jueves, 6 de octubre de 2011

La Plegaria Eucarística


La revista on line de la editorial San Pablo ha publicado el siguiente aporte de la liturgista Celia Escudero. En razón de  la importancia  y su utilidad para quienes se interesan por estos temas, se publica en este blog.

El Pueblo de Dios alaba al Padre por la Salvación 

En la Eucaristía la Iglesia celebra, expresa y vive su necesidad de dar gracias a Dios por Cristo y el Espíritu. El dar gracias se expresa a través de la alabanza, actitud y sentimiento que impregna el momento central y fundamental de la celebración eucarística.

En la consagración del pan y del vino, cuando el sacerdote, en nombre de Cristo hace memoria de la Pascua de Jesús, las ofrendas se transforman en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Todas las oraciones, gestos y palabras de este momento, conforman la Plegaria Eucarística que es una gran alabanza a Dios por la salvación que nos brinda a través de Cristo y por obra del Espíritu Santo. A partir de la reforma litúrgica del Vaticano II, la Iglesia quiso rescatar algunas antiguas Plegarias Eucarísticas y crear otras para las actuales generaciones, incluyendo algunas para las misas con niños. Esta rica diversidad se expresa a través de una estructura propia, única, que aparece en todas ellas. 


La primera parte de esta oración es el Prefacio, una bendición dirigida a Dios Padre, que recuerda distintos aspectos de la historia de salvación obrada en Cristo. Esos aspectos, que aparecen en distintas fiestas litúrgicas, dan origen a unos ochenta prefacios. Esta oración termina con la Aclamación o Santo, que la asamblea recita o canta como respuesta gozosa, uniéndose a la alabanza del que preside. El contenido de esta aclamación  menciona a los ángeles y santos, todos aquellos que alaban a Dios, al igual que los que constituimos la asamblea que celebra. 
El momento que sigue comienza invocando al Padre para que por medio del Espíritu Santo santifique los dones del pan y del vino y los transforme en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Esta invocación recibe el nombre de epíclesis. Con ella se  resalta cómo la presencia viva de Cristo, actúa en los sacramentos con la fuerza transformante y santificadora de su Espíritu.


Lo que llamamos momento de la consagración, se da dentro del relato de la última cena, a través del cual se renueva y hace presente hoy, el acontecimiento salvador que relata. Las  palabras de Jesús “Hagan esto  en memoria mía”, indican que ante nosotros, en la fe, no solo se recuerda, también se actualiza, se hace presente el Misterio Pascual de Cristo. Este momento, llamado memorial, hace presente de modo sacramental el misterio que celebramos. Por eso nosotros, los que conformamos la asamblea allí presente, respondemos con una aclamación “anunciamos tu muerte…”, a través de ella conmemoramos un pasado salvador que se hace presente en ese momento sacramentalmente y nos proyecta al futuro que nos plenificará  en nuestra pascua personal a la hora de la muerte y a toda la creación en la segunda manifestación del Señor al final de la historia.




A continuación se expresa la comunión de la Iglesia de la tierra y del cielo, al mencionar al Papa y demás miembros del Pueblo de Dios, junto con el recuerdo de los difuntos, para que todos podamos llegar a la salvación. El recuerdo de los santos, es proponer una meta que ellos ya alcanzaron y que con su ayuda, méritos e intercesión aspiramos a alcanzar.


Esta gran alabanza a Dios termina glorificando al Padre por Cristo, en la unidad del Espíritu Santo.  Se la denomina doxología final, porque los fieles alabamos la doxa o gloria, propia de Dios al responder con un Amén a la aclamación del sacerdote.


La actitud en nuestra participación en la Plegaria Eucarística, debe llevarnos a admirar este misterio, con ojos de fe, sin pretender una explicación, ya que el misterio se acoge con el corazón, para que penetre nuestra vida. El misterio no son las palabras o los signos, es la realidad que nos indican y a la que nos remiten.


La Plegaria Eucarística es el momento más importante porque en el se nos manifiesta y ofrece la salvación, que de acogerla, compartirla y alegrarse en ella, se hace efectiva para cada uno de nosotros. Por eso, nuestra participación es a través del silencio que admira, escucha, acoge lo que se proclama, cree y se  goza en la fe.


(Fuente: San Pablo - Revista on Line)

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