jueves, 30 de noviembre de 2017

Pensamiento del día



San Andrés Apóstol.
 “Cada religión está llamada a aportar la especificidad de su propia santidad, la riqueza de su modo de proceder. Así, las religiones occidentales contribuirán con una palabra audaz y profética, con los medios eficaces propios de su cultura, mientras que las religiones orientales aportarán su serenidad y su sabiduría” (Xavier Melloni sj). Las diferencias enriquecen. ¿Cómo vives las diferencias con tus hermanos? ¿Aceptas e incluyes la novedad o la resistes? Deja fluir la sorpresa, contempla, admira y agradece lo que el día te traiga. Ofrece lo que vivas por la intención del Papa. Padre Nuestro...
(Fuente: clicktopray.org/es)

miércoles, 29 de noviembre de 2017

La celebración litúrgica de la Eucaristía



 El texto que sigue reitera conceptos que deben ser siempre tenidos en cuenta a la hora de profundizar sobre el santo misterio de la Eucaristía.
La misa de todos los siglos

   Desde el siglo II, según el testimonio de S. Justino mártir, tenemos las grandes líneas del desarrollo de la celebración eucarística. Estas han permanecido invariables hasta nuestros días a través de la diversidad de tradiciones rituales litúrgicas. He aquí lo que el santo escribe, hacia el año 155, para explicar al emperador pagano Antonino Pío (138-161) lo que hacen los cristianos:

   El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo.
Se leen las memorias de los Apóstoles y los escritos de los profetas, tanto tiempo como es posible.
Cuando el lector ha terminado, el que preside toma la palabra para incitar y exhortar a la imitación de tan bellas cosas.
Luego nos levantamos todos juntos y oramos por nosotros...y por todos los demás donde quiera que estén a fin de que seamos hallados justos en nuestra vida y nuestras acciones y seamos fieles a los mandamientos para alcanzar así la salvación eterna.
Cuando termina esta oración nos besamos unos a otros.
Luego se lleva al que preside a los hermanos pan y una copa de agua y de vino mezclados.
El presidente los toma y eleva alabanza y gloria al Padre del universo, por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo y da gracias (en griego: eucharistian) largamente porque hayamos sido juzgados dignos de estos dones.
   Cuando terminan las oraciones y las acciones de gracias todo el pueblo presente pronuncia una aclamación diciendo: Amén.
Cuando el que preside ha hecho la acción de gracias y el pueblo le ha respondido, los que entre nosotros se llaman diáconos distribuyen a todos los que están presentes pan, vino y agua "eucaristizados" y los llevan a los ausentes (S. Justino, apol. 1, 65; 67).

   La liturgia de la Eucaristía se desarrolla conforme a una estructura fundamental que se ha conservado a través de los siglos hasta nosotros. Comprende dos grandes momentos que forman una unidad básica:

— La reunión, la liturgia de la Palabra, con las lecturas, la homilía y la oración universal;

la liturgia eucarística, con la presentación del pan y del vino, la acción de gracias consagratoria y la comunión.

Liturgia de la Palabra y Liturgia eucarística constituyen juntas "un solo acto de culto" (SC 56); en efecto, la mesa preparada para nosotros en la Eucaristía es a la vez la de la Palabra de Dios y la del Cuerpo del Señor (cf. DV 21).

He aquí el mismo dinamismo del banquete pascual de Jesús resucitado con sus discípulos: en el camino les explicaba las Escrituras, luego, sentándose a la mesa con ellos, "tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio" (cf Lc 24,13- 35).



El desarrollo de la celebración

   Todos se reúnen. Los cristianos acuden a un mismo lugar para la asamblea eucarística. A su cabeza está Cristo mismo que es el actor principal de la Eucaristía. El es sumo sacerdote de la Nueva Alianza. El mismo es quien preside invisiblemente toda celebración eucarística. Como representante suyo, el obispo o el presbítero (actuando "in persona Christi capitis") preside la asamblea, toma la palabra después de las lecturas, recibe las ofrendas y dice la plegaria eucarística. Todos tienen parte activa en la celebración, cada uno a su manera: los lectores, los que presentan las ofrendas, los que dan la comunión, y el pueblo entero cuyo "Amén" manifiesta su participación.

   La liturgia de la Palabra comprende "los escritos de los profetas", es decir, el Antiguo Testamento, y "las memorias de los apóstoles", es decir sus cartas y los Evangelios; después la homilía que exhorta a acoger esta palabra como lo que es verdaderamente, Palabra de Dios (cf 1 Ts 2,13), y a ponerla en práctica; vienen luego las intercesiones por todos los hombres, según la palabra del Apóstol: "Ante todo, recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad" (1 Tm 2,1-2).

   La presentación de las ofrendas (el ofertorio): entonces se lleva al altar, a veces en procesión, el pan y el vino que serán ofrecidos por el sacerdote en nombre de Cristo en el sacrificio eucarístico en el que se convertirán en su Cuerpo y en su Sangre. Es la acción misma de Cristo en la última Cena, "tomando pan y una copa". "Sólo la Iglesia presenta esta oblación, pura, al Creador, ofreciéndole con acción de gracias lo que proviene de su creación" (S. Ireneo, haer. 4, 18, 4; cf. Ml 1,11). La presentación de las ofrendas en el altar hace suyo el gesto de Melquisedec y pone los dones del Creador en las manos de Cristo. El es quien, en su sacrificio, lleva a la perfección todos los intentos humanos de ofrecer sacrificios.

Desde el principio, junto con el pan y el vino para la Eucaristía, los cristianos presentan también  sus dones p a r a compartirlos con los que tienen necesidad. Esta costumbre de la colecta (cf 1 Co 16,1), siempre actual, se inspira en el ejemplo de Cristo que se hizo pobre para enriquecernos (cf 2 Co 8,9):

Los que son ricos y lo desean, cada uno según lo que se ha impuesto; lo que es recogido es entregado al que preside, y él atiende a los huérfanos y viudas, a los que la enfermedad u otra causa priva de recursos, los presos, los inmigrantes y, en una palabra, socorre a todos los que están en necesidad (S. Justino, apol. 1, 67,6).

   La Anáfora: Con la plegaria eucarística, oración de acción de gracias y de consagración llegamos al corazón y a la cumbre de la celebración:

En el prefacio, la Iglesia da gracias al Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo, por todas sus obras, por la creación, la redención y la santificación. Toda la asamblea se une entonces a la alabanza incesante que la Iglesia celestial, los ángeles y todos los santos, cantan al Dios tres veces santo;

En la epíclesis, la Iglesia pide al Padre que envíe su Espíritu Santo (o el poder de su bendición (cf MR, canon romano, 90) sobre el pan y el vino, para que se conviertan por su poder, en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, y que quienes toman parte en la Eucaristía sean un solo cuerpo y un solo espíritu (algunas tradiciones litúrgicas colocan la epíclesis después de la anamnesis);

en el relato de la institución, la fuerza de las palabras y de la acción de Cristo y el poder del Espíritu Santo hacen sacramentalmente presentes bajo las especies de pan y de vino su Cuerpo y su Sangre, su sacrificio ofrecido en la cruz de una vez para siempre;

en la anamnesis que sigue, la Iglesia hace memoria de la pasión, de la resurrección y del retorno glorioso de Cristo Jesús; presenta al Padre la ofrenda de su Hijo que nos reconcilia con él;

en las intercesiones, la Iglesia expresa que la Eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia del cielo y de la tierra, de los vivos y de los difuntos, y en comunión con los pastores de la Iglesia, el Papa, el obispo de la diócesis, su presbiterio y sus diáconos y todos los obispos del mundo entero con sus iglesias.

   En la comunión, precedida por la oración del Señor y de la fracción del pan, los fieles reciben "el pan del cielo" y "el cáliz de la salvación", el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se entregó "para la vida del mundo" (Jn 6,51):

Porque este pan y este vino han sido, según la expresión antigua "eucaristizados", "llamamos a este alimento Eucaristía y nadie puede tomar parte en él s i no cree en la verdad de lo que se enseña entre nosotros, si no ha recibido el baño para el perdón de los pecados y el nuevo nacimiento, y si no vive según los preceptos de Cristo" (S. Justino, apol. 1, 66,1-2).
(Fuente: conocereisdeverdad)




viernes, 4 de agosto de 2017

Intención del Santo Padre para el mes de setiembre
Por la Evangelización: Por nuestras parroquias, para que, animadas por un espíritu misionero, sean lugares de transmisión de la fe y testimonio de la caridad.

viernes, 3 de marzo de 2017

Intenciones del Santo Padre para el mes de marzo:
Por la evangelización: Por los cristianos perseguidos, para que experimenten el apoyo de toda la Iglesia, por medio de la oración y de la ayuda material.

domingo, 11 de diciembre de 2016



El Adviento

En la esperanza propia del Adviento, tiene que surgir en nosotros el deseo de ver a Jesús, aunque esto no pueda materializarse. Sin embargo, con el impulso del corazón debemos salir al encuentro de Cristo tratando de verlo.

   Estamos promediando el tiempo de Adviento. En estas semanas que nos preparan para la Navidad hay una frase de la liturgia que me parece muy significativa, en este tiempo, y que nos invita a salir al encuentro de Cristo que viene a nosotros.
   Cristo viene a nosotros pero también nosotros vamos a su encuentro y eso me recuerda también un pasaje de la Primera Carta de Pedro donde recordaba a los primeros cristianos diciéndoles: “Ustedes a Cristo lo aman sin haberlo visto y creyendo en Él y sin verlo todavía se regocijan con un gozo indecible lleno de gloria esperando el fruto de esa fe que es la salvación”. Sin verlo lo aman, creyendo en Él, pero sin verlo todavía.
   Eso está indicando que, en el Adviento, en la esperanza propia del Adviento, tiene que surgir en nosotros el deseo de ver a Jesús, aunque esto no pueda materializarse. Sin embargo, con el impulso del corazón debemos salir al encuentro de Cristo tratando de verlo.
   ¿Y cómo podemos verlo?” La respuesta es en el amor, en la fe, y diría que hay tres maneras y tres ámbitos en los cuales podemos ejercitar ese “ver a Jesús".
   El primero en la Sagrada Escritura, que es la lectura de la Palabra de Dios y especialmente en el Evangelio, donde no tenemos un retrato de Cristo, pero hay tantos datos que podemos recoger con silencio, con amor, con un amor contemplativo, para ir diseñando en nuestro interior un rostro de Jesús. Podemos ir descubriendo su mirada, sus palabras, sus acentos, sus gestos, su misterio y así ir uniéndonos a Él.
   Luego está la oración que es otro ámbito donde ejercitamos esa visión de Jesús. En la oración intima, en el dialogo personal, en el encuentro cara a cara en la oscuridad de la fe con Él, vamos como descubriendo su rostro, entrando en su intimidad y eso nos va asegurando un conocimiento cada vez mayor de Cristo.
   Y creo que el último ámbito pertenece al de la vida cotidiana. También amamos a Cristo cuando salimos al encuentro de Él en nuestros hermanos, especialmente en los más necesitados, y en el prójimo, como dice el Evangelio. El prójimo es el que está a nuestro lado y necesita de nosotros. Pensemos en las Bienaventuranzas del Evangelio y lo que allí se menciona como situaciones que son objetos de una bienaventuranza por parte de Dios. O en lo que enseña Jesús como examen del Juicio Final. Pensemos si hemos salido al encuentro del que necesitaba el alimento, el vestido, la hospitalidad, el consuelo, el más pequeño de mis hermanos.
   También ahí, en el más pequeño de nuestros hermanos, nos ejercitamos en el amor de Cristo y vamos saliendo a su encuentro.
   En lo que falta del Adviento tratemos de practicar esto de modo que la próxima Navidad sea la actualización de nuestro encuentro con Cristo para que se cumpla esta aspiración de la liturgia: el Señor viene a nosotros y nosotros nos apresuramos a salir a su encuentro. 

Por Mons. Héctor Aguer
Arzobispo de La Plata- Argentina

(Fuente: conoceréis de verdad.org)