenta de los otros quehaceres
pastorales de ese día, la Misa Crismal puede adelantarse a otra fecha, siempre
lo más cercana posible a la Pascua.
La Misa Crismal debe, en principio, oficiarse en la catedral de la diócesis
y ser presidida por el obispo diocesano. Es celebración eminentemente
sacerdotal y debe visibilizar la comunión del obispo con su presbiterio.
También están llamados a participar en ella los fieles, con quienes obispo y
sacerdotes comparte el llamado sacerdocio común que se deriva del bautismo.
Se llama Misa Crismal porque el obispo bendice y distribuye por
arciprestazgos o zonas pastorales los óleos que consagra antes del ofertorio de
esta Eucaristía. Son los óleos sacramentales de los enfermos (sacramento de la
Unción), de los catecúmenos (sacramento del Bautismo) y del crisma (sacramento
del Orden Sacerdotal). La Misa Crismal es así -por decirlo coloquial y
gráficamente- la Misa sacerdotal y sacramental por excelencia.
La Eucaristía ha de ser solemne y participada. En ella, como excepción
dentro del tiempo litúrgico de Cuaresma, se canta el Gloria. Los ornamentos
sagrados son blancos. Tras la liturgia de la Palabra, homilía incluida en la
que el obispo exhorta a los sacerdotes a la fidelidad al ministerio recibido,
tiene lugar la renovación de las promesas sacerdotales. El obispo formula tres
preguntas a sus presbíteros. En la primera, pregunta sobre la voluntad de
renovar, en general, las promesas sacerdotales; en la segunda, sobre la
identificación con Jesucristo; y en la tercera sobre el ejercicio presbiteral de
los oficios de enseñar, regir y santificar confiados por la ordenación a los
sacerdotes. El rito de la renovación de las promesas sacerdotales concluye con
unas oraciones y preces dialogadas entre el obispo y la asamblea.
Otro elemento propio y de gran belleza y significado de esta celebración de
la Misa Crismal es el prefacio. En él se expresa el paralelismo entre el
sacerdocio de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y la vida y ministerios de
los presbíteros, prolongadores y servidores de este único sacerdocio. Con la
Misa Crismal concluye el tiempo litúrgico de Cuaresma y comienza el interregno
al tiempo de Pascua que es el llamado Triduo Pascual.
La Misa de la Eucaristía, la misa de las Misas
La misa vespertina del Jueves Santo es la llamada misa vespertina en la
Cena del Señor. Actualiza y conmemora la Ultima Cena de Jesús. Ha de haber en
las parroquias y comunidades una única misa de la Cena del Señor. No puede
haber celebraciones sin pueblo. La hora de la misma, en la medida de lo
posible, se ha ajustar al final de la tarde. Las vestiduras son blancas. Es la
misa de la Eucaristía, la misa de las Misas.
Los ejes litúrgicos y bíblicos de la celebración son tres: la evocación de
la pascua hebrea, la celebración de la Ultima Cena y la expectación de
la cruz. En este sentido, el ritmo celebrativo de la Misa en la Cena del Señor
nos va llevando, por este orden, a los misterios que forman parte de su
identidad.
Tras los ritos iniciales y la liturgia de la Palabra -con tres lecturas más
salmo responsorial- y la homilía, llega el rito del lavatorio de los pies, cuyo
relato evangélico joanico ha sido
proclamado en el Evangelio de esta misa. Mediante el lavatorio de pies se
expresa una de los legados capitales de la Ultima Cena del Señor: el mandato
del amor fraterno. La caridad ha de ser el distintivo esencial del
cristianismo. El lavatorio de los pies habla de caridad y de servicio, habla
del nuevo orden instituido por Jesucristo. El lavatorio de los pies simboliza
el corazón y el alma de la fe y de vida cristiana.
La Eucaristía prosigue su ritmo habitual hasta los ritos finales, hasta el
alba de su finalización. La misa no concluye como las demás. Tras la oración de
la postcomunión, el sacerdote inciensa las formas consagradas que no han sido
consumidas -se ha de prever esta circunstancia en orden a la procesión y
reserva eucarísticas y en orden a la distribución de la comunión en los oficios
del Viernes Santo- y procede a trasladarlas solemnemente hasta el llamado
monumento, en sagrario o en capilla adicional preparada al efecto. Esta
procesión eucarística ha de estar acompañada de cánticos apropiados. Es la
exaltación de la Eucaristía y la preparación a la vigilia del Viernes Santo.
Mediante esta procesión, el pueblo fiel rememora y hace suyo el camino
jerosolimitano de Jesús desde el monte Sion donde celebró la Ultima Cena hasta
el monte de olivos, donde se retiró en oración y en agonía.
Este preludio ya inmediato del Viernes Santo es conmemorado habitualmente
con la praxis de la Hora Santa u otras celebraciones y vigilias similares,
transidas del rico contenido ya vivido y celebrado del Jueves Santo y con la
mirada dirigida hacia el Calvario, hacia la Cruz.
(Fuente: Revista
Ecclesia)
jueves, 21 de marzo de 2013
Algo sobre la Misa Crismal
| En la recta final del camino
cuaresmal, al aproximarse ya el Triduo Pascual, resulta oportuno compartir
esta reflexión sobre la Misa Crismal, que si bien no forma parte del Triduo
Pascual, por su significación, descubriremos la incidencia que tiene en la
vida de cada Iglesia particular. Lamentablemente esta celebración no suele
tener, por diversos motivos, la repercusión que se merece, en las vidas y
costumbres del pueblo de Dios. Valdría la pena que nosotros, podamos
disfrutar plenamente la riqueza que ofrece esta Misa y compartirla con los
que nos rodean.
1. Haremos un poco de
historia. Esta celebración, como ya
dijimos no pertenece al Triduo Pascual y durante siglos había sido
característica del Jueves Santo en las Catedrales. En Roma en la liturgia
papal, no había una misa especial: el Papa bendecía los óleos y consagraba el
crisma en su única Eucaristía, la misa vespertina.
En los últimos siglos
prácticamente había desaparecido, ya que la eucaristía del Jueves se
celebraba por la mañana, entonces la Crismal no tenía un lugar y la bendición
de los óleos se hacía en las catedrales dentro de la única eucaristía.
En el año 1955 al pasar la
eucaristía del jueves a la hora de la tarde, quedó de nuevo libre la mañana
para restaurar la Misa Crismal.
Esta Misa se ha ido
configurando entre los años 1955 y 1970, en varias etapas y con varias dimensiones
temáticas:
- La bendición de los óleos.
- La concelebración del
clero con su Obispo, en una «fiesta sacerdotal» que incluye la renovación de
las promesas sacerdotales.
Estos dos aspectos tienen un
significado interesante dentro del conjunto de la vida de la Iglesia, aunque
debemos dar mayor relieve a la bendición de los óleos y a la consagración del
Crisma, que al segundo aspecto.
La Misa Crismal se puede
adelantar a otro día cercano a la Pascua, dado que el jueves resulta a veces
difícil reunir a todo el clero.[1][2]
2. Significado de esta Misa:
Esta celebración tiene en sus textos diversas resonancias teológicas y
eclesiales que solamente la nombraremos, ya que más adelante haremos una
breve catequesis.
Las nombramos:
- Los sacramentos emanan de la Pascua del Señor o sea del
Resucitado que desde su existencia pascual nos quiere comunicar su vida nueva
por esta mediación de los sacramentos, aquí está el sentido profundo del
contexto y el momento en el cual se celebra esta Misa.
- Los textos mismos de la Misa nos ofrecen la mejor catequesis sobre el
crisma y los óleos como materia de la gracia sacramental. Es decir lo que
hace visiblemente el aceite -suavizando, embelleciendo, fortaleciendo,
curando- lo haga invisiblemente la gracia del Espíritu en la vida
sobrenatural del cristiano.
- En esta celebración se
pone de manifiesto que el Obispo es el
centro de la vida espiritual de la diócesis. El Obispo es el pastor de la
diócesis. El por la plenitud del sacerdocio es quien erige los lugares de
culto, el que ordena a los ministros, el que anima y regula la vida
sacramental.
- Pablo VI quiso dar a esta
Misa un tono sacerdotal, como
manifestación de la comunión existente entre el Obispo y sus presbíteros en
el único y mismo sacerdocio y ministerio de Cristo, a esto se añadió en el
año 1969 la renovación de las promesas sacerdotales que se hace en esta Misa.
3. Una breve catequesis que
espero nos ayude y anime a participar de esta celebración que a veces está
como ajena al Pueblo de Dios, nos ayudará también a fortalecer la
espiritualidad de comunión eclesial que estamos llamados a vivir. La
compartimos:
El miércoles santo es el
penúltimo día de Cuaresma y como cada año y en cada Iglesia particular, el
Obispo, que tiene la responsabilidad de la mediación sacramental de la Iglesia, se dispone a preparar los
sacramentos de la Pascua, para eso nos reunimos los presbíteros, que
concelebramos con él, los diáconos y todo el pueblo fiel.
El misterio que celebramos es la unción mesiánica de Jesús, a ella
hacen referencia las lecturas, el prefacio, las oraciones de bendición de los
óleos. Es Cristo, el Ungido quien nos
convoca y centra nuestra atención. Él se apropió de las palabras del
profeta Isaías en la sinagoga de Nazaret. Lo vamos a escuchar en la primera
lectura y en el evangelio. Movido por el Espíritu, se ofreció al Padre, en
una acción sacerdotal plena, no de un
rito vacío sino existencial. Inclinando la cabeza, entregó el Espíritu y
la unción de su Espíritu se nos ha comunicado a todos nosotros, quienes
somos, por este motivo, casa real, pueblo sacerdotal, profetas de las
maravillas de Dios.
Cristo el ungido sigue siendo el protagonista de esta eucaristía y de
todos los sacramentos de la Iglesia, así lo quiso, por él somos
enviados nosotros, sus ministros; él bautiza cuando uno bautiza; él conforta
a los enfermos que el sacerdote unge; él santifica y sella con el Espíritu a
los miembros de la Iglesia.
Las unciones son uno de los
medios más elocuentes que tiene la Iglesia para significar y comunicar
eficazmente a los creyentes la unción de Cristo. El aceite es también uno de
los elementos naturales con más riqueza de utilización: alimento, medicina,
masajes, embellecimiento. La unción es penetración, integración en la
persona.
La tradición bíblica tiene
una larga historia del olivo y de las unciones: hoy haremos memoria de ellas.
El ramo de olivo le anuncia a Noé el final del diluvio, y así el olivo se
convierte en símbolo de retorno a la paz, recuerdo de la primitiva creación.
Las unciones han servido tradicionalmente para simbolizar la toma de posesión
de una persona por parte de Dios.
Los óleos, sobre los que se invocarán
la bendición de Dios, imponiendo las manos como en la invocación eucarística,
serán los elementos que se utilizarán para celebrar los sacramentos en toda
nuestra arquidiócesis, a partir de la Pascua de este año hasta la próxima. Son, símbolo de la nueva creación que se
inicia con Cristo el primer Resucitado entre los muertos.
El óleo da vigor a nuestro
cuerpo, el que, en manos del Médico divino, usaremos los sacerdotes, cuando
nos llamen los hermanos enfermos. Actualizando entonces la oración de la fe
que hoy hacemos junto con nuestro Obispo, para comunicar la gracia del
Espíritu, que los va a confortar.
Es el óleo de la agilidad y
de la fortaleza en el combate, con el que ungiremos a los catecúmenos para
significarles la asistencia desde los comienzos de la lucha de la vida
cristiana, para que resplandezca en su vida la victoria pascual de Jesús.
Finalmente, es el crisma,
mezcla de aceite y perfume, instrumento de las bendiciones divinas, perfume
de fidelidad al evangelio, con el que ungiremos todo lo que tenga que
asimilarse al Ungido por el Espíritu, Cristo Jesús.
Podemos afirmar, sin miedo,
que participando de esta celebración, nosotros preparamos desde ahora
nuestras visitas a los enfermos, nos comprometemos a ayudar a los cristianos
en el combate de la fe y nos hacemos colaboradores y ministros de la acción
del Espíritu que lo renueva y lo santifica todo.
Finalmente, esta celebración, por voluntad del
Papa Pablo VI, se ha convertido en un acontecimiento
espiritual para los presbíteros. Es cierto que nosotros, como hermanos
entre los hermanos, renovamos nuestra identidad cristiana en la Noche santa
de Pascua, haciendo la renuncia y la profesión de fe con todos los fieles.
Pero hoy antes de comenzar el Triduo, el Obispo nos pide un particular
testimonio público y explícito de nuestra decisión de permanecer fieles al
ministerio que se nos ha confiado.
En nuestras comunidades, en
la Vigilia Pascual, nosotros seremos los que dirigiremos las preguntas a
nuestros hermanos. Hoy, es nuestro Obispo, quien nos pregunta a nosotros,
quien nos confía y se confía a sí mismo, a la oración de la comunidad.
En medio de un pueblo, todo
él ungido por el Espíritu, nosotros hemos recibido, por la imposición de las
manos y la invocación del Espíritu Santo, el carisma del ministerio ordenado.
Por él hemos sido puestos en nombre de
Cristo ante los hermanos. Esto es lo que compromete nuestras vidas.
4. Para concluir, tratemos
de vivir esta eucaristía, cada uno
conforme a la vocación a que Dios le llamó en la Iglesia y que se establezca
entre nosotros aquella corriente vivificante, que une el sacerdocio
ministerial con el sacerdocio común de los fieles, en una alabanza común
a Cristo y por Él. Con Él y en Él al Padre misericordioso, en la unidad del
Espíritu Santo, que nos penetra a todos en una unción espiritual.
(Fuente: Arquid. de Salta)
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jueves, 14 de marzo de 2013
La primera homilia del nuestro papa Francisco
Texto completo de la primera homilía del Papa Francisco
(Santa Misa por la Iglesia con los cardenales en la Capilla Sixtina)
En estas tres Lecturas veo algo en común: el movimiento. En la Primera
Lectura el movimiento es el camino; en la segunda Lectura, el movimiento está
en la edificación de la Iglesia; en la tercera, en el Evangelio, el movimiento
está en la confesión. Caminar, edificar, confesar.
Caminar. Casa de Jacob: “Vengan, caminemos en la luz del Señor”. Esta es la
primera cosa que Dios dijo a Abraham: “Camina en mi presencia y sé
irreprensible”. Caminar: nuestra vida es un camino. Cuando nos detenemos, la
cosa no funciona. Caminar siempre, en presencia al Señor, a la luz del Señor,
tratando de vivir con aquel carácter irreprensible que Dios pide a Abraham, en
su promesa.
Edificar. Edificar la Iglesia, se habla de piedras: las piedras tienen
consistencia; las piedras vivas, piedras ungidas por el Espíritu Santo.
Edificar la Iglesia, la esposa de Cristo, sobre aquella piedra angular que el
mismo Señor, y con otro movimiento de nuestra vida, edificar.
Tercero, confesar. Podemos caminar todo lo que queramos, podemos edificar
tantas cosas, pero si no confesamos a Jesucristo, la cosa no funciona. Nos
convertiríamos en una ONG (Organización No Gubernamental) de piedad, pero no en
la Iglesia, esposa del Señor. Cuando no caminamos, nos detenemos. Cuando no se
construye sobre la piedra ¿qué cosa sucede? Pasa aquello que sucede a los niños
en la playa cuando construyen castillos de arena, todo se desmorona, no tiene
consistencia. Cuando no se confesa a Jesucristo, me viene la frase de León Bloy
“Quien no reza al Señor, reza al diablo”. Cuando no se confiesa a Jesucristo,
se confiesa la mundanidad del diablo, la mundanidad del demonio.
Caminar, edificar-construir, confesar. Pero la cosa no es así de fácil,
porque en el caminar, en el construir, en el confesar a veces hay sacudidas, hay
movimiento que no es justamente del camino: es movimiento que nos echa para
atrás.
Este Evangelio continúa con una situación especial. El mismo Pedro que ha
confesado a Jesucristo, le dice: “Tú eres Cristo, el Hijo del Dios vivo. Yo te
sigo, pero no hablemos de Cruz. Esto no cuenta”. “Te sigo con otras
posibilidades, sin la Cruz”. Cuando caminamos sin la Cruz, cuando edificamos
sin la Cruz y cuando confesamos un Cristo sin Cruz, no somos Discípulos del
Señor: somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no
discípulos del Señor.
Quisiera que todos, luego de estos días de gracia, tengamos el coraje –
precisamente el coraje – de caminar en presencia del Señor, con la Cruz del
Señor; de edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor, que ha sido derramada
sobre la Cruz; y de confesar la única gloria, Cristo Crucificado. Y así la
Iglesia irá adelante.
Deseo que el Espíritu Santo, la oración de la Virgen, nuestra Madre,
conceda a todos nosotros esta gracia: caminar, edificar, confesar Jesucristo.
Así sea.
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