domingo, 25 de julio de 2010

Eucaristía: sacramento de la unidad y del amor fraterno.

La recepción de Jesucristo sacramentado bajo las especies de pan y vino en la sagrada Comunión significa y verifica el alimento espiritual del alma. Y así, en cuanto que en ella se da la gracia invisible bajo especies visibles, guarda razón de sacramento. Jesús al instituir la Eucaristía le confiere intrinsecamente el valor sacramental pues a través de ella Él nos transmite su gracia, su presencia viva. Por ello, la Eucaristía es el más importante de los sacramentos, de donde salen y hacia el que van todos los demás, centro de la vida litúrgica, expresión y alimento de la comunión cristiana.

Sacramento de Unidad. Al referirnos a la Eucaristía como Comunión, estamos proclamando nuestra unión entre todos los cristianos y nuestra adhesión a la Iglesia con Jesús. Por ello, la Eucaristía es un sacramento de unidad de la Iglesia, y su celebración sólo es posible donde hay una comunidad de creyentes.

Sacramento del amor fraterno. La misma noche que Jesús instituyó la Eucaristía, instituyó el mandamiento del amor. Por lo tanto, la Eucaristía y el amor a los demás tienen que ir siempre juntos. Jesús instituye la Eucaristía como prueba de su inmenso amor por nosotros y pide a los que vamos a participar en ella, que nos amemos como El nos amó. Y, en este sentido, la Eucaristía tiene que estar necesariamente atencedido por el Sacramento de la Reconciliación pues el recibir el "alimento de vida eterna" exige una reconciliación constante con los hermanos y con Dios Padre.
El misterio eucarístico, desgajado de su propia naturaleza sacrificial y sacramental, deja simplemente de ser tal. No admite ninguna imitación "profana", que se convertiría muy fácilmente (si no incluso como norma) en una profanación. Esto hay que recordarlo siempre, y quizá sobre todo en nuestro tiempo en el que observamos una tendencia a brrar la distinción entre "sacrum" y "profanum", dada la difundida tendencia general (al menos en algunos lugares) a la desacralización de todo.

En tal realidad la Iglesia tiene el deber particular de asegurar y corroborar el "sacrum" de la Eucaristía. En nuestra sociedad pluralista, y a veces también deliberadamente secularizada, la fe viva de la comunidad cristiana -fe consciente incluso de los propios derechos con respecto a todos aquellos que no comparten la misma fe- garantiza a este "sacrum" el derecho de ciudadanía. El deber de respetar la fe de cada uno es al mismo tiempo correlativa al derecho natural y civil de la libertad de conciencia y de religión.
Los ministros ordinarios de la Eucaristía deben por tanto, sobre todo en nuestros días, ser iluminados por la plenitud de esta fe viva, y a la luz de ella deben comprender y cumplir todo lo que forma parte de su ministerio sacerdotal, por voluntad de Cristo y de su Iglesia.
(Fuente: Conoceréis de verdad.org)



lunes, 12 de julio de 2010

Un tema para recordar:

El altar, en torno al cual la Iglesia se reúne en la celebración de la Eucaristía, representa los dos aspectos de un mismo misterio: el altar del sacrificio y la mesa del Señor, y esto, tanto más cuanto que el altar cristiano es el símbolo de Cristo mismo, presente en medio de la asamblea de sus fieles, a la vez como la víctima ofrecida por nuestra reconciliación y como alimento celestial que se nos da. "¿Qué es, en efecto, el altar de Cristo sino la imagen del Cuerpo de Cristo?", dice S. Ambrosio (sacr. 5,7), y en otro lugar: "El altar representa el Cuerpo (de Cristo), y el Cuerpo de Cristo está sobre el altar" (sacr. 4,7). La liturgia expresa esta unidad del sacrificio y de la comunión en numerosas oraciones. Así, la Iglesia de Roma ora en su anáfora:

"Te pedimos humildemente, Dios todopoderoso, que esta ofrenda sea llevada a tu presencia hasta el altar del cielo, por manos de tu ángel, para que cuantos recibimos el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, al participar aquí de este altar, seamos colmados de gracia y bendición" (Plegaria Eucarística I  -  Canon Romano).



domingo, 11 de julio de 2010

Tema de meditación



Meditaciones sobre el evangelio

Charles de Foucauld (1858-1916) ermitaño en el Sahara, declarado “venerable” por Juan Pablo II el 24 de abril 2001.
Oeuvres spirituelles – Ed. Seuil 1958 – pag. 174

¡Oh Dios, cuán divinamente bueno eres! Si hubieras llamado primero a los ricos, los pobres no se hubieran atrevido acercarse a ti, se habrían visto obligados a quedar a distancia a causa de su pobreza, te habrían mirado de lejos, dejando que los ricos se acercaran a ti. Pero...tú has llamado a todos: a los pobres, mostrándoles así, hasta el final de los tiempos, que ellos son los primeros, los favorecidos, los privilegiados; a los ricos, porque, por una parte no son tímidos, por otra, empero, depende de ellos de hacerse pobres como los pastores. En un instante, si ellos quieren, si tienen el deseo de asemejarse a ti, si temen que las riquezas los aparten de ti, pueden hacerse perfectamente pobres.
¡Que bueno eres! ¡Cómo sabes reunir en torno a ti a todos tus hijos de una vez, a todos, sin excepción! Y qué consuelo has depositado en el corazón de los pobres, los pequeños, los despreciados del mundo, hasta el final de los tiempos, mostrándoles desde tu nacimiento que ellos son tus privilegiados, tus favoritos, los primeros: los que siempre están llamados a estar contigo, tú que has querido ser uno de ellos y rodeado de ellos desde tu cuna y durante toda tu vida.





jueves, 1 de julio de 2010

Intenciones del Santo Padre para el mes de julio

Intención General: Para que en todas las naciones del mundo las elecciones de los gobernantes se realicen según la justicia, transparencia y honestidad, respetando las decisiones libres de los ciudadanos.
Intención Misionera: Para que los cristianos se comprometan a ofrecer en todas partes, especialmente en los grandes centros urbanos, una contribución válida a la promoción de la cultura, de la justicia, de la solidaridad y de la paz.

lunes, 21 de junio de 2010

Un tema para no dejar pasar

La pérdida de la Confesión es la raíz de muchos males en la Iglesia.


El texto que sigue, es el de una conferencia pronunciada por el Card. Meisner, Arzopispo de Colonia, con el título "Conversíón y misión", en ocasión del cierre del Año Sacerdotal.  En 15 puntos trata, en especial, el tema de la confesión sacramental, su importancia tanto para el sacerdote que imparte el sacramento, como para el fiel que se acerca a él.
No se deje vencer por la extensión del texto (no es tan largo) y verá que tendrá tema para cuestionarse después de leerlo.

¡Queridos hermanos!
Ciertamente no trataré de brindaros una nueva exposición sobre la teología de la penitencia y de la misión. Pero quisiera dejarme guiar por el mismo Evangelio, junto a vosotros, hacia la conversión, para luego ser enviados por el Espíritu Santo a llevar a los hombres la buena noticia de Cristo.
En este camino, quisiera ahora recorrer con vosotros quince puntos de reflexión.

1. Debemos convertirnos nuevamente en una “Iglesia en camino a los hombres” (Geh-hin-Kirche), como le gustaba decir a mi predecesor, el entonces Arzobispo de Colonia, el cardenal Joseph Höffner. Esto, sin embargo, no puede ocurrir por un mandato. A esto nos debe mover el Espíritu Santo.
Una de las pérdidas más trágicas que nuestra Iglesia ha sufrido en la segunda mitad del siglo XX es la pérdida del Espíritu Santo en el sacramento de la Reconciliación. Para nosotros, los sacerdotes, esto ha causado una tremenda pérdida de perfil interior. Cuando los fieles cristianos me preguntan: “¿Cómo podemos ayudar a nuestros sacerdotes?”, entonces siempre respondo: “¡Id a confesaros con ellos!”. Allí donde el sacerdote ya no es confesor, se convierte en un trabajador social religioso. Le falta, de hecho, la experiencia del éxito pastoral más grande, es decir, cuando puede colaborar para que un pecador, también gracias a su ayuda, deje el confesionario siendo nuevamente una persona santificada. En el confesionario, el sacerdote puede echar una mirada al corazón de muchas personas y de esto le surgen impulsos, estímulos e inspiraciones para el propio seguimiento de Cristo.

2. A las puertas de Damasco, un pequeño hombre enfermo, san Pablo, es tirado al suelo y queda ciego. En la segunda Carta a los Corintios, él mismo nos habla de la impresión que sus adversarios tenían de su persona: era físicamente insignificante y de retórica débil (cfr. 2 Cor 10,10). A las ciudades del Asia Menor y de Europa, sin embargo, a través de este pequeño hombre enfermo, será anunciado, en los años venideros, el Evangelio. Las maravillas de Dios no ocurren nunca bajo los “reflectores” de la historia mundial. Estas se realizan siempre a un lado; precisamente, a las puertas de la ciudad como también en el secreto del confesionario. Esto debe ser para todos nosotros un gran consuelo, para nosotros que tenemos grandes responsabilidades pero, al mismo tiempo, somos conscientes de nuestras, a menudo limitadas, posibilidades. Forma parte de la estrategia de Dios: obtener, mediante pequeñas causas, efectos de grandes dimensiones. Pablo, derrotado a las puertas de Damasco, se convierte en el conquistador de las ciudades del Asia Menor y de Europa. Su misión es la de reunir a los llamados en la Iglesia, dentro de la “Ecclesia” de Dios. Aún si – vista desde fuera – es sólo una pequeña y oprimida minoría, es impulsada desde dentro, y Pablo la compara al cuerpo de Cristo, más aún, la identifica con el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Esta posibilidad de “recibir de las manos del Señor”, en nuestra experiencia humana, se llama “conversión”. La Iglesia es la “Ecclesia semper reformanda” y, en ella, tanto el sacerdote como el obispo son un “semper reformandus” que, como Pablo en Damasco, deben ser tirados a tierra desde el caballo siempre de nuevo para caer en los brazos de Dios misericordioso, que luego nos envía al mundo.

3. Por eso no es suficiente que en nuestro trabajo pastoral queramos aportar correcciones sólo a las estructuras de nuestra Iglesia para poder mostrarla más atractiva. ¡No basta! Tenemos necesidad de un cambio del corazón, de mi corazón. Sólo un Pablo convertido pudo cambiar el mundo, no un ingeniero de estructuras eclesiásticas. El sacerdote, a través de su ser en el estilo de vida de Jesús, está de tal modo habitado por Él que el mismo Jesús, en el sacerdote, se hace perceptible para los otros. En Juan 14, 23, leemos: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él”. ¡Esto no es sólo una bella imagen! Si el corazón del sacerdote ama a Dios y vive en la gracia, Dios uno y trino viene personalmente a habitar en el corazón del sacerdote. Ciertamente, Dios es omnipresente. Dios habita en todos lados. El mundo es como una gran iglesia de Dios, pero el corazón del sacerdote es como un tabernáculo en la iglesia. Allí, Dios habita de un modo misterioso y particular.

4. El mayor obstáculo para permitir que Cristo sea percibido por los otros a través nuestro es el pecado. Este impide la presencia del Señor en nuestra existencia y, por eso, para nosotros no hay nada más necesario que la conversión, también en orden a la misión. Se trata, por decirlo sintéticamente, del sacramento de la Penitencia. Un sacerdote que no se encuentra, con frecuencia, tanto de un lado como del otro de la rejilla del confesionario, sufre daños permanentes en su alma y en su misión. Aquí vemos ciertamente una de las principales causas de la múltiple crisis en la que el sacerdocio ha estado en los últimos cincuenta años. La gracia especialmente particular del sacerdocio es aquella por la que el sacerdote puede sentirse “en su casa” en ambos lados de la rejilla del confesionario: como penitente y como ministro del perdón. Cuando el sacerdote se aleja del confesionario, entra en una grave crisis de identidad. El sacramento de la Penitencia es el lugar privilegiado para la profundización de la identidad del sacerdote, el cual está llamado a hacer que él mismo y los creyentes se acerquen a la plenitud de Cristo.
En la oración sacerdotal, Jesús habla a los suyos y a nuestro Padre celestial de esta identidad: “No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad: tu palabra es verdad” (Jn. 17,15-17). En el sacramento de la Penitencia, se trata de la verdad en nosotros. ¿Cómo es posible que no nos guste enfrentar la verdad?

5. Ahora debemos preguntarnos: ¿no hemos experimentado todavía la alegría de reconocer un error, admitirlo y pedir perdón a quien hemos ofendido? “Me levantaré e iré a la casa de mi padre y le diré: "Padre, pequé contra el Cielo y contra ti” (Lc 15,18). ¿No conocemos la alegría de ver, entonces, cómo el Otro abre los brazos como el padre del hijo pródigo: “su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó” (Lc 15,20)? ¿No podemos imaginar, entonces, la alegría del padre, que nos ha vuelto a encontrar: “Y comenzó la fiesta” (Lc 15,24)? Si sabemos que esta fiesta es celebrada en el Cielo cada vez que nos convertimos, ¿por qué, entonces, no nos convertimos más frecuentemente? ¿Por qué – y aquí hablo de un modo muy humano – somos tan mezquinos con Dios y con los santos del Cielo al punto de dejarlos tan raramente celebrar una fiesta por el hecho de que nos hemos dejado abrazar por el corazón del Señor, del Padre?

6. A menudo no amamos este perdón explícito. Y, sin embargo, Dios nunca se muestra tanto como Dios como cuando perdona. ¡Dios es amor! ¡Él es el donarse en persona! Él da la gracia del perdón. Pero el amor más fuerte es aquel amor que supera el obstáculo principal al amor, es decir, el pecado. La gracia más grande es el ser perdonados (die Begnadigung), y el don más precioso es el darse (die Vergabung), es el perdón. Si no hubiese pecadores, que tuvieran más necesidad del perdón que del pan cotidiano, no podríamos conocer la profundidad del Corazón divino. El Señor lo subraya de modo explícito: “Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse” (Lc. 15,7). ¿Cómo es posible – preguntémonos una vez más – que un sacramento, que evoca tan gran alegría en el Cielo, suscita tanta antipatía sobre la tierra? Esto se debe a nuestra soberbia, a la constante tendencia de nuestro corazón a atrincherarse, a satisfacerse a sí mismo, a aislarse, a cerrarse sobre sí. En realidad, ¿qué preferimos?: ¿ser pecadores, a los que Dios perdona, o aparentar estar sin pecado, viviendo en la ilusión de presumirnos justos, dejando de lado la manifestación del amor de Dios? ¿Basta realmente con estar satisfechos de nosotros mismos? ¿Pero qué somos sin Dios? Sólo la humildad de un niño, como la han vivido los santos, nos deja soportar con alegría la diferencia entre nuestra indignidad y la magnificencia de Dios.

7. El fin de la confesión no es que nosotros, olvidando los pecados, no pensemos más en Dios. La confesión nos permite el acceso a una vida donde no se puede pensar en nada más que en Dios. Dios nos dice en el interior: “La única razón por la que has pecado es porque no puedes creer que yo te amo lo suficiente, que estás realmente en mi corazón, que encuentras en mí la ternura de la que tienes necesidad, que me alegro por el mínimo gesto que me ofreces, como testimonio de tu consentimiento, para perdonarte todo aquello que me traes en la confesión”. Sabiendo de tal perdón, de tal amor, entonces seremos inundados de alegría y de gratitud. De este modo, perderemos progresivamente el deseo del pecado, y el sacramento de la Reconciliación se convertirá en una cita fija de la alegría en nuestra vida. Ir a confesarse significa hacer un poco más cordial el amor a Dios, sentir, decir y experimentar eficazmente, una vez más – porque la confesión no es estímulo sólo desde el exterior –, que Dios nos ama; confesarse significa recomenzar a creer – y, al mismo tiempo, a descubrir – que hasta ahora nunca hemos confiado de modo suficientemente profundo y que, por eso, debemos pedir perdón. Frente a Jesús, nos sentimos pecadores, nos descubrimos pecadores, que hemos dejado de lado las expectativas del Señor. Confesarse significa dejarse elevar por el Señor a su nivel divino.

8. El hijo pródigo abandona la casa paterna porque se ha vuelto incrédulo. Ya no tiene confianza en el amor del Padre, que lo satisface, y exige su parte de herencia para resolver por sí sólo todo lo que a él concierne. Cuando se decide a volver y pedir perdón, su corazón está aún muerto. Cree que ya no será amado, que ya no será considerado hijo. Vuelve sólo para no morir de hambre. ¡Esto es lo que llamamos contrición imperfecta! Pero hacía tiempo que el padre lo esperaba. Hacía tiempo que no tenía pensamiento que le diera más alegría que el de creer que el hijo podría volver un día a casa. Tan pronto lo ve, corre al encuentro, lo abraza, no le da tiempo ni siquiera para terminar su confesión, y llama a los sirvientes para hacerlo vestir, alimentar y curar. Dado que se le muestra un amor tan grande, el hijo, en ese momento, comienza también a sentirlo nuevamente, dejándose colmar. Un arrepentimiento inesperado le sobreviene. Esta es la contrición perfecta. Sólo cuando el padre lo abraza, él mide toda su ingratitud, su insolencia y su injusticia. Sólo entonces retorna verdaderamente, se vuelve a convertir en hijo, abierto y confidente con el padre, reencuentra la vida: “Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado” (Lc. 15,32), dice el padre, al respecto, al hijo que había permanecido en la casa.


9. El hijo mayor, “el justo”, ha vivido un cambio similar – así, al menos, quisiéramos esperar que continúe la parábola. El caso de este hijo es, sin embargo, mucho más difícil. ¡No se puede decir que Dios ama a los pecadores más que a los justos! Una madre ama a su niño enfermo, al que dirige sus cuidados particulares, no más que a los niños sanos, a los que deja jugar solos, a los que expresa su amor – no ciertamente menor - pero de modo diverso. Mientras las personas rechazan reconocer y confesar los propios pecados, mientras siguen siendo pecadores orgullosos, Dios prefiere a los humildes pecadores.
Tiene paciencia con todos. El Padre tiene paciencia también con el hijo que se ha quedado en la casa. Le ruega y le habla con bondad: “Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo” (Lc. 15,31). El perdón de la insensibilidad del hijo mayor no es expresado aquí pero está implícito. ¡Qué grande debe ser la vergüenza del hijo mayor frente a tal clemencia! Había previsto todo pero no ciertamente esta humilde ternura del padre. De repente, se encuentra desarmado, confundido, copartícipe de la alegría común. Y se pregunta cómo pudo pensar en quedarse a un lado, cómo pudo, aunque por un solo instante, preferir ser infeliz solo mientras todos los otros se amaban y se perdonaban mutuamente. Afortunadamente, el padre está allí y lo trata a tiempo. Afortunadamente, ¡el padre no es como él! Afortunadamente, el padre es mucho mejor que todos los otros juntos. Sólo Dios puede perdonar los pecados. Sólo Él puede realizar este gesto de gracia, de alegría y de abundancia de amor. Por eso, el sacramento de la Penitencia es la fuente de permanente renovación y de revitalización de nuestra existencia sacerdotal.

10. Por eso, para mí, la madurez espiritual de un candidato al sacerdocio, para recibir la ordenación sacerdotal, se hace evidente en el hecho de que reciba regularmente – al menos, en la frecuencia de una vez al mes – el sacramento de la Reconciliación. De hecho, es en el sacramento de la Penitencia donde encuentro al Padre misericordioso con los dones más preciosos que ha de dar, y esto es el donarse (Vergabung), el perdón y la gracia. Pero cuando alguno, a causa de su falta de frecuencia de confesión, dice al Padre: “¡Ten para ti tus preciosos dones! Yo no tengo necesidad de ti y de tus dones”, entonces deja de ser hijo porque se excluye de la paternidad de Dios, porque ya no quiere recibir sus preciosos dones. Y si ya no es más hijo del Padre celestial, entonces no puede convertirse en sacerdote, porque el sacerdote, a través del bautismo, es antes que nada hijo del Padre y, luego mediante la ordenación sacerdotal, es con Cristo, hijo con el Hijo. Sólo entonces podrá ser realmente hermano de los hombres.

11. El paso de la conversión a la misión puede mostrarse, en primer lugar, en el hecho de que yo paso de un lado al otro de la rejilla del confesionario, de la parte del penitente a la parte del confesor. La pérdida del sacramento de la Reconciliación es la raíz de muchos males en la vida de la Iglesia y en la vida del sacerdote. Y la así llamada crisis del sacramento de la Penitencia no se debe sólo a que la gente no vaya más a confesarse sino a que nosotros, sacerdotes, ya no estamos presentes en el confesionario. Un confesionario en que el está presente un sacerdote, en una iglesia vacía, es el símbolo más conmovedor de la paciencia de Dios que espera. Así es Dios. Él nos espera toda la vida. En mis treinta y cinco años de ministerio episcopal conozco ejemplos conmovedores de sacerdotes presentes cotidianamente en el confesionario, sin que viniera un penitente; hasta que, un día, el primer o la primera penitente, después de meses o años de espera, se hizo finalmente presente. De este modo, por así decir, se ha desbloqueado la situación. Desde ese momento, el confesionario empezó a ser muy frecuentado. Aquí el sacerdote está llamado a poner de su parte todos los trabajos exteriores de planificación de la pastoral de grupo para sumergirse en las necesidades personales de cada uno. Y aquí debe, sobre todo, escuchar más que hablar. Una herida purulenta en el cuerpo sólo puede sanar si puede sangrar hasta el final. El corazón herido del hombre puede sanar sólo si puede sangrar hasta el final, si puede desahogar todo. Y se puede desahogar sólo si hay alguien que escucha, en la absoluta discreción del sacramento de la Reconciliación. Para el confesor es importante, primero que nada, no hablar sino escuchar. ¡Cuántos impulsos interiores experimenta y recibe el sacerdote, precisamente en la administración del sacramento de la confesión, que le sirven para su seguimiento de Cristo! Aquí puede sentir y constatar cuánto más avanzados que él, en el seguimiento de Cristo, están los simples fieles católicos, hombres, mujeres y niños.

12. Si nos falta en gran parte este ámbito esencial del servicio sacerdotal, entonces caemos fácilmente en una mentalidad funcionalista o en el nivel de una mera técnica pastoral. Nuestro estar a ambos lados de la rejilla del confesionario nos lleva, a través de nuestro testimonio, a permitir que Cristo se haga perceptible para el pueblo. Para decirlo claramente, con un ejemplo negativo: quien entra en contacto con el material radioactivo, también él se vuelve radioactivo. Si luego se pone en contacto con otro, entonces también -éste quedará igualmente infectado por la radioactividad. Pero ahora volvamos al ejemplo positivo: aquellos que entran en contacto con Cristo, se vuelven “Cristo-activos”. Y si, entonces, el sacerdote, siendo “Cristo-activo”, se pone en contacto con otras personas, éstas ciertamente serán “infectadas” por su “Cristo-actividad”. Ésta es la misión, así como fue concebida y estuvo presente desde el comienzo del cristianismo. La gente se reunía en torno a la persona de Jesús para tocarlo, aunque sólo fuera el borde de su manto. Y quedaban sanados incluso cuando esto ocurría mientras Él estaba de espaldas: “porque salía de él una fuerza que sanaba a todos” (Lc. 6,19).

13. Con nosotros, en cambio, con frecuencia las personas huyen, ya no buscan nuestra cercanía para entrar en contacto con nosotros. Por el contrario, como dije, se nos escapan. Para evitar que esto suceda, debemos plantearnos la pregunta: ¿con quién entran en contacto cuando se ponen en contacto conmigo? ¿Con Jesucristo, en su infinito amor por la humanidad, o bien con alguna privada opinión teológica o alguna queja sobre la situación de la Iglesia y del mundo? A través de nosotros, ¿entran en contacto con Jesucristo? Si este es el caso, entonces las personas tendrán vida. Hablarán entre ellas de tal sacerdote. Se expresarán sobre él con términos similares: “Con él sí se puede hablar. Me entiende. Realmente puede ayudar”. Estoy profundamente convencido de que la gente tiene una profunda nostalgia de tales sacerdotes, en los cuales pueden encontrar auténticamente a Cristo, que los hace libres de todos los lazos y los vincula a su Persona.

14. Para poder perdonar realmente, tenemos necesidad de mucho amor. El único perdón que podemos conceder realmente es el que hemos recibido de Dios. Sólo si experimentamos al Padre misericordioso, podemos hacernos hermanos misericordiosos para los otros. Aquel que no perdona, no ama. Aquel que perdona poco, ama poco. Quien perdona mucho, ama mucho. Cuando dejamos el confesionario, que es el punto de partida de nuestra misión, tanto de un lado como del otro de la rejilla, entonces se quisiera abrazar a todos, para pedirles perdón y esto ocurre especialmente después de habernos confesado. Yo mismo he experimentado de forma tan gratificante el amor de Dios que perdona, como para poder solamente pedir con urgencia: “¡Acoge también tú su perdón! Toma una parte del mío, que ahora he recibido en sobreabundancia. ¡Y perdóname que te lo ofrezca tan mal!”. Con la confesión se vuelve dentro del mismo movimiento del amor de Dios y del amor fraterno, en la unión con Dios y con la Iglesia, del cual nos había excluido el pecado. Si Dios nos ha enseñado a amar de un modo nuevo, podemos y debemos amar a todos los hombres. Si no fuese así, sería un signo de que no nos hemos confesado bien y que, por lo tanto, deberíamos confesarnos de nuevo.
Probablemente, el más grande sacerdote confesor de nuestra Iglesia es el Santo Cura de Ars. Gracias a él tenemos el Año Sacerdotal y, por lo tanto, nuestro actual encuentro como sacerdotes y obispos con el Santo Padre aquí en Roma. Con este santo párroco he reflexionado sobre el misterio de la santa confesión ya que su ministerio cotidiano de la reconciliación, en el confesionario de Ars, ha hecho que se convirtiera en un gran misionero para el mundo. Se ha dicho que, como sacerdote confesor, ha vencido espiritualmente a la Revolución francesa. Lo que me ha inspirado este diálogo espiritual con Juan María Vianney, lo he dicho aquí. Sin embargo, me ha recordado también algo muy importante.

15. ¡Amamos a todos, perdonamos a todos! ¡Hay que prestar atención, sin embargo, a no olvidar a una persona! Existe un ser, de hecho, que nos desilusiona y nos pesa, un ser con el que estamos constantemente insatisfechos. Y somos nosotros mismos. Con frecuencia tenemos bastante de nosotros. Estamos hartos de nuestra mediocridad y cansados de nuestra misma monotonía. Vivimos en un estado de ánimo frío e incluso con una increíble indiferencia hacia este prójimo más próximo que Dios nos ha confiado para que le hagamos tocar el perdón divino. Y este prójimo más próximo somos nosotros mismos. Está dicho, de hecho, que debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (cfr. Lv. 19,18). Por lo tanto, debemos amarnos también a nosotros mismos así como tratamos de amar a nuestro prójimo. Entonces debemos pedir a Dios que nos enseñe que debemos perdonarnos: la rabia de nuestro orgullo, las desilusiones de nuestra ambición. Pidamos que la bondad, la ternura, la paciencia y la confianza indecible con la que Él nos perdona, nos conquiste hasta el punto de que nos liberemos del cansancio de nosotros mismos, que nos acompaña por todas partes, y con frecuencia incluso nos causa vergüenza. No somos capaces de reconocer el amor de Dios por nosotros sin modificar también la opinión que tenemos de nosotros mismos, sin reconocer a Dios mismo el derecho de amarnos. El perdón de Dios nos reconcilia con Él, con nosotros, con nuestros hermanos y hermanas, y con todo el mundo. Nos hace auténticos misioneros.
¿Lo creéis, queridos hermanos? ¡Probadlo, hoy mismo!

+ Joachim Card. Meisner
Arzobispo de Colonia
(Fuente: La Bohardilla de Jerónimo)

jueves, 3 de junio de 2010

El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo




Celebramos en este jueves (en nuestro país se celebra el domingo siguiente) la solemnidad de Corpus Christi, es decir, del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Corpus Christi es la fiesta de la Eucaristía. Solemnidad que nos convoca ante el misterio cotidiano del cuerpo entregado y de la sangre derramada por nosotros. Un misterio que en el Jueves Santo tiene la fiesta de su Institución y en el Corpus tiene una gozosa fiesta de la respuesta de fe. La edad media, de la que heredamos esta fiesta sintió el deber de darle un realce especial, para hacer un homenaje agradecido, público, multitudinario de la presencia real de Cristo; incluso para sacar en procesión el Santísimo Sacramento por las calles y las plazas, para afirmar el misterio del Dios con nosotros en la Eucaristía, su compañía, que por eso Santa Teresa lo llamaba a Cristo " compañero nuestro en el Santísimo Sacramento". Estos valores fundamentales de la fe católica que acentúa la presencia real y personal de Cristo en la Eucaristía siguen teniendo vigencia dogmática y pastoral. También hoy tenemos necesidad de renovar nuestra fe en la presencia verdadera de Cristo en la Eucaristía, de manifestarla de forma pública, de sentirnos en la procesión de Corpus pueblo de Dios en camino, presididos y precedidos por Cristo, Pastor y guía, presencia y viático de nuestro caminar, misteriosa compañía de Dios.


La Eucaristía sigue siendo la opción fundamental de nuestra fe. Ante el misterio del pan de vida el sacerdote tiene que renovar su adoración, el cristiano confesar que es un misterio que trasciende su inteligencia. La Eucaristía nos pone de rodillas, confunde nuestro orgullo y nos abre a la humildad y al gozo de la fe en la palabra y en el poder de Cristo. Solo así se convierte para nosotros en misterio de luz y de vida. La Eucaristía es, como recuerda el Vaticano II, el bien supremo de la Iglesia, Cristo Pan verdadero que con su carne vivificada y vivificante, por medio del Espíritu Santo, da la vida a los hombres. O como afirma el Decreto del ecumenismo hablando de la Iglesia oriental: por medio de la Eucaristía tenemos acceso a Dios Padre por medio de Cristo, Verbo Encarnado que ha muerto y ha sido glorificado; en la efusión del Espíritu Santo, entramos en comunión con la Santísima Trinidad, hechos partícipes de la naturaleza divina. También con la Gaudium et Spes recordamos que en la Eucaristía tenemos una especie de anticipación de la Pascua del Universo, con elementos naturales que son transformados en el cuerpo y en la sangre gloriosa de Cristo y que son una anticipación del banquete de la fraternidad universal en la gloria. Estos textos del Vaticano II nos recuerdan con cuanto fervor la Iglesia de la segunda mitad del siglo XX ha confirmado su fe en la Eucaristía, en un momento en que tendencias racionalistas quería atenuar el realismo de la presencia, con un sutil recurso al simbolismo vacío de contenidos, no dándose cuenta que además de ir contra el realismo de la Escritura y de la fe del primer milenio cristiano rebajaban a puro simbolismo no solo la presencia sino en definitiva la realidad misma del sacrificio, de la comunión, de los efectos salvadores de la Eucaristía con la cual Cristo nos promete una verdadera comunión de vida, la santificación de nuestro cuerpo, incluso la resurrección futura. Si no hay una presencia real, no hay acciones reales, no hay efectos objetivos. Nos quedamos en nuestra miseria, sin la compañía de Cristo, sin el don del Espíritu, sin la comunión eclesial en un solo Cuerpo, sin el sacrificio real de la nueva y eterna alianza. Ya san Ignacio de Antioquía veía en la negación del realismo eucarístico una negación del realismo de la Encarnación, de la pasión salvadora, de la verdadera Resurrección de Cristo. Todo sería apariencia. No habría realismo salvador.

En las palabras pronunciadas en la última cena “Tomen y coman, esto es mi cuerpo. Tomen y beban todos de él, porque éste es el cáliz de mi Sangre”, Jesús ofrece a los discípulos algo para comer, no una idea para comprender. Y ese algo es su cuerpo, su persona misma, la que va a ser entregada; y entran en comunión con la misma persona de Cristo. Esta es mi sangre, sangre de la Alianza, derramada por todos. Y mientras los discípulos se pasan el cáliz, la copa de la pascua, y beben, saborean el misterio del vino - sangre de la uva - que les permite empaparse de la sangre redentora y purificadora, la que va a ser derramada. Es sangre del pacto, de la alianza. No hay pacto más serio que el de la sangre, el de la vida. Y Dios en su amor hacia los hombres ha sellado su alianza con nosotros con la sangre de su Hijo. Y como esta es la alianza nueva y eterna, cada día se hace presente el único sacrificio de la única alianza nueva. Cristo que en virtud de un Espíritu eterno, como zarza ardiente, se ofreció al Padre una vez para siempre es en el cielo la víctima sagrada, el sacrificio sin mancha, y se hace presente en la tierra, en cada altar. Es el mismo sacerdote, la misma víctima. Es el mismo sacrificio de Cristo en el sacrificio de la Iglesia. Iglesia unida a Cristo en alianza esponsal, en comunión de vida. Ofrecida con Cristo, porque es el Cuerpo del Señor que se ofrece en lo que ofrece, pues al levantar al cielo el cuerpo y la sangre de Cristo, toda la Iglesia se eleva en el mismo gesto de ofrenda. Por eso el Corpus es fiesta de la Alianza Nueva en la Eucaristía, el arco iris de la paz y de la reconciliación que Dios ofrece cada día. Una alianza que pide un sí de amor, el culto del Dios vivo, una vida que prolonga la de Jesús, hecha amor y servicio.
(Fuente: Church Forum)


miércoles, 2 de junio de 2010

Carta de Sor Lucía


Un sacerdote preocupado por el curso desorientado de los tiempos presentes, le escribió una carta a Sor Lucia, contándole su desazón por tal situación. La respuesta de Sor Lucía fué la siguiente:

Querido Padre:
¡Pax Christi!

He notado en su carta que está muy preocupado por la desorientación del tiempo presente. Usted está en la verdad cuando lamenta que muchos se dejan dominar por la onda diabólica que esclaviza al mundo y se encuentran tan ciegos que no ven el error.
Pero el principal error es que estos abandonaron la oración, alejándose de Dios, y sin Dios todo falla porque “sin mí nada podéis hacer” (Jn 15, 5).

Ahora, lo que recomiendo especialmente es que se acerque al Tabernáculo y haga oración. Allí encontrará la luz y la fuerza para nutrirse y donarse a los otros. Donarse con suavidad, con humildad y, al mismo tiempo, con firmeza. Porque aquellos que ejercen una responsabilidad tienen el deber de tener la verdad en la debida consideración, con serenidad, con justicia, con caridad. Por esto, tienen necesidad cada día de rezar más, de estar cerca de Dios, de tratar con Dios todos los problemas antes de afrontarlos con las criaturas. Continúe por este camino y verá que cerca del Tabernáculo encontrará más sabiduría, más luz, más fuerza, más gracia y más virtud, que nunca podrá encontrar en los libros, ni en los estudios, ni con ninguna criatura.
juzgue perdido el tiempo que pasa en la oración y verá cómo Dios le comunicará la luz, la fuerza y la gracia de la que tiene necesidad, y también aquello que Dios le pide.
Esto es lo que importa: hacer la voluntad de Dios, permanecer donde Él nos quiere y hacer lo que Él nos pide. Pero siempre con espíritu de humildad, convencidos de que por nosotros mismos no somos nada y de que debe ser Dios quien trabaje en nosotros y se sirva de nosotros para todo aquello que Él pide.

Por eso, todos tenemos necesidad de intensificar mucho nuestra vida de unión interior con Dios y todo esto se consigue por medio de la oración. Que nos falte el tiempo para todo menos para la oración, ¡y verá cómo en menos tiempo se hará mucho!
Todos nosotros, pero especialmente quien tiene una responsabilidad, sin la oración o sacrificando habitualmente la oración por las cosas materiales, es como una pluma de ave que se usa para batir la clara del huevo, levantando castillos de espuma que, sin azúcar para sostenerlos, luego se disgregan y se deshacen transformándose en agua podrida.
Por eso, Jesucristo dijo: “vosotros sois la sal de la tierra, pero si la sal pierde su sabor, ya no sirve sino para ser tirada”.
Y, dado que esta fuerza sólo podemos recibirla de Dios, tenemos necesidad de acercarnos a Él para que nos la comunique y esta cercanía se realiza sólo por medio de la oración, que es el lugar donde el alma se encuentra directamente con Dios.

Recomiende esto a todos sus hermanos sacerdotes y lo experimentarán. Y luego dígame si estoy equivocada. Estoy muy segura de cuál es el principal mal del mundo actual y la causa del retroceso en las almas consagradas. Nos alejamos de Dios, y sin Dios tropezamos y caemos. El demonio es astuto para saber cuál es el punto débil a través del cual ha de atacarnos. Si no estamos atentos y si no tenemos precaución con la fuerza de Dios, sucumbimos porque los tiempos son muy malos y nosotros somos muy débiles. Sólo la fuerza de Dios nos puede sostener.
Vea si puede llevar adelante todo esto con calma, confiando siempre en Dios. Y Él hará todo aquello que nosotros no podemos hacer y suplirá nuestra insuficiencia.
Sor Lucía

(Fuente La bohardilla de Jerónimo)



sábado, 29 de mayo de 2010

Respeto a lo sagrado.

El texto que sigue ha sido tomado de la página www.fluvium..org y es de suma actualidad, no sólo en su lugar de origen España, sino también en nuestro país Argentina. Dadas las circunstancias por las que el concepto de la libertad de expresión  pareciera, en muchos casos, no tener en cuenta el derecho de otros,  consideramos muy importante su lectura. Su autor, Alfonso Aguiló, resalta una realidad que se reitera en los tiempos que corren.

En la sociedad actual –escribo glosando ideas de Joseph Ratzinger–, gracias a Dios, se multa a quien deshonra la fe de Israel, su imagen de Dios, sus grandes figuras. Se multa también a quien vilipendia el Corán y las convicciones de fondo del Islam. Sin embargo, cuando se trata de lo que es sagrado para los cristianos, la libertad de opinión aparece como un bien supremo cuya limitación resultaría una amenaza contra la tolerancia y la libertad.

El hecho sorprendente de que, en el mundo occidental, se castiguen con rigor las afrentas a cualquier religión menos a la cristiana, contrasta de modo notable con las evidentes raíces cristianas de nuestra sociedad, que han favorecido a lo largo de su historia un enorme avance, tanto moral y social como de desarrollo científico y económico. Occidente sufre una extraña falta de autoestima por su historia, por las raíces que le han dado su actual fuerza. Se advierte en esto una especie de complejo, que sólo cabe calificar de patológico, de una sociedad que intenta –y esto es digno de elogio– abrirse llena de comprensión a valores externos, pero que parece no quererse a sí misma; que tiende a fijarse siempre en lo más triste y oscuro de su pasado, pero que no logra percibir los valores de fondo sobre los que se fundamenta.

Nuestra sociedad necesita de una nueva aceptación de sí misma, una aceptación ciertamente crítica y humilde, pero sin caer en el abandono o la negación de lo que le es propio. La multiculturalidad no puede subsistir sin puntos de referencia. Y no puede subsistir, por ejemplo, sin respeto hacia lo sagrado. Se trata de un punto fundamental para cualquier cultura: el respeto hacia lo que es sagrado para otros, y el respeto a lo sagrado en general, a Dios. Y esto es perfectamente exigible también a aquel que no cree en Dios. Allá donde se quebrante ese respeto, algo esencial se hunde en una sociedad, porque la libertad de opinión no puede destruir el honor y la dignidad del otro.

Con la misma fuerza al menos Para las demás culturas del mundo, la profanidad absoluta que se ha ido formando en Occidente es algo profundamente extraño. Están convencidas de que un mundo sin Dios no tiene futuro. Por eso es aún más necesario que la multiculturalidad respete y proteja también nuestros valores cristianos, al menos con la misma fuerza con que se abre a otros. Porque el respeto a los elementos sagrados del otro sólo es posible si lo sagrado, Dios, es respetado. Y los que somos cristianos, ciertamente podemos y debemos aprender de lo que es sagrado para los demás, pero también es deber nuestro mostrar en nosotros el rostro de Dios, de ese Dios que tiene compasión de los pobres y de los débiles, de las viudas y de los huérfanos, del extranjero; del Dios que hasta tal punto es humano que él mismo se ha hecho hombre, un hombre sufriente, que, sufriendo junto a nosotros, da dignidad y esperanza al dolor.

El destino de una sociedad depende siempre de minorías activas y con convicciones. Los cristianos consecuentes deberían verse a sí mismos como tales minorías creativas y contribuir a que nuestra sociedad recobre nuevamente lo mejor de su herencia y sepa ponerla al servicio de toda la humanidad. De lo contrario, el acervo de valores de Occidente, su cultura y su fe, aquello sobre lo que se basa su identidad, entrará en un grave declive, justo en esta hora en que tan necesario es su vigor espiritual para mejorar el mundo en que vivimos.
(Fuente: "Fluvium.org)



jueves, 6 de mayo de 2010

La Liturgia y la belleza

Como en otras oportunidades recurrimos a "La buhardilla de Jerónimo" para publicar una entrada de ese excelente blog, dada importancia del tema y su afinidad con las características de los temas de Rorate Coeli.

Ofrecemos la primera de una serie de interesantes profundizaciones que la Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice, presidida por Mons. Guido Marini, ha publicado en lengua italiana en el sitio web de la Santa Sede. Por su gran interés y por su valor formativo, esperamos publicar próximamente nuestra traducción de los otros artículos.
Escribe el Santo Padre Benedicto XVI, en el n. 35 de la Exhortación Sacramentum Caritatis:
“La relación entre el misterio creído y celebrado se manifiesta de modo peculiar en el valor teológico y litúrgico de la belleza. En efecto, la liturgia, como también la Revelación cristiana, está vinculada intrínsecamente con la belleza: es veritatis splendor. En la liturgia resplandece el Misterio pascual mediante el cual Cristo mismo nos atrae hacia sí y nos llama a la comunión [...] La belleza de la liturgia es parte de este misterio; es expresión eminente de la gloria de Dios y, en cierto sentido, un asomarse del Cielo sobre la tierra. [...]La belleza, por tanto, no es un elemento decorativo de la acción litúrgica; es más bien un elemento constitutivo, ya que es un atributo de Dios mismo y de su revelación. Conscientes de todo esto, hemos de poner gran atención para que la acción litúrgica resplandezca según su propia naturaleza”.
La belleza de Cristo se refleja sobre todo en los santos y en los cristianos fieles de cada época pero no hay que olvidar o subestimar, por esto, el valor espiritual de las obras de arte que la fe cristiana ha sabido producir para ponerlas al servicio del culto divino. La belleza de la liturgia se manifiesta concretamente a través de objetos materiales y gestos corporales, de los que el hombre – unidad de alma y de cuerpo – tiene necesidad para elevarse a las realidades invisibles y reforzarse en la fe. El Concilio de Trento ha enseñado:
“Como la naturaleza humana es tal que sin los apoyos externos no puede fácilmente levantarse a la meditación de las cosas divinas, por eso la piadosa madre Iglesia instituyó determinados ritos [...] con el fin de encarecer la majestad de tan grande sacrificio [la Eucaristía] e introducir las mentes de los fieles, por estos signos visibles de religión y piedad, a la contemplación de las altísimas realidades que en este sacrificio están ocultas” (DS 1746).
El arte sagrado, las vestiduras sagradas y los utensilios, la arquitectura sagrada: todo debe concurrir a hacer consolidar el sentido de majestad y de belleza, hacer transparentar la “noble sencillez” (cf. Sacrosanctum Concilium, n. 34) de la liturgia cristiana, que es liturgia de la verdadera Belleza.
El siervo de Dios Juan Pablo II recordó el episodio evangélico de la unción de Betania para responder a las posibles objeciones sobre la belleza de las iglesias y de los objetos destinados al culto, que podrían resultar inapropiadas si se pusieran frente a la gran masa de los pobres de la tierra. Él escribió:
“Una mujer [...] derrama sobre la cabeza de Jesús un frasco de perfume precioso, provocando en los discípulos –en particular en Judas (cf. Mt 26, 8; Mc 14, 4; Jn 12, 4)– una reacción de protesta, como si este gesto fuera un «derroche» intolerable, considerando las exigencias de los pobres. Pero la valoración de Jesús es muy diferente. Sin quitar nada al deber de la caridad hacia los necesitados, a los que se han de dedicar siempre los discípulos [...], se fija en el acontecimiento inminente de su muerte y sepultura, y aprecia la unción que se le hace como anticipación del honor que su cuerpo merece también después de la muerte, por estar indisolublemente unido al misterio de su persona” (Ecclesia de Eucharistia, n. 47).
Y concluyó:
“Como la mujer de la unción en Betania, la Iglesia no ha tenido miedo de «derrochar», dedicando sus mejores recursos para expresar su reverente asombro ante el don inconmensurable de la Eucaristía. [...] En el contexto de este elevado sentido del misterio, se entiende cómo la fe de la Iglesia en el Misterio eucarístico se haya expresado en la historia no sólo mediante la exigencia de una actitud interior de devoción, sino también a través de una serie de expresiones externas, orientadas a evocar y subrayar la magnitud del acontecimiento que se celebra. [...] También sobre esta base se ha ido creando un rico patrimonio de arte. La arquitectura, la escultura, la pintura, la música, dejándose guiar por el misterio cristiano, han encontrado en la Eucaristía, directa o indirectamente, un motivo de gran inspiración” (ibid., nn. 48-49).
Por eso, es necesario tener todas las atenciones y los cuidados posibles para que la dignidad de la liturgia resplandezca incluso en los mínimos detalles en la forma de la verdadera belleza. Hay que recordar que también aquellos santos que han vivido la pobreza con particular empeño ascético, siempre han deseado que los objetos más bellos y preciosos fuesen destinados al culto divino. Mencionamos aquí un solo ejemplo, el del Santo Cura de Ars:
“Don Vianney había amado de inmediato aquella vieja iglesia [de Ars] como la casa paterna. Para embellecerla, comenzó por lo principal, es decir, por el altar, centro y razón de ser de todo el santuario. Por respeto a la Eucaristía, quiso lo más bello que fuera posible tener [...] Por lo tanto, aumentó el guardarropa del buen Dios, como decía él, en su lenguaje colorido e imaginativo. Visitó en Lyon los negocios de bordado, de orfebrería, y adquirió lo más precioso que encontró. «En los alrededores – confiaban, asombrados, sus proveedores -, hay un pequeño Cura, delgado, desaliñado, que parece no tener nunca nada en el bolsillo y que, para su iglesia, ¡quiere siempre lo mejor que hay!»” (“Il Curato d’Ars”; F. Trochu).

Fuente: Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice



sábado, 1 de mayo de 2010

INTENCIONES DEL SANTO PADRE PARA EL MES DE MAYO

General: Para que se ponga fin al vergonzoso e inicuo comercio de seres humanos, que tristemente involucra a millones de mujeres y niños.
Misionera: Para que los ministros ordenados, las religiosas, religiosos y los laicos comprometidos en el apostolado, sepan infundir entusiasmo misionero a las comunidades confiadas a su cuidado.