miércoles, 22 de julio de 2009

¿CANTIDAD O CALIDAD?

Las homilías de Mons. Carmelo Giaquinta son para no dejarlas pasar. Tienen un real sentido de la oportunidad y de la actualidad y una forma directa en su estilo.

En este año sacerdotal no está de más analizar las causas de la escasez de vocaciones, pero ¿que vale más la cantidad o la calidad? Veamos:

Homilía de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia para el décimo sexto domingo durante el año

(19 de julio 2009)

I. La miseria de estar “como ovejas sin pastor”

1. Las miserias del hombre son muchas, y Jesús se compadece de todas: del ciego, del leproso, de la madre viuda, de la multitud hambrienta. Pero hay una que le rompe el corazón: que el pueblo esté como ovejas sin pastor. Entonces él mismo se ofrece como solución: “Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato” (Mc 6,34).

2. La fórmula “estar como ovejas sin pastor” designa, en el antiguo Israel, una de las peores miserias que el pueblo pudiera sufrir. Moisés, a punto de morir, le ruega a Dios “que ponga al frente de esta comunidad un hombre que la guíe en todos sus pasos, y al que ellos obedezcan en todo. Así la comunidad del Señor no estará como una oveja sin pastor” (Num 27,17). Más tarde, el profeta Miqueas le anuncia al rey Ajab su ruina, pues “he visto a todo Israel disperso por las montañas, como ovejas sin pastor” (1 Re 22,17; 2 Cro 18,16).

II. ¿Cantidad o calidad de los pastores?

3. La cuestión de la falta de pastores se ha vuelto clásica, pues en la Iglesia se habla de “la falta de vocaciones” como tal vez nunca antes. Es, ciertamente, una cuestión de cantidad, como lo dice el mismo Jesús: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha” (Mt 9,37). Sin embargo, con la primera lectura, tomada de Jeremías 23,1-6, la Iglesia quiere plantearnos el problema de la falta de vocaciones desde la otra cara: la calidad. Sobran malos pastores y faltan buenos: “¡Ay de los pastores que pierden y dispersan el rebaño de mi pastizal! –oráculo del Señor. Por eso, así habla el Señor, Dios de Israel, contra los pastores que apacientan a mi pueblo. Ustedes han dispersado mis ovejas, las han expulsado y no se han ocupado de ellas. Yo, en cambio, voy a ocuparme de ustedes, para castigar sus malas acciones, -oráculo del Señor” (Jer 23,1-3).

4. Que en Israel falten buenos pastores y sobren malos: es un problema endémico que atraviesa el Antiguo Testamento. El mejor testigo de ello es el profeta Ezequiel en el capítulo 34. Y para que no pensemos que es una cuestión sólo del pasado, sino que nos atañe también hoy, la Iglesia, todos los años, nos propone a los clérigos el comentario que San Agustín hace a dicho capítulo. Comienza así: “Como no faltan pastores a quienes les gusta el nombre de pastor, pero no cumplen, en cambio, con las obligaciones del pastor, no estará mal que recordemos lo que dice el Señor por boca del profeta sobre esos tales” (cf. Liturgia de las Horas, semanas 24ª/25ª). Un siglo después, San Gregorio Magno atestigua lo mismo: “Para una mies abundante, son pocos los trabajadores. Al escuchar esto, no podemos dejar de sentir una gran tristeza, porque hay que reconocer que, si bien hay personas que desean escuchar cosas buenas, faltan, en cambio, quienes se dediquen a anunciarlas. Miren cómo el mundo está lleno de sacerdotes, y, sin embargo, es muy difícil encontrar un trabajador para la mies del Señor; porque hemos recibido el ministerio sacerdotal, pero no cumplimos con los deberes de este ministerio” (Liturgia de las Horas, San Lucas, 18 octubre).

III. Jesús, prototipo del Pastor, entre la multitud y la “solitud”

5. La escena evangélica de hoy nos pinta a Jesús y a sus discípulos en una situación de tensión entre la atención a la gente y la necesidad de oración y de descanso: “Él les dijo: ‘Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco’. Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer” (Mc 6,31). Marcos es quizá el evangelista que mejor pinta el asedio que sufre Jesús de parte de la gente. Pero es, a la vez, el que mejor lo pinta acudiendo al descanso y a la oración antes o después de estar con el pueblo. El frustrado descanso de la escena leída hoy, es compensado con lo que Marcos dice poco después de la multiplicación de los panes: “Una vez que los despidió, se retiró a la montaña para orar” (6,46). Lo mismo nos dice al comienzo de su escrito cuando describe otra jornada intensa de Jesús: “Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando” (1,35).

IV. “Año sacerdotal” y estilo de vida

6. El ideal de vida apostólica de Jesús ha inspirado innumerables reglas de vida, como las que tienen las congregaciones clericales. Ninguna agota el ideal de Jesús. Ninguna es, por lo mismo, necesaria. Pero es del todo necesario que los clérigos adoptemos un estilo de vida coherente con la vocación y misión recibidas. Hemos de conjugar armoniosamente estar con la multitud de los hombres y estar en la “solitud” de la oración personal con Dios. Son dos tensores que nos sostienen en alto. Si se afloja uno, nuestra vida de pastor se derrumba.

Esta es, posiblemente, la mejor lección que se desprende de la figura de San Juan María Vianney, el santo cura de Ars, de cuyo nacimiento celebramos el 150º aniversario. Para ello necesitamos la oración ferviente de Uds., los fieles.

Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia

(Fuente: AICA)

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